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El insólito peregrinaje de Harold Fry

Por 25 de diciembre de 2012 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Javier Fernández de Castro

Harold Fry es un insignificante jubilado que un buen día recibe una carta que le va a cambiar la vida: Queene Hennessy, una antigua compañera de trabajo de la que no ha vuelto a saber nada desde hace muchos años, le comunica en unas pocas líneas que padece un cáncer terminal y que le escribe para despedirse de él en nombre de los viejos tiempos. Fry, el jubilado, contesta con otra carta de unas pocas líneas y sale de casa con intención de echarla en el buzón más cercano. Pero deja atrás el buzón más cercano y luego el otro y después el siguiente e incluso deja atrás la oficina de correos hasta que de pronto, casi sin planteárselo, decide ir a verla y despedirse en persona porque si ella sabe que él está de camino, no se morirá. Y no sin cierta lógica decide que viajará a pie porque con ello le prolongará aún más la vida a la moribunda. La parte menos lógica de su decisión es que va a tener que atravesar toda Inglaterra de sur a norte, recorriendo un mínimo de 1.000 kilómetros. Encima sin equipaje ni preparación.
 A quienes estén leyendo estas líneas y tengan edad suficiente como para haber leído en los años ochenta del siglo pasado libros poco habituales en aquellas fechas es muy posible que el argumento les suene conocido porque está sacado (encima sin la menor intención de ocultarlo) de un libro de Werner Herzog que Muchnik Editores publicó en 1981 bajo el título de Del caminar sobre el hielo. 23.11 al 14.12 de 1974. En la nota preliminar Herzog decía. "Un amigo parisino me llamó por teléfono a fines de noviembre de 1974. Me dijo que Lotte Eisner estaba muy enferma y que sin duda se iba a morir. Le respondí: no es posible. No en este momento. EL cine alemán no podía prescindir todavía de ella. Tomé una chaqueta, una brújula, una bolsa de deportes y los enseres indispensables […] Me puse camino hacia París convencido de que, yendo a pie, ella sobreviviría. Además, tenía ganas de estar a solas conmigo mismo".
Prescindo ahora de la discusión acerca de los méritos o deméritos de la copia frente al original porque me llama más la atención comprobar cómo la elección del género (el viejo debate sobre los denostados géneros) condiciona decisivamente la obra que dos autores someten al juicio del lector, incluso si en teoría ambos parten de un planteamiento tan idéntico que cabe hablar directamente de plagio.
Herzog, que como él mismo dice sin rodeos tenía ganas de estar consigo mismo, eligió una voz narradora que parece surgir de un presente continuo y que se alimenta de impresiones directamente llegadas del exterior: la nieve, una bandada de cornejas, la soledad, el cansancio y el frío combatidos con la jarra cerveza al amor de una chimenea bien retacada. Si no fuera porque el libro lleva nombre y apellido, sería difícil saber quién es la voz narradora o adivinar su avatar. Sólo importa cada presente, el resonar de cada instante trenzando un presente puro, incorruptible y único, y por lo tanto universal, porque es voz en el tiempo y su eco se mantiene como se mantiene el resonar del canto o la mera manifestación del sentimiento. No importa quién habla, ni sus circunstancias personales o su futuro. Basta con oírle hablar.
Rachel Joyce por su parte una vez "decidido" el argumento, en lugar de insertar su voz en un instante al mismo tiempo único y universal, ha optado por crear el tiempo y desarrollar a las diferentes voces protagonistas al compás de los acontecimientos. Harold Fry no es el insignificante jubilado que parece al principio y se intuye que irá creciendo según vayan pasando los kilómetros y se desvelen aspectos ocultos de su vida, de la misma forma que su matrimonio con Maureen tiene numerosos recovecos, que su relación con la hoy moribunda Queenie Hennesdy es más profunda de lo que Harold hace creer a su mujer sin saber que ésta sabe más cosas de las que dice, por no hablar de la presencia/ausencia de David, el hijo conflictivo, una circunstancia que encierra aspectos tan profundamente dolorosos que no se pueden manifestar de sopetón y menos ante un testigo tan desapegado y curioso, al menos de entrada, como es un lector. De manera que los instantes, el discurrir de los kilómetros, no son manifestaciones de la sensibilidad narradora (o ganas de estar a solas consigo mismo) sino ocasiones para que los protagonistas vayan desvelando sus respectivas historias hasta componer un fresco que no es la suma de instantes únicos y universales sino una tragedia coral que necesitará recorrer paso a paso mil kilómetros para ofrecerse en su totalidad.

Otra duferencia significativa: Herzog necesitó apenas cien páginas pafra contar su viaje, mientras que Rachel Joyce no tiene suficiente con trescientas,

El insólito peregrinaje de Harold Fry
Rachel Joyce
Salamandra

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Javier Fernández de Castro

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942- Fontrubí, Barcelona, 2020) ejerció entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral estuvo vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se dedicó asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas.

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto. Póstumamente se ha publicado Una casa en el desierto (Alfaguara 2021).

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