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La crítica frente a la piedra levantada

Por 4 de junio de 2018 Sin comentarios

Pablo Raphael

En el mundo del arte contemporáneo las preguntas se bifurcan en todas las direcciones posibles. A su vez, esas preguntas se convierten en nuevas y viejas dudas. El péndulo del supuesto sistema se mueve de nuevo: se cuestiona la existencia del arte, se declara la muerte de la pintura, se crean nuevas herejías y Torquemadas de cuño reciente se alzan acusando a quienes erigen capillas, templos, catedrales y castillos de naipes. Los mecenas se colocan por encima de los artistas –gran novedad–, las galerías son acusadas de fomentar circuitos de poder y el monstruo del mercado es quien marca la agenda. Se trata de un monstruo que es al mismo tiempo amigo y enemigo. Mientras tanto, la crítica de arte que se hace en español camina dando tumbos, sin producir pensamiento. O tal vez no lo ha producido nunca. Octavio Paz decía: “No es que falten buenos críticos en nuestro idioma, pero carecemos de un cuerpo de doctrina o doctrinas, es decir, de ese mundo de ideas que, al desplegarse, crea un espacio intelectual”. 

En un campo donde los artistas difícilmente se dirigen la palabra y la crítica se confunde con la reseña, concentrando sus luces en preguntas en apariencia pertinentes pero en realidad inútiles (¿existe aún el arte?) es que sucede el milagro. El escenario sucede en un mundo desmembrado. Deseable que los artistas visuales dialogaran entre sí, pero más deseable que las artes establezcan conversaciones entre ellas. A pesar de que la democratización de los medios ha producido un mundo hipercomunicado, la distancia entre la literatura y la música, o la pintura y la arquitectura o la ausencia de proyectos colaborativos entre ciencia y arte, ha producido una constelación de ombligos, donde cada cuerpo se mira (concentrado) sin saber siquiera de la existencia del otro.

Desde fuera el mundo del arte contemporáneo se ve así: en el siglo XXI no hay piezas memorables, no hay aún piezas destinadas a la lentitud que ofrece la inmensidad de la historia universal. Tal vez sean la inexistencia o la negación, como actitud vital, las almas del arte contemporáneo, pero eso merece otro análisis. Lo cierto es que el mercado es un cohete que sirve para elevar al arte, pero el tiempo es la prueba de control para sostenerlo en el territorio de la inmortalidad. 

Mientras esto le sucede al arte, los protagonistas de su inmediatez son vistos así como un cuadro de reparto: el curador, que a su vez es crítico, pelea con el galerista, que también es curador y que en los créditos se pone por encima de sus artistas. Por otra parte el crítico, que también es gerente, curador y cabildero para el mercado, hace box de sombra con los “enemigos del arte” que no aceptan el sistema. Ese sistema que, apelando a la verdad, los críticos llaman realidad.

No pasará mucho tiempo sin que este modo de ser se tope con el futuro. Para quienes creen en el sistema, la venganza del arte no consistirá en colocar al artista en el sitio que le pertenece, sino en producir pensamiento y diálogo. El sistema será rebasado por una simple razón: el arte, lo mismo que el lenguaje, no se reduce a la condición de mero sistema, sino que es un complejo e irregular tejido en permanente transformación que tanto los sistemas económico y político acarician y envidian precisamente por su carácter subjetivo. A diferencia de los sistemas existentes, los límites del arte no representan un final sino la posibilidad de iniciar algo totalmente nuevo. La continuidad en el arte no existe y su potencia radica en la flexibilidad que posee para enlazar tiempos distintos. Solo el arte es capaz de anticipar, desde los sistemas existentes, los nuevos sistemas que están por venir. El arte prefigura y se adelanta, pero no es un sistema porque no requiere de continuidad ni de métodos específicos. Si el terreno donde se funda la economía es el intercambio de valores, si la construcción de pactos representa el armazón sobre el que se construye la política y si el método científico ha hecho de la ciencia un poderoso motor de cambio, al arte le corresponden los lenguajes de la imaginación. 

Frente al pensamiento cartesiano, el pensamiento en el arte se nutre de la contradicción y la tensión entre los opuestos. La salida a la crisis imperante consiste en reconocer la ausencia de teoría y reflexión crítica soportada por un cuerpo que defina las coordenadas del pensamiento que es capaz de producir el arte: un pensamiento basado en el principio de contradicción. Mientras la falta de elaboración teórica siga siendo un hábito ajeno al mundo hispanoamericano seguiremos produciendo cráteres y desiertos donde en vez de Alonso Quijano y la loca de la casa –así solía llamar Schopenhauer a la imaginación– reinarán entre nosotros el mercader de Venecia, el preso del cubículo universitario y el sastre de la vestidura invisible.

