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Yo, por mi música, mato

Por 16 de enero de 2012 Sin comentarios

Eduardo Gil Bera

 

Los antiguos escribían y leían sobreentendiendo cosas que nosotros no leemos, ni deducimos entre líneas, ni de ningún otro modo. Mauro Servio Honorato, gramático nacido hacia 370, escribió este comentario a la Eneida VI, [107]: Sine gaudio autem ideo ille dicitur locus, necromantia vel sciomantia, ut dicunt, non nisi ibi poterat fieri: quae sine hominis occisione non fiebant; nam et Aeneas illic occiso Miseno sacra ista conplevit et Vlixes occiso Elpenore. Lo que quiere decir que la práctica de la necromancia (adivinación mediante consulta a los muertos) o de la esciomancia (adivinación mediante consulta a las sombras) precisaba el viaje a ese lugar sin alegría que es la morada de los muertos y adonde no era posible llegar sin sacrificio humano. Por eso Eneas lo hizo después de matar a Miseno, y Ulises, a su vez, una vez matado Elpenor.

Cualquiera que lea los pasajes correspondientes de la Odisea y la Eneida, notará que el texto no dice expressis verbis que Ulises sacrificó a Elpenor, ni que Eneas hiciera lo propio con Miseno. Sin embargo, a la luz del comentario de Servio, aparece otra lectura. Elpenor, descrito como el mas joven y menos heroico de los compañeros de Ulises, se mató al precipitarse borracho desde lo alto de la morada de Circe. Quedó insepulto y luego fue la primera alma que se apareció a Ulises en el Hades reclamándole una sepultura adecuada. El lance se calca en la Eneida con Miseno, joven compañero de expedición que había fallecido en el mar, y que luego reclama a Eneas ser enterrado como es debido para que el héroe pueda consultar al alma de su difunto padre Anquises.

La redacción está cuidada de modo que esas muertes con valor sacrificial de Elpenor y Miseno no parezcan tener relación alguna con Ulises y Eneas, que hacen como que no se enteran de ellas hasta encontrarse en el puertas del más allá. Sin embargo, eran muertes imprescindibles para el descenso del héroe a la morada de los difuntos, y están narradas siguiendo un modelo antiquísimo, pero en una época que ya no aprobaría que el héroe sacrificase a las claras a un compañero. 

Pero, una vez bien perfilado el lance gracias al comentario de Servio, no solo se hace evidente que Virgilio lo sobreentendía así al leer la Odisea y, en consecuencia, hacía su correspondiente calco en la Eneida, sino que se ha tratado de un lugar común y predilecto para otros autores. Lucas, el evangelista más observador y  literato, narra en Hechos de los Apóstoles 20, 7-12 la historia de Eutico, que estaba sentado en lo alto oyendo predicar a Pablo y se cayó, matándose del mismo modo que Elpenor y, no por casualidad, en la Tróade, lugar de suma resonancia homérica. También en los Hechos de Pablo se narra lo mismo de Patroclo, copero de Nerón, que se cae y mata mientras asistía desde lo alto a la predicación de Pablo. En estos dos casos, el héroe apóstol se cubre de gloria resucitando convenientemente a los precipitados; en la épica, en cambio, el héroe procede a enterrarlos para poder seguir adelante con su propósito glorioso de descender a la morada de los difuntos, platicar con ellos, y regresar.

¿Dónde encontramos el modelo primigenio de esas muertes sacrificiales necesarias para ser un gran héroe llegar a la morada de los difuntos? Pues en la literatura sumeria, cómo no. Allá se narra el viaje de la diosa Inanna, que tiene el valor de abandonar los esplendores de su existencia celestial y terrena, para visitar la región tenebrosa y sin retorno. En su descenso debe ir abandonando una a una sus siete potencias divinas, debe ir muriendo. La heroicidad es vista como absolutamente desmesurada por los propios difuntos: “Si eres Inanna, del lugar donde el sol se levanta, ¿por qué has venido al país sin retorno y tu corazón te lleva hacia la ruta por la que ningún viajero regresa?” (Kramer: Inannas Descent, 82). En la versión acadia del mismo mito, Inanna se llama Istar (antecedente de la Astarté fenicia, la Afrodita griega y la Venus romana) y debe franquear siete puertas de siete murallas, despojándose con ello de las siete potencias que hacían de ella un ser vivo.

Y cumple decir que el más famoso émulo del periplo mortuorio es Jesucristo, que se dedica a que lo maten para no ser menos que los dioses y héroes que le han precedido, de modo que que crucifixus, mortuus, et sepultus, descendit ad inferos… 

Orfeo, el héroe músico, también quiso cometer la consabida hazaña. Pero, como era artista, su lance reviste las particularidades de su profesión. En realidad, revisado su periplo a la luz del comentario de Servio, se patentiza que su viaje a los infiernos es con el fin de ganar más público, que es la perenne heroicidad del artista, y el papel de la necesaria muerte sacrificial le toca a Eurídice. O sea, Orfeo mata a Eurídice con un propósito artístico: hacer una gira y triunfar a lo grande en un lugar nunca visto y ante un público extraordinario. Platón, que entendía del género y también le puso su muerto —el insepulto Er, hijo de Armenio mencionado en Sócrates 614b, eco reminiscente de Elpenor y de Patroclo, entre otros— consideraba que Orfeo fue un cobarde incapaz de morir de amor pero, podemos apuntar ahora, muy capaz de matar para triunfar. Era imposible que Eurídice regresara viva de allá, eso ya lo sabía Orfeo, que justo había utilizado su muerte para poder acceder a aquel escenario, y con razón pudo decir “yo, por mi música, mato.”

 

 

 

 

 


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Eduardo Gil Bera

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012).

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