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Pastoral iraquí

Eder. Óleo de Irene Gracia

Javier Fernández de Castro

La guerra es una experiencia universal (en el sentido de que afecta a todos los órdenes de la existencia sin excepción) y extrema hasta el punto de haber quedado impresa indeleblemente en la memoria del ser humano como especie. Se puede hablar de ella sin haberla vivido, como lo demostró aquel autor norteamericano que alcanzó un éxito extraordinario con una novela sobre Vietnam para ser relegado de pronto al escarnio y el anonimato cuando se descubrió que apenas si conocía Vietnam de oídas y que ni siquiera había hecho el servicio militar. Y en un relato bélico tampoco son necesarias las descripciones de cruentas batallas cercanas al apocalipsis con incontables víctimas civiles y militares, y pienso por ejemplo en El desierto de los tártaros, de Dino Buzatti, en la cual no sólo no se llega a disparar un solo tiro sino que ni siquiera se ve una sola vez al enemigo que sin embargo está siempre ahí, al acecho, pues aun invisible esa presencia es lo único que dará sentido a la vida del joven teniente Giovanni Drogo.
Hasta cierto punto, es lo que ocurre en Pastoral iraquí, en la que se narra la misión de un destacamento militar español en Iraq durante la Segunda Guerra del Golfo. En estricta justicia, el único hecho de guerra reseñable es el estallido de una bomba en un mercado de Bagdad, aunque en último término no acaba de estar claro si es un acto terrorista cometido en un lugar público y muy concurrido para causar el mayor número de víctimas o si el artefacto iba dirigido contra los militares españoles "amigos". Y la única baja efectiva que sufre el destacamento es la muerte por decapitación del intérprete Massoud, aunque tampoco en este caso es consecuencia de un ataque del enemigo y más bien tiene el aspecto de un sacrificio ritual colectivo celebrado para acentuar los vínculos entre unos hombres inmersos, como decía al principio, en una experiencia universal y extrema, y en la que si por un lado necesitan ineludiblemente de los demás para sobrevivir como colectivo, la posible salvación será individual y cada uno habrá de cargar con el resultado de su experiencia.
Puesto que el autor no cede en ningún momento a la tentación del recurso fácil y emotivo de los bombardeos, el golpeteo de las balas desgarrando carne y los combates cuerpo a cuerpo, o dicho de otro modo, puesto que la guerra como tal es una presencia abrumadora que lo condiciona todo pero desde el exterior, la narración termina siendo, necesariamente, una metáfora interior, oscura, extrema y ajena al hecho de si lo narrado ocurrió como se cuenta o si los hechos reseñados son dignos de ser conservados en la memoria colectiva. Y en este sentido suena muy oportuna la cita de Hemingway recogida antes de inicio del libro y que dice: "Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción arroje alguna luz sobre las cosas que antes fueron contadas como hechos".
Pero en Pastoral iraquí, en lugar de luz se cosechan tinieblas porque también en este terreno el autor ha renunciado al privilegio de hurgar y poner al descubierto determinados rasgos definitorios de los personajes en nombre de su familiaridad con ellos (al fin y al cabo se supone que los ha creado él y los conoce como nadie). En esta ficción, ninguno de los soldados, empezando por los jefes, conoce el terreno que les ha sido asignado, ni está familiarizado con los civiles a los que supuestamente ha ido a salvar ni  conoce tampoco las tácticas y peculiaridades del enemigo. Se aprende sobre la marcha, muchas veces a costa de los errores, de la misma forma que el lector va adentrándose en la progresiva, dolorosa y en cierto modo angustiosa complejidad de las situaciones según se suceden unas acciones impuestas desde el exterior y que nadie controla, salvo la fatalidad: ese coro trágico de mujeres vestidas de negro que reclaman los cuerpos de sus maridos muertos en una acción bélica; las autopsias realizadas sin los medios adecuados y narradas por un médico que distrae a los testigos con consideraciones metafísicas mientras le arrebata su sortija a una mano cercenada; el progresivo deterioro del coronel al mando del destacamento y que acaba siendo destruido por la misma realidad (la guerra) que debiera dar sentido a su vida como militar; el capellán castrense al que ya no le valen los argumentos de los que se servía en tiempos de paz para guiar a unos reclutas a los que ahora abandona a su suerte por carecer de argumentos creíbles, o el capitán de los servicios de información que termina siendo víctima de las mentiras y manipulaciones propias de su condición de espía. Ni el lector ni los soldados se benefician de subterfugios y remansos por gracia del narrador. Si tuvieran respuesta las preguntas que obsesivamente se hace el coronel jefe (¿Conseguiré salir vivo de aquí? ¿Salvará su vida el más miedoso de los hombres? ¿Quién me ha traído hasta aquí?)  dichas respuestas valdrían para todos los personajes e incluso para el lector pero no, por desdicha no hay explicación posible.

Pastoral iraquí
Basilio Baltasar
Alfaguara

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Javier Fernández de Castro

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942- Fontrubí, Barcelona, 2020) ejerció entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral estuvo vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se dedicó asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas.

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto. Póstumamente se ha publicado Una casa en el desierto (Alfaguara 2021).

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