Mientras tanto, el paisaje de la cultura contemporánea apunta a un mundo dominado por un nuevo barroco. Se trata del mundo de las fronteras desdibujadas en que todas las disciplinas se concentran y abigarran en un solo punto. En él conviven lo abstracto y lo figurativo, la captura de la memoria en todos sus formatos, el relato transmedia y la máquina de escribir convertida en objeto de culto o pieza de museo. ¿Por qué el arte contemporáneo está tan obsesionado con la tipografía, la industria digital, los archivos y los textos escritos a máquina? 

Más allá de la respuesta vaya esta aproximación: aunque el ejercicio multidisciplinario sea la principal materia de creación contemporánea y la velocidad esté convirtiendo a ciertas tecnologías en piezas de museo, el producto final y visible no es el arte sino una suerte de juego de rol, cuyas principales características son la velocidad y los egos, absortos en una carrera frenética y sin destino. 

Trabajar con distintos materiales y disciplinas para crear una obra de arte no es producir diálogo. La trascendencia de la obra no está en su valor añadido, ni en su originalidad o cualidad estética, ni en su valor de mercado, sino en la capacidad que tenga para dialogar con lo que la rodea: con el tiempo –diferido o simultáneo–, con otras obras, con el público y sus emociones, con la crítica, con las demás artes y con el pensamiento. Es aquí donde está sucediendo el milagro. A la vez que las galerías y el mercado están siendo quienes marcan la agenda del arte, empieza a vislumbrarse un modo de producción sustentado en el intercambio de experiencias y conocimiento, donde los artistas se están adueñando de un modo de hacer crítica que es capaz de producir diálogo. En tanto que los artistas comprendan que no es necesario esperar al crítico sino producir reflexión, el milagro consistirá en la desaparición paulatina de la constelación de los ombligos que arriba mencionaba.

Quiero poner en la mesa un ejemplo que ilustra muy bien estas buenas noticias. Se trata de México: ensayo de un mito (1)un libro precioso que llega ahora a mis manosSu equilibrio es perfecto por muchas razones. En primer lugar porque da idéntica importancia a la lexis y a la praxis. El libro, editado por María Virginia Jaua, es al mismo tiempo una joya del diseño gráfico concebido por Estudio Herrera (2), un ejercicio de contraste entre distintas obras y textos y, por último, una colección de escritos que desde distintas disciplinas asimilan el tema que tocan: México y las miradas propias y ajenas que transformaron su mito fundacional en un mosaico tan poderoso como el Aleph. Si aquel punto borgiano era capaz de concentrar todas las tradiciones, ideas e imágenes del mundo, el mosaico que aquí se presenta rompe la barrera del tiempo para sumar todo aquello que aparentemente es inconexo, pero que en su conjunto forma la gran panorámica de un país donde conviven distintos tiempos. Los ensayos y las imágenes del libro producen la sensación de estar viendo muchas películas proyectadas al mismo tiempo sobre una sola pantalla.

Antonin Artaud decía que había viajado a México para encontrarse con el origen primigenio de todas las cosas. Su visión de la sierra de los Tarahumara, construida desde un cierto platonismo, se sumó a los pasos de Humboldt y Trotski. Al camino abierto por Artaud se añadió Breton dos años después. Todos ellos tuvieron antecesores y seguidores. Graham Greene, los beatniks, Jackson Pollock, Malcom Lowry, Leonora Carrington, Phillip Glass, Damian Hirst. La naturaleza de México contiene una fuerza ancestral que lo vuelve un imán para propios y extraños. Quizás es hora de entender que la línea temporal en este país se destruye gracias al desorden como fuerza motora de los mitos. La naturaleza en México habita con las contradicciones, las grietas del suelo son al mismo tiempo una herida y un paisaje. En el libro que Jaua ha editado el escritor Mario Bellatin habla de la esclavitud borrosa, mientras sobre su cielo, en las azoteas de la Ciudad de México, habitan las criadas, las gatas del servicio doméstico (las esclavas escondidas), que como vigías miran desde sus torres las casas de sus dueños, los ricos de la Región más transparente, título que por cierto Carlos Fuentes eligió en diálogo con la Visión de Anáhuac de Alfonso Reyes. Por la mente pasa sin querer un cuadro de José María Velasco.

El contraste textual y gráfico que se recoge en México: ensayo de un mito contiene dos formas de pensamiento, una abstracta y otra racional. Esta se acomoda de una manera accidental en apariencia, porque racionalmente dirigida, con la intención de generar la sensación de que se está viendo un mosaico que, a su vez, presenta un paisaje. Los dioses en las piedras, los nombres de los artistas de casa que miran a México una y otra vez y que el lector podrá apreciar a partir de los textos ‘presentados’ sin su autor. El diálogo que se produce con las piezas obliga a quedarse con una lectura que se sitúa por encima de cualquier persona. Se trata de una justa valoración de las ideas y, al mismo tiempo, de una declaración de principios que apuesta por producir reflexión crítica. El ejercicio de su editora no solo es hábil, también es generoso. De alguna manera, este libro plantea una suerte de canon textual, que bien puede servir como brújula para los debates que se requieren, es decir, para dar contexto a la discusión que la editora se ha empeñado a producir en ciertos foros y encuentros. Si no hay un plan preconcebido, ojalá trace su ruta. Con toda seguridad, esta es una buena brújula.

