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Paraísos perdidos

Eder. Óleo de Irene Gracia

Javier Fernández de Castro

No conozco bien el proceso, pero lo imagino así: fue alguien, posiblemente un documentalista, quien puso sobre aviso a la editorial – en este caso Saga editorial – acerca de la existencia de un magnífico archivo fotográfico. Se trataba de una colección de fotografías en blanco y negro tomadas en su mayoría en las décadas de 1950 y 1960 y que daban cuenta del estado de todas las costas españolas por aquellas fechas. Y cuando digo todas es literal, pues incluyen imágenes de todos los golfos, cabos, bahías, calas, playas, mangas y albuferas comprendidos entre Port de la Selva, muy cerca de la frontera francesa con Cataluña, y Hondarribia, en la frontera  cantábrica con Francia, abarcando al completo el perímetro mediterráneo y atlántico de la Península Ibérica con la excepción de Portugal. También se incluyen unas pocas pero muy expresivas imágenes para demostrar que tampoco  las islas Baleares y Canarias se libraron del tsunami del ladrillo que se abatió sobre las costas españolas a raíz del llamado "desarrollismo".  

Imagino que a la vista de tan extraordinario material, la editorial tomó la única decisión que cabía ante una posibilidad tan fascinante: reproducir en fotografías de hoy el estado des aquellas localidades y paisajes reflejados en las originales, pero tomándolas desde el lugar exacto donde en su día fueron tomadas aquellas. Cabe decir que no siempre ha sido posible hacerlo, muchas veces porque aquél lugar está ocupado hoy por un gigantesco bloque de apartamentos,  o porque un disparatado hotel tapa por completo la perspectiva.  Aun así,  es muy alto el número de casos en que el ángulo de visión es exactamente el mismo y puede perfectamente establecerse una comparación visual entre el entonces y el ahora. Y el resultado es abrumador.

                El libro ha sido piadosamente titulado Paraísos perdidos, pero también podría haberse llamado Historia nacional de la infamiaMuseo general de los horrores o cualquier otro título capaz de sugerir la inimaginable obra de destrucción perpetrada contra el litoral español. Debido a la magnitud del desatino, y ante el peligro evidente de caer en un tono a mitad de camino entre lo jeremíaco y lo apocalíptico, el autor del texto  ha optado  por una ironía contenida que alcanza toda su expresividad, y su máxima capacidad de censura, a la vista de las clamorosas imágenes que lo acompañan. Al final, y quizás para conceder un respiro al acongojado lector, se han incluido una sección de espacios naturales y una nostálgica colección de imágenes que reflejan el estado de la cuestión justo antes de la hecatombe. O cómo éramos antes de la llegada de los primeros bikinis y lo que éstos trajeron consigo.

Está claro que nada de lo ocurrido en España en el sector de la construcción desde el estallido del boom turístico de finales de la década de 1960 hubiera sido posible sin la connivencia (por no llamarlo asociación para delinquir) de  políticos, autoridades nacionales/autonómicas/ municipales, banqueros, inversores y demás industriales relacionados con la construcción, todos ellos extrañamente comprensivos con la codicia y la rapacidad de los constructores. ¿Por qué? Porque, de una forma u otra, todos ellos se han beneficiado de esa obra de destrucción masiva irónicamente llamada "construcción". Y basta mirar la crónica de sucesos, o recordar casos tan clamorosos como el de Marbella bajo el mandato de Jesús Gil , para comprender el alcance de la corrupción que impera en ese sector.

Pero si está clara la culpabilidad de todos ellos, no debería olvidarse el papel jugado por los compradores de los apartamentos, parcelas y viviendas tan inescrupulosamente puestas en el mercado. Al fin y al cabo han sido ellos, los compradores, quienes han retroalimentado con sus dineros la prosperidad del gigantesco  tinglado.  Y conste que también aquí se da una circunstancia tragicómica, pues si en cierto modo los compradores no dejan de ser cómplices del desaguisado, al mismo tiempo son víctimas del mismo, pues la mayoría está echando la vida para pagar las hipotecas de unas casas construidas de cualquier manera y en las que puedes estar al tanto del estado de la vejiga del vecino (puesto que se le oye actuar en el cuarto de baño) o llevar  un cómputo bastante completo de la calidad y cantidad de sus ayuntamientos carnales porque también eso se oye a través de unas paredes finas como el papel de fumar y encima llenas de grietas.

Todo propietario de "un apartamento en la costa" tiene ahora ocasión de comprobar cómo era el paisaje antes de la llegada de los bárbaros.  Con un poco de imaginación, y teniendo el modelo original en la mano, incluso puede mirar por la ventana y aventurar  cómo serían el mar y la tierra de no tener delante un muro de ladrillo cuidadosamente encalado de blanco, eso sí, pues los constructores no reparan en gastos de cal con tal de integrar ese muro en el paisaje. 

 

 

Paraísos perdidos

Juan Pedro Bator

Saga / editorial

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Javier Fernández de Castro

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942- Fontrubí, Barcelona, 2020) ejerció entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral estuvo vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se dedicó asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas.

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto. Póstumamente se ha publicado Una casa en el desierto (Alfaguara 2021).

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