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Es una falsedad asegurar que las masas sólo aceptan mensajes simples

Por 13 de junio de 2016 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Jesús Ferrero

Los principios que formuló Goebbels acerca de la propaganda siguen pesando sobre nosotros, en parte porque son errores absolutos, y pertenecemos a una cultura que insiste en sus errores con una necedad angustiosa.

Uno de los tópicos que más se corean a ese respecto es el de que “la capacidad receptiva de las masas es limitada”, pero ocurre que las masas están compuestas de individuos. ¿La capacidad receptiva de los individuos es limitada? Hasta cierto punto, y en cualquier caso, no tan limitada como decían los nazis y todos los que siguen sus enseñanzas a ese respecto, y que son muchos, tanto hacia la derecha como hacia la izquierda.

¿Si la capacidad de las masas y sus individuos era tan limitada para los nazis por qué se dedicaron a quemar libros que no se distinguían precisamente por su simpleza? ¿Tenían miedo de que las masas, presuntamente tan limitadas, los asimilaran mejor que el mismo Goebbels?

¿Cuando las masas escuchan obras capitales de Händel o Beethoven podemos decir que su capacidad de comprensión es limitada o más bien alcanza límites que sobrepasan la propia masa?

Los políticos que sólo se dedican a trasmitir mensajes simples (de una simpleza próxima a la deficiencia mental) siguen evidentemente los principios de Goebbels. Trasmiten a las masas su propia simpleza mental. Arrojan sal sobre la tierra, y sal sobre las cabezas de quienes les escuchan. Al parecer ignoran que las masas están compuestas de individuos llenos de vida y de conciencia.

El buen orador puede dirigirse a masas muy amplias sin recurrir a los mensajes simples y simplificadores. El buen orador se dirige a cada individuo de la masa más que a la masa en sí. Por eso evita los lugares comunes, las ideas recibidas, las simplezas y las bajezas de toda índole. Y sabe pasar del lenguaje confidencial a las ideas generales con naturalidad y delicadeza. Sabe que el susurro puede ser mucho más eficaz que el ladrido.

Desde mi agnosticismo recuerdo el sermón de la montana del Evangelio según San Mateo. Se trata del discurso más masivo de Jesucristo, y curiosamente también el más contradictorio y el más complejo. Todas las formas de persecución y desdicha se dan cita en él, y cada individuo de la masa que escucha siente las palabras del orador atravesando su mente y su corazón. El hombre de Nazaret habla a cada individuo en particular.

Gracias a esa forma de hablar, no es el individuo el que se disuelve en la masa, es más bien la masa la que se disuelve en el individuo y en él desaparece. Queda la palabra llegando a cada ser en toda su pureza y en toda su complejidad. Desaparecen las simplezas fuera de lugar: desaparece la odiosa y esterilizadora propaganda: esa técnica que convierte el verbo en excremento y las palabras en monedas baratas sin cruz y sin cara. Alabanzas al vacío que el buen orador evita como la peste para así llegar de verdad a las almas vinculadas a la masa, y a la masa vinculada a las almas.

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Jesús Ferrero

Jesús Ferrero nació en 1952 y se licenció en Historia por la Escuela de Estudios Superiores de París. Ha escrito novelas como Bélver Yin (Premio Ciudad de Barcelona), Opium, El efecto Doppler (Premio Internacional de Novela), El último banquete (Premio Azorín), Las trece rosas, Ángeles del abismo, El beso de la sirena negra, La noche se llama Olalla, El hijo de Brian Jones (Premio Fernando Quiñones), Doctor Zibelius (Premio Ciudad de Logroño), Nieve y neón, Radical blonde (Premio Juan March de no novela corta), y Las abismales (Premio café Gijón). También es el autor de los poemarios Río Amarillo y Las noches rojas (Premio Internacional de Poesía Barcarola), y de los ensayos Las experiencias del deseo. Eros y misos (Premio Anagrama) y La posesión de la vida, de reciente aparición. Es asimismo guionista de cine en español y en francés, y firmó con Pedro Almodóvar el guión de Matador. Colabora habitualmente en el periódico El País, en Claves de Razón Práctica y en National Geographic. Su obra ha sido traducida a quince idiomas, incluido el chino.

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