La editora del libro es una escritora que ha decidido invadir el mundo del arte contemporáneo. También es una crítica de arte que ha decidido tender puentes con el pensamiento y con la literatura. Su técnica es la de la guerra de guerrillas. Ubicua, fantasma de al menos tres países, atinada en su análisis, instigadora del pensamiento y la crítica, ella decide en este hermoso libro engendrar un gemelo textual del mosaico de imágenes que conformaron la exposición. Volcanes, niños y dioses de ambas orillas del Atlántico, autos incendiados y demás incordios de Carlos Reygadas, miniaturas, fotos que parecen de Teresa Margolles pero que son de Gabriel Orozco, el mito vuelto verdad del siglo XXI, recientemente ratificado en el fabuloso ensayo Contra el tiempo de Luciano Concheiro, tapices de la nao de China, piezas arqueológicas, reales de Ocho, el Chapo y otras “ch”, como canción de Café Tacuva, fotogramas de Luis Buñuel que ya pertenecen al imaginario colectivo, el retrato más conocido de Tina Modotti sosteniendo su rostro, fotogramas de La malquerida del Indio Fernández, un still de Julien Devaux de una pieza de video llamada Noche buena y una portada que parece un cuadro de Mathias Goeritz, todo esto se pasea en esta edición y nos produce la sensación de estar descubriendo una mirada terriblemente nueva y, al mismo tiempo, endemoniadamente conocida, pues en realidad se trata de un espejo. Somos nosotros mismos.

Si otra desgracia como la que sucedió  en los terremotos de México fuese letal para el país y acabara con toda nuestra civilización, y dentro de dos mil novecientos años un grupo de arqueólogos se topase con este libro entre los escombros de la antigua ciudad enterrada, es muy probable que de sus páginas surgiese una certeza: el mito mexicano es hijo del caos y solo lo salva el arte.

 

(1)  El libro formó parte y fue concebido como pieza para la exposición Variaciones sobre tema mexicano curada por Guillermo Paneque para la Fundación Iberdrola en Bilbao.

(2) Estudio Herrera: Maricris Herrera y Santiago Martínez.

El libro fue galardonado con el premio de diseño de Aiga 50 Books / 50 Covers 2016. Hasta hoy domingo 22 de octubre forma parte de la muestra "Sin ríos ni callejones  | Diseño editorial mexicano 2000-2017" organizada por Centro diseño cine televisión en el Palacio Postal de la ciudad de México.

Originalmente publicado en Campo de Relámpagos:

 http://campoderelampagos.org/critica-y-reviews/21/10/2017

 

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Pablo Raphael

Pablo Raphael, nació en la ciudad de México el 29 de enero de 1970. Narrador y ensayista. Estudió el doctorado en Humanidades en la Unversitat Pompeu Fabra; graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Iberoamericana. Ha colaborado en los diarios El País, El Universal y El Faro; en los suplementos culturales Laberinto de Milenio Diario y Confabulario de El Universal; en las revistas Revuelta, Gatopardo, Casa del Tiempo, Quimera y Granta en español. Dio clases de literatura del siglo XX en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Director y fundador del Centro Cultural El Octavo Día (1996-1999). Editor y cofundador con Guadalupe Nettel de Número 0. Revista periférica de literatura. Ha sido becario en dos ocasiones del Centro Mexicano de Escritores y también del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes de México. Premio de cuento Viceversa (1996), Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2003, por su libro de cuentos Agenda del suicido. Finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2011 por La fábrica del lenguaje, S.A. Textos suyos figuran en diversas antologías, entre estas destacan Los mejores cuentos mexicanos (Planeta, 1999); Novísimos Cuentos de la República Mexicana (FONCA, 2005); Grandes hits, nueva generación de narradores mexicanos (Almadía, 2008); así como la selección Marie Ange Brillaud hiciera para la revista francesa Brèves. En 2012 participó en la primera expedición interdisciplinaria del Proyecto Clipperton, viaje que le sirvió para poner punto final a su más reciente novela Clipperton (Random House. 2015). Ha sido conferenciante en distintos foros sobre el futuro del idioma español, como el seminario "Amigos del español" en la sede de Naciones Unidas de Viena; el Seminario Pensamiento y Ciencia Contemporáneos de Madrid o el Foro Internacional del Español. Entre 2013 y 2018 fue consejero cultural de la Embajada de México y director del Instituto Cultural de México en España. Actualmente se desempeña como consejero cultural de la embajada de México en Portugal.

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