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Treinta higos

Por 23 de agosto de 2010 Sin comentarios

Eduardo Gil Bera

Algunos conocedores han echado de menos una valoración de la famosa operación de fístula de 1686. En verdad fue una gesta sin precedentes, porque luego de charcutear durante hora y media en la retaguardia regia, aquellos científicos inagotables le hicieron otra sangría más en el brazo, un final absolutamente innovador. El rey sobrevivió y la fístula también, dando motivo de regocijo durante años a los infatigables equipos médicos. Tampoco es razón ningunear el forúnculo que trabajosamente convirtieron en un ántrax excelente para ser inciso y cauterizado, siempre sin el menor indicio de curación. Daquin, primer médico del rey durante las mencionadas incursiones, cobró 100.000 libras por la operación de fístula, donde apenas pudo salpicarse, dada la masiva afluencia. Por entonces ganaba 45.000 al año, y el puesto le costó 30.000

El abuelo de Daquin fue el gran rabino Mardoqueo de Carpentras, que se pasó al cristianismo con gran éxito de público y crítica. Hizo una peregrinación al reino de Nápoles, y se asentó en Aquino, donde se hizo especialista en los escritos del héroe local, Tomás de Aquino, y se bautizó.  Al regreso, se llamaba Daquin, y se estableció en París como profesor de hebreo del Colegio de Francia. Su hijo Luis-Henri Daquin ingresó como médico ordinario en la casa de Maria de Médicis y de ahí ascendió a médico sin cuartel en el séquito de Luis XIV. El nieto, Antoine Daquin, estudió medicina en la facultad de Montpellier, conocida por su irrenunciable fe en el antimonio, y se casó con la sobrina de la mujer de Vallot, primer médico del rey y antimonista convencido. En 1672 Antoine Daquin accedió al puesto de líder de la muchedumbre médica del rey.

Pronto se hizo patente que su lugarteniente, el sombrío doctor Fagon, lucharía por arrebatarle el liderato. El primer enfrentamiento tuvo lugar durante la liquidación de la reina María Teresa en 1683, hazaña que ambos pretendían apuntarse y sobre la que aún no se ha pronunciado la ciencia. La esposa del rey se indispuso el 26 de julio de 1683. Fagon, primer médico de la reina tras la elevación de Daquin, notó que había aparecido un tumor bajo la axila izquierda. Ordenó una sangría en un brazo que no trajo ningún alivio. Daquin ordenó otra, pero ahora en un pie. Inquietos por la falta de avance, ordenaron administrar antimonio en cantidad prudencial. Poco después, la reina murió asfixiada.

Cuando los héroes hicieron la autopsia, vieron que el tumor de la axila era un abceso enorme que había reventado hacia adentro y atravesado la pleura, asfixiando a la reina. En efecto, habría hecho falta una incisión, pero en el sitio adecuado.

Pero Daquin no perdió su puesto ante Fagon por haber excavado bien o mal alguna trinchera de fístula o forúnculo, ni por derribar un paladar más o menos, ni siquiera por matar a la reina. Fue por descarado. Una mañana anunciaron al rey la muerte de un viejo oficial. El rey dijo que lo sentía porque le había servido bien, y tenía una cualidad muy rara: jamás le pidió nada. Y miró a Daquin, que pedía y obtenía sin cesar abadías, episcopados y altos cargos para sus hijos. Pero éste no se desconcertó un pelo, y preguntó al rey qué había dado él a ese oficial. El rey no replicó nada porque jamás dio nada al difunto cortesano. Al día siguiente, Daquin recibió una carta sellada con la invitación a retirarse de inmediato a París y la prohibición de intentar ver al rey o escribirle. Se le  señalaba una pensión vitalicia de 6.000 libras. Daquin se fue a Vichy, por ver si las aguas le milagreaban algo, pero se puso verde, y murió.

El tétrico Fagon se hizo cargo entonces de la jefatura médica de la casa del rey, pero aún tardó más de veinte años en rematar. Aunque no tenía dientes, Luis XIV tenía que trasegar como un bulímico para remediar las sangrías, vomiteras, purgas y remociones intestinales que formaban parte de su deber real. La víspera de morir, hizo un supremo esfuerzo y engulló en una sentada treinta higos frescos, y luego absorbió con suma convicción un gran vaso de agua helada. Era verano, último día de agosto. Tenía que fabricar sangre como fuera. Ya había visto cómo nueve doctores al mando de Fagon liquidaron fácilmente a su biznieto heredero con unas pocas sangrías y un par de eméticos de antimonio. Él pensaba resistir, pero murió con la fresca del primer día de septiembre. Hecha la solemne apertura de su cuerpo por Marechal, primer cirujano, bajo la presidencia de Fagon y el resto de la corporación, se decretó que había muerto por gangrena en la sangre.

La primavera siguiente, Luis XV, de seis años de edad, y aún de luto, fue conducido al Jardín de Plantas para que conociera una de las singularidades del reino: el verdoso Fagon, que vivía retirado en aquel mismo lugar donde había nacido ochenta años antes.

 

 

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Eduardo Gil Bera

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012).

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