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Canadá

Por 5 de diciembre de 2013 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Javier Fernández de Castro

Todavía hoy la palabra frontera pone en marcha profundos e incontrolados anhelos en el subconsciente colectivo de los norteamericanos. La frontera implica la existencia de un horizonte situado más allá de la línea que delimita lo alcanzado hasta ahora y que sería lo real como oposición a la promesa que se intuye (y anhela) más allá del horizonte.
Pero qué pasa si al atravesar la frontera resulta que no hay vuelta atrás; qué pasa con la vida tal y como se adivinaba antes o qué pasa con la vida tal y como ha resultado ser en realidad.
Casi al final de la narración, y cuando ya está aquejada de una enfermedad terminal, Berner, la hermana gemela de Dell, el narrador, lo expone con esa lucidez exclusiva de quien habla sabiendo tener la muerte a tres pasos de distancia: "Siento, a veces, que mi vida de verdad no ha empezado aún. Ésta no ha estado a la altura, podrías decir. […] Me fui por aquella calle, sola, aquel verano, ¿recuerdas?".
Pero dejo que sea el propio Dell, el narrador, quien, en el párrafo que abre la novela, plantee por sí mismo la situación: "Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no contase eso antes que nada".
Para terminar de plantear adecuadamente la situación es de precisar que quien habla es un viejo profesor a las puertas de la jubilación al que el encuentro con la hermana moribunda, a la que apenas había vuelto a ver desde que la vida les separó; la entrada en posesión de unas páginas escritas en prisión por la madre poco antes de suicidarse, o su propia conciencia de estar en los últimos tramos de un largo camino, parecen haberle animado ahora a contar (y reflexionar) su vida mirándola con la perspectiva de los quince años que tenía cuando todo cambió.
En otro momento del relato, al rememorar los días posteriores a la detención de sus padres, Dell hace la siguiente reflexión:"Los hechos que resultaron decisivos en las vidas de nuestros padres se estaban convirtiendo en secundarios respecto a los hechos que me llevaban a mí hacia adelante desde aquel día de agosto. Aprender este hecho nada sencillo ha constituido la materia prima del presente relato".
Es decir: el padre (un ex piloto militar licenciado sin honor y tras ser degradado de capitán a teniente por su relación con un feo asunto de tráfico clandestino) y la madre (una profesora convencida de que el matrimonio y los hijos le han impedido cumplir su sueño de ser poeta) cometen un atraco chapucero y patético pero decisivo, pues ellos terminan en la cárcel y sus hijos en la calle. Ante el peligro de caer en las garras del sistema de protección de menores, Berner, la hija, decide escaparse a California y vivir su vida en esa última frontera del gran viaje americano; Dell, por su parte, se deja llevar a Canadá por una amiga de la madre. Son una maravilla las descripciones de la gran pradera, ya sea cuando toda la familia trata de asentarse en un pueblo de Montana como durante los viajes en coche con el padre o en la propia huida hacia la vecina provincia canadiense de Saskatchewan. Dell no ve diferencias físicas, ambientales o humanas entre Montana y su próximo hogar en Canadá  porque, y lo repite varias veces, todo es una única y misma pradera. Pero sí acabará descubriendo diferencias, pese a la aparente uniformidad.
Para contar ese viaje iniciático Richard Ford ha elegido una curiosa técnica basada en hacer uso del atraco (en la primera parte) y de "los asesinatos que vinieron después" (en la segunda parte) como puntos de referencia que le permiten avanzar o retroceder en el tiempo y en espacio como el flujo y reflujo de una marea narrativa que muchas veces parece estancarse e insistir en lo mismo (igual que las olas golpean una y otra vez un punto fijo) para luego cambiar de ritmo y dirección con un lenguaje engañosamente sencillo, como también es engañosamente sencilla la estructura interna de la narración entera. Sólo un aviso: en ciertos momentos esa técnica puede resultar un poco irritante, pues al fin y al cabo en las 250 primeras páginas sólo hay un hecho trascendente (el atraco) siendo lo demás meros precedentes de aquél, mientras que "los asesinatos" son lo trascendente de la segunda parte y el fundamento sobre el que se erigen las 250 páginas siguientes. Pero lentitud y reiteración forman parte de las reglas de un juego en el que se gana sólo por jugar.

Canadá
Richard Ford
Traducción de Jesús Zulaika
Anagrama

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Javier Fernández de Castro

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942- Fontrubí, Barcelona, 2020) ejerció entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral estuvo vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se dedicó asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas.

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto. Póstumamente se ha publicado Una casa en el desierto (Alfaguara 2021).

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