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Progreso

Por 1 de noviembre de 2010 Sin comentarios

Eduardo Gil Bera

 

Después del viaje desde Asturias a Tordesillas para que el rey  Carlos I conociera a su madre Juana, encerrada por loca, vinieron los juramentos varios por las Cortes de Castilla y Aragón, y las fiestas, justas y torneos. Tambien los buenos consejos de los súbditos. En Calatayud, un villano, admirado de los ojos saltones y la boca abierta del rey, le recomendó: “Nuestro señor, cerrad la boca; las moscas deste reino son traviesas”. 

En Barcelona, se hicieron las más sonadas fiestas por la venida a España del rey Carlos I. Y éste ordenó que se celebrara, en la catedral, solemnísimo capítulo de la orden del Toisón de Oro. En la sillería del coro pintaron el lema “Plus Ultra” y se impuso el bonito collar de oro con borrego colgante, a catorce muy principales señores, entre ellos el almirante de Castilla, Fadrique Enríquez, muy reputado como protector de literatos, iluminados y toda suerte de varones sabios y curiosos, señalado en las letras españolas por haber mandado pasar a romance muchas obras, sin detenimiento en que pudieran ser declaradas malsonantes o heréticas, y, entre ellas, las escritas por Pedro Martínez de Osma.

Cuando mejor lo estaban pasando en Barcelona con las fiestas del Toisón, vino la nueva de la muerte del emperador Maximiliano, abuelo del rey. Éste tuvo, de golpe, gran prisa por hacerse con el vacante título imperial. Así que ordenó el cobro de un tributo especial y zarpó de La Coruña hacia los Países Bajos, donde pensaba hacer otra bonita fiesta, en Aquisgrán, con motivo del solemne encasquetamiento de la corona que ciñó Carlomagno. Mientras el rey estuviera ausente, el Consejo Real, con el almirante don Fadrique como regente consorte, tomó sede en Valladolid. 

Entonces empezó una guerra porque Antonio Acuña, obispo de Zamora, tuvo un acceso de rabia arzobispal cuando supo que la nunca bien ponderada archidiócesis de Toledo se apalabraba para Guillaume de Chièvres, completamente extranjero y sobrino del primer chambelán del rey. Eso merecía guerra y las que suscitan los clérigos son especialmente enconadas. Ya son ellos, de sí, levantiscos y enredadores en cuanto no consiguen la suya, pero lo que les da calidad de tóxicos es que proveen a la plebe de explicación doctrinaria para que no estén quietos, sino agraviados y echados al monte, siempre que sea en su beneficio clerical. Así se dijo que Toledo, donde empezó la sublevación, llegó a pedir autogobierno a imitación de Siena o Florencia, cuando era más verdad que, no Toledo, sino quien tenía trazado arzobispar Toledo, quería una tiranía  para uso propio. Vamos, como un nacionalista actual.

En Barcelona se repartieron collares borregueros a ocho nobles castellanos, eso quería decir que quedaron sin collar, ni arzobispado, una multitud de aspirantes. Éstos hicieron fiero memorial de agravios en la llamada Junta de Ávila, una vez que recibieron la invitación toledana al alzamiento. Y, luego, ya que Tordesillas estaba al lado y encerraba, en otras maravillas, a una reina cesante, se hizo allá junta santa y solemne con la reina doña Juana y su hija Catalina. Decían los junteros que Carlos ya no regresaría a España y que Castilla no sabía estar sin rey.

En la Santa Junta de Tordesillas, representaron a los clérigos agraviados y en expectación de destino, además del belicoso obispo Acuña, fray Pablo de Guzmán, prior de Santo Domingo, Pedro Gómez, abad de Toro, y Juan de Benavente, canónigo supremo de León; por los caballeros a falta de collar, Antonio de Quiñones y Pedro Laso; por los artesanos y licenciados, Diego de Madrid, pañero, y Francisco Medina, médico. El resto de comisionados y tropa innumerable, veterana de África e Italia y en expectación de saqueo, aguardó afuera.

Fue dicho que la reina Juana estuvo lúcida y les dio toda la razón. Tomaron, entonces, decisiones regias y ofertaron el matrimonio de la infanta Catalina con el príncipe portugués, a buen precio. Pero el rey de Portugal no quiso tratar con juntas santas. Al contrario, envió buenos ducados de oro al almirante de Castilla para que comprara fidelidad y pericia de buenos soldados. 

Los junteros santos mandaron luego emisarios a Valladolid, incitando a la villa a prender al Consejo Real. Y como todo se iba en tumultos, enviaron al capitán Padilla, con un fuerte destacamento, para que se apoderara de ellos.

El Consejo Real se trasladó entonces a Medina de Rioseco, y don Fadrique empezó su ofensiva usando la artillería de las buenas letras. Pero no lució nada, porque el clero se había encelado con que, si derrocaban al Consejo Real, habría reparto de prebendas, y el sacristán sería cura; el medio racionero, párroco; el racionero, canónigo; el abad mitrado, obispo; y el obispo de Zamora, lo principal, arzobispo. Y atizaban al vulgo para que guerrease, que luego ellos proveerían. Con tal designio, se puso sitio a Medina de Rioseco.

