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El recuerdo crea la vida

Por 4 de octubre de 2010 Sin comentarios

Eduardo Gil Bera

 

 

Antonio Primo fue un militar y político romano que luego de haber sido senador, cónsul y hasta dueño de Roma, se retiró para dedicarse a la lectura y la correspondencia con los amigos. El poeta Marcial recuerda en un epigrama (IX, 99) una carta de Antonio, ya jubilado en Tolosa, donde le saluda y muestra su aprecio. La emoción de Marcial por el hallazgo de un interlocutor de sus poemas es intensa y así se la hace saber a su libro, al que envía como embajador plenipotenciario al encuentro de Antonio: “tú, que aún puedes soportar los largos trayectos de los caminos, ve, libro, prenda de una amistad ausente.”

No mucho después, Marcial dedicó al retirado Antonio, que ya pasaba de los 75 años, un epigrama (XX, 23) que condensa, en su admiración por la serenidad del amigo, lo mejor de la sabiduría estoica y celebra un mecanismo esencial de la mente humana: el recuerdo crea la vida.

 

Iam numerat placido felix Antonius aevo
       Quindecies actas Primus Olympiadas
Praeteritosque dies et tutos respicit annos
       Nec metuit Lethes iam proprioris aquas.
Nulla recordanti lux est ingrata gravisque;
       Nulla fuit, cuius non meminisse velit.
Ampliat aetatis spatium sibi vir bonus: hoc est
       Vivere bis, vita posse priore frui.

 

Antonio Primo, feliz en su plácida vejez, enumera ya quince Olimpiadas vividas, y reconsidera los días pasados, y los años que ya nadie puede arrebatarle, y no teme las cercanas aguas del Leteo. Ningún día memorado le resulta ingrato ni gravoso. Ninguno hubo del que no quiera acordarse. El hombre cabal amplía la extensión de su vida: saber disfrutar de la vida pasada es vivir dos veces.

 

“Vivere bis” tiene todo el sentido de un bis teatral ordenado por el director, autor y espectador de la pieza exclusiva: su vida, que vive de memoria y se reproduce memorable, sin miedo al olvido.

 

Hay una sencillez insuperable en el poema de Marcial, sobre todo si se compara con el ringorrango que los modernos redescubridores del eterno retorno ponen de guarnición para emplatar una intuición vieja como la humanidad. Y, hablando de sencillez, acabo de ver que Google incluye un traductor de latín en su repertorio. Le voy a hacer un examen con Marcial. Tecleo el epigrama y el artefacto me replica esto:

“Ahora es contar con una edad calma feliz Antonio quince veces en los últimos los primeros praeteritos que Olimpiada durante días, y son seguras en cuanto a la años, sin miedo al Leteo ahora más cerca de las aguas no hay en el recuerdo de la luz es, el fruto y es pesado; no, no había, de los cuales no recordar los deseos aumenta el período de su vida es el hombre que es bueno: es decir, vivir dos veces para poder disfrutar de la vida de los primeros.”

 

Entretanto, madura la mañana y es hora de salir. Desde Barbastro hacia el Ebro, se pasa por Castelflorite y San Juan de Flumen, pueblos hermosos como sus nombres, y se atraviesa el jardín de los Monegros, todo jaspeado de bosquetes y corralizas. Cruzado el Ebro, empieza el gran mar de arcilla blanca de Zaragoza. Esta arcilla, que aquí llaman buro, refleja la luz de una manera única que confiere una claridad desoladora a la atmósfera, algo particularmente notable en Fuendetodos. El pueblo de Goya está en el caracierzo de una sierra donde en años buenos recogían nieve y la conservaban para bajarla a Zaragoza. Al otro lado de la sierra, está Villar de los Navarros donde la expedición carlista obtuvo otra de sus grandes victorias inútiles.

Hacia el sol poniente, pronto se alcanza el corredor del Jalón, por donde han ido y venido durante milenios los incontables hombres esperanzados.

Calatayud tiene un callejeo encantador, las calles de la Paciencia y el Desengaño merecen ascéticas meditaciones. Y hay un curioso monumento a la industria cañamera. Lástima que mi prisa por llegar a Bilbili me impida recrearme en esta ciudad irónica, hay fachadas y balconajes pintados adrede para dar la impresión de desplome y sembrar la duda.

¿Dónde está Bilbili? Ahora sabemos que éste era el nombre auténtico, y no Bilbilis, porque la /s/ final fue un aliño posterior. Pasado el cementerio, una pista trepa hacia el cerro inmortal, y media legua después, es preciso ocultar el coche para no profanar la vista de la urbe venerable. Por fin, después de faldear a media ladera, aparece Bilbili, enorme, sobrecogedora. Termas, templos, mansiones y pórticos descansan de su lento derrumbe, y el foro se alza imponente sobre una vieja acrópolis que se debió desanimar.  El teatro fue excavado en una torrentera, gran desafío ingenieril, y es una joya. El otro día desenterraron junto al escenario una cabeza de Augusto que presidía las representaciones. Paseando entre las columnas del foro se contempla el gran valle cruzado a toda leche por los gusanos del AVE y los pulgones nerviosos de la autovía.

¿Dónde viviría Marcial? Busco por las calles, el teatro y las termas, como si algo me tuviera que resultar conocido. Marcial, cuyos padres hablarían algún dialecto celtibérico, recibió una formación letrada extraordinaria, aquí, en esta orgullosa ciudad de la áspera colina ceñida por el Jalón que hiela el hierro, y luego se fue, veinteañero, a Roma. Cinco días de carreta hasta Tarragona, y después el azar del viento favorable sobre el ancho dorso del mar. Y triunfó en el durísimo oficio de poeta de encargo, no tanto como Virgilio, porque parece que Trajano lo ninguneó imperialmente, pero ahí anduvo, malediciente y tenaz, decretando qué palabras recordaríamos hoy, este día que rojea y se va. Permaneció en Roma casi cuarenta años, los historiadores de la medicina, los oficios, la policía urbana, las costumbres y usos romanos, le deben una información ingente. Luego volvió aquí, a esta ciudad, ya  sesentón. Otra vez el mar, y los cinco días de carreta. Es admirable que este hombre nos describiera Roma, la monstruosa e interminable, y Bilbili, señorial y alta, de un modo que nos hace asentir dos mil años después.

Dice Lope de Vega en el Laurel de Apolo, que hubo en todo el tiempo del mundo veintitrés poetas sólo; y Marcial está el noveno. Plinio el Joven, que le encargó un laudorio inmortalizante del que estaba muy satisfecho, llama a Marcial homo ingeniosus, acutus, acer (hombre ingenioso, agudo, penetrante).

A la luz equívoca del día que agoniza se lee trabajosamente en una inscripción PHILOMUSI. ¡Caramba, si es Filomuso! Aquel trapicheador de noticias caducadas y parásito de cenas, que tenía nombre griego de poeta profesional, y del que se burla Marcial. Resulta que era paisano. Ahora sólo falta encontrar la casa de Liciniano. Pero sube desde el valle la noche, los trenes subrayan su decisión, y allá abajo, donde maduraron las uvas y los alberjes del poeta, guiñan las luces de los coches.

 

 

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Eduardo Gil Bera

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012).

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