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Blog de Navidad

Por 22 de diciembre de 2006 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Como el Pitufo Gruñón, yo siempre odié la Navidad. Y como yo, todos los hijos de divorciados le encontraban poca gracia a esta celebración de la familia que habitualmente conllevaba la pelea familiar por cuánto tiempo pasarían con cada progenitor. Unos minutos de retraso en el camino a la casa del abuelo de turno podían desencadenar un conflicto sin precedentes.

Lo más triste no era la competencia familiar, sino la obligación de ser felices. Los comerciales, las campañas navideñas, los centros comerciales, las series de televisión te obligaban fanáticamente a sonreír y dejarte llevar por el espíritu navideño, que parecía ser un cóctel entre la morfina y el gas de la risa: es Navidad, aunque el mundo te parezca horrendo, debes celebrar lo hermoso que es.

Incluso el cine forma parte de la campaña. Hace tres años, fui por última vez al cine a ver una película de Navidad. Nicholas Cage era un ejecutivo de éxito que un día veía cómo habría sido su vida de haberse casado con su novia de adolescencia. En esa vida alternativa, era un provinciano pobre y lleno de hijos que trabajaba como empleado en la tienda de su suegro. Pero terminaba descubriendo que esa era la vida que quería en realidad, y no su éxito egoísta. Era una película para que te sientas bien con la vida que llevas sin importar cómo sea. Era Arte con A de Anestesia.   

Para un adulto real, la Navidad en realidad es una medida del éxito empresarial. La magnitud de las cenas o fiestas de cada compañía grafican su año fiscal. Si en tu fiesta hay elfas en tanga y sirven champaña, sabes que estás entre los triunfadores. Si sólo hay un jefe bebido en un restaurante barato, quizá tu carrera necesita un empujón.   

Hay una imagen que han explotado grandes artistas norteamericanos, desde Tom Waitts hasta los guionistas de Matrimonio con Hijos: Papá Noel apestando a alcohol y con un cuchillo en la mano. Pocas metáforas resumen con tanta precisión mis sentimientos infantiles hacia la Navidad.

A pesar de todo, he empezado a valorar las fiestas. Porque mientras más me alejo de la niñez, más me impresionan los niños. Y ellos en estos días están realmente felices, excitados, creen en todas las cosas que hay que creer y esperan con ansias la llegada de Papá Noel. Supongo que les tengo envidia. Quizá sean manipulados por la atmósfera navideña, pero a mí me gustaría ser manipulado también. Para los niños que conozco, la Navidad es como un día en que la magia existe, aunque para sus padres sea el día en que revienta la tarjeta de crédito.
      
Así que feliz Navidad y sean felices este fin de semana. Pero eso sí, cuando vean a sus niños acercarse al árbol con entusiasmo, o abrir los paquetes, o preguntar por Papá Noel, recuerden: ellos no son felices porque ésta sea una fiesta familiar. Ni porque sea el cumpleaños del niño Jesús. Ellos, en realidad, solo quieren los regalos.

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