En vista de lo clerical de la situación, se hizo uso del recurso similia similibus y se envió a fray Antonio de Guevara, temible predicador franciscano, para que desmayara y ofuscara los ánimos alzados. Por siete veces, salió de la villa sitiada y sermoneó con sabrosos y atinados ejemplos en el campamento sitiador. Pero, si bien hizo vistosos efectos en la soldadesca, no causó ninguno en el obispo Acuña, inmune y refractario a la verba clerical, como asiduo usuario de ella, contumaz y pertinaz en sus pretensiones arzobispales.

Al tiempo, un noble descollarado y ofendido, Pedro Girón, pidió entrar al servicio de los alzados, siempre que fuera como capitán general. Ello trajo consigo el apartamiento de Padilla,  que se corroyó de celos y marchó a Toledo, causando no poca confusión banderiza.

Sin esperar a que menguara la confusión de los alzados, el almirante emplazó su artillería ante Tordesillas y, sin olvidar el importante pregón de que se entregaba la villa a saco, con tal se respetaran las vidas, tomó la villa, prendió a los miembros de la Junta y se apoderó de la reina Juana, que casi tenía por hija.

La aventura malparada de Acuña tuvo una consecuencia notable. Aprovechando la confusión de la guerra castellana, el rey de Francia, Francisco I, envió tropas a ocupar Navarra y sitiar Logroño; fue una efímera maniobra de distracción, pero el emperador Carlos se encolerizó tanto, que se alió con el papa para que le bendijera su ocupación de Milán, la cosa que más podía ofender al rey de Francia. A  cambio, el emperador Carlos dio el beneficio del arzobispado de Toledo al cardenal de Médicis, y decretó el destierro de Lutero. Si a este fraile le hubieran concedido entonces algún carguillo o beneficio eclesiástico, habría olvidado tan feliz sus tesis, que todas venían de la implícita primera y principal: “yo también quiero mandar y cobrar”. Pero, por azares de los negocios humanos, la agitación que desencadenó el obispo de Zamora, que a él no le valió para alcanzar el arzobispado, si fue bastante para provocar la guerra, el edicto imperial y el cisma protestante.

La batalla de Noáin, que tuvo lugar durante la retirada de las tropas que Francisco I entrometió hasta Logroño para hostigar a Carlos I, está hoy incensada por la clerigalla rectora del vasquismo querulante como momento crucial de la “guerra entre abertzales y españoles”, fenómeno malvado que data del Neolítico y tiene un tumultuoso club de agraviados. Y los Bravo, Padilla y Maldonado, que querían medrar al arrimo del clero soliviantado por el nombramiento de un flamenco para el arzobispado de Toledo, han sido canonizados como libertadores de la humana condición. ¿Quién dudará, si no es un facha opresor, que las ideas abertzales y comuneras son progresistas y modernas?

He aquí lo que escribía Jean Mabire en National-Hebdo, periódico del Front National, hace poco más de veinte años (4-10-90): “Con la detendión de “Waldo”, ETA militar ha sido golpeada en la cabeza. Periódicamente, se nos anuncia la captura de un gran jefe del nacionalismo vasco. Pero aunque los detuvieran de cinco en cinco, como a Ben Bella y sus amigos en octubre de 1956, eso no cambiaría el problema. La lucha armada no es más que la prolongación de un combate político de varios milenios. Los vascos estaban en su casa incluso antes que los inmigrantes indoeuropeos como usted y yo. Terroristas para unos y patriotas para otros, los militantes vascos, legales o ilegales, a veces sin darse cuenta, testimonian una lucha planetaria. Si la resistencia triunfa, serán héroes y Euzkadi emitirá sellos con su efigie. Si pierden, un pueblo faltará a la llamada de la historia.”

O sea que la cosa no es de anteayer, ni siquiera de la batalla de Noáin: ya hace milenios que los grandes jefes del nacionalismo vasco ordenaban pegar patrióticos hachazos de sílex vasco en la nuca de los inmigrantes indoeuropeos como usted y como yo. Y ahora, si usted tiene la suerte de dar con algún despotenciado que razone, lo entenderá como alguien que dice tener una mara de tatarabuelos que llega a la batalla de Noáin y procede de uno que se portó bien y estuvo en el bando adecuado, y como consecuencia quiere un Estado confesional de esa religión de pichiglás, y usted, vasco descreído o inmigrante indoeuropeo, o camito-semítico, o algo peor, tendrá sitio si se adhiere a la historieta de la mara de tarabuelos transmisora de milenarias bondades vascas, si no, tiene usted la opción de que lo extirpen como prolongación de un combate político de varios milenios. Debemos por lo tanto creernos la mandanga de que los vascos existían antes de la inmigración indoeuropea, y otra no menor, consistente en que “los grandes jefes del nacionalismo” representan a esa mística grey de antepasados, y, en fin, anhelar el advenimiento del Estado confesional de esa religión tétrica, por amor al progreso, y para que puedan mugir con la deseada unanimidad.

Sólo con que los cocine el Mabire de turno —quien expresaba sobre los asesinatos y el embrutecimiento de los vascos un parecer muy común y aceptado entre los actuales fabricantes de opinión, y por eso lo he escogido como su representante—, los sedicentes hechos históricos tienen esa entretenida virtualidad que los hace útiles para azuzar a la tropa, y hacer que mate y muera bien cargada de razón.


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Eduardo Gil Bera

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012).

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