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Javier Fernández de Castro

El único aspecto positivo de sufrir una enfermedad larga y por lo tanto pesada es que permite saldar viejas deudas. Una de la mías era El río, de Wade Davis. El original, One River, es de 1996  y la versión castellana la publicó Pre-Textos en 2004 con una excelente y proteica traducción de Nicolás Suescún. Mi ejemplar data de entonces y lo he tenido docenas de veces en las manos pero siempre lo dejaba para mejor momento porque, y eso es algo que se aprecia con solo hojearlo, se trata de un relato apasionante, de esos que si los empiezas no lo puedes dejar hasta la última de sus 637 páginas. Esperar la oportunidad de leer el libro de un tirón ha  merecido tanto la pena que incluso me perdono a mí mismo por la enfermedad.

            Resumiendo mucho, porque el contenido es como una avalancha, hay dos líneas narrativas. Una, la principal, relata las investigaciones del creador de la etnobotánica, Richard Evans Schultes, don Ricardo como le conocían en las estribaciones de los Andes colombianos y peruanos. Wade Davis, su discípulo, no tiene la menor  duda acerca de la valía de su maestro, al que compara sin más con Darwin y con otro de sus ídolos, el explorador y botánico británico del siglo XIX Richard Spruce, de cuyos asombrosos logros y hallazgos el lector acaba teniendo cumplida noticia. De hecho, el calificativo asombroso puede aplicarse a los botánicos de campo en general, gente sabia, sobria y dotada de una curiosidad científica solo equiparable a su capacidad para recorrer a pie kilómetros de selva impenetrable, navegar por ríos imposibles de dominar  y sin apenas equipo ni provisiones. Y todo para recolectar unas plantas que primero debían desecar entre cartones o unas semillas embaladas con serrín húmedo para que ambas cosas llegasen intactas a los museos y jardines botánicos que les financiaban.

            Schultes fue contratado en los años treinta por el gobierno norteamericano para que diese un informe exhaustivo sobre el árbol del caucho. De pronto un alto mando gubernamental  había caído en la cuenta de que si alguien (como por ejemplo hizo Japón años más tarde) invadía las explotaciones caucheras del Sudeste Asiático en Occidente no podrían fabricas coches, camiones, aviones ni todo el resto de artilugios que llevan componentes de caucho. Y se acabaría la civilización.

            Entre 1941 y 1953 Richard Schultes, en parte financiado por el gobierno y en parte por la Universidad de Harvard, recorrió las estribaciones de  los Andes colombianos y peruanos y sólo regresó a la civilización para dirigir el Museo Botánico de Harvard, pero lo hizo tras cartografiar docenas de ríos nunca explorados, convivir con docenas de tribus  y acumular 20.000 especímenes de plantas, 300 de los cuales no se conocían. Paralelamente se llevó consigo dos variedades vegetales sagradas para los aztecas (el ololinqui y el teonanacatl) cuyas propiedades alucinógenas fueron un componente esencial en las culturas precolombinas y que vivieron  un renacimiento imprevisto (y alucinante, claro) gracias a conversos tan mediáticos como Timothy Leary y William Burroughs.

            Hubo otro objeto de estudio por parte de Richard Schultes que iba a tener un impacto cultural y económico inimaginable: la  Erythroxylum coca, planta de la que se extrae la cocaína. Cabe decir que, según Wade Davis, tanto la aportación de Schultes al conocimiento del caucho (una variedad inmune al temible hongo Microcyclus-ulei), como sus conocimientos sobre las virtudes energéticas y alimenticias de la hojas de coca (nada que ver con el producto que se esnifan millones de personas en todo el mundo) fueron boicoteados y ninguneados por una ceguera burocrática estimulada por cuestiones puramente económicas.

            Años más tarde (década de 1970) Schultes tuvo oportunidad de mandar a dos de sus discípulos favoritos, Timothy Plowman y el propio Wade Davis, a recorrer muchos de los territorios recorridos por él treinta años atrás y con el mismo propósito: conocer mejor desde un punto de vista científico las propiedades de la coca. Ni qué decir tiene, tanto el maestro entonces como los discípulos más tarde eran científicos escrupulosos que gustaban de probar los productos que estudiaban. Y para hacerse una idea de lo que eran esos viajes acerca de los cuales habla este libro, véase por ejemplo esta frase de Davis en la página 537: “Yo quería quedarme unos días en Ollantaytambo, pero Tim estaba ansioso por regresar a la llanura, lo cual era comprensible. En 1963, un botánico había calculado que en los valles del bajo Vilcanota había unos ochenta millones de arbustos de coca”.  Pero conste que junto a los lógicos excursos alucinógenos, los viajes aquí narrados eran rigurosamente científicos y  Wade Davis los enriquece con estupendas  informaciones históricas, geográficas y etnográficas.

 

El río       

Exploraciones y descubrimientos en la selva amazónica.

Wade Davis

Traducción de Nicolás Suescún

Pre-Textos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Javier Fernández de Castro

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942- Fontrubí, Barcelona, 2020) ejerció entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral estuvo vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se dedicó asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas.

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto. Póstumamente se ha publicado Una casa en el desierto (Alfaguara 2021).

Obras asociadas
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