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El refugio de los fracasados

Por 10 de julio de 2007 Sin comentarios

Basilio Baltasar

Un difuso pero extendido temor estremece a la sociedad europea: ¿y si la clase política aprendiera a ponerse a salvo de la periódica renovación que le imponen las citas electorales? ¿A dónde iríamos a parar entonces? ¿Podremos cargar en nuestros hombros con una casta dispuesta a ser útil toda la vida?

No deja de tener cierto sustento el resquemor. Se expresa con tímida torpeza pues los críticos del sistema no desean confundirse con los enemigos del sistema. (Se trata de perfeccionar el invento histórico de la democracia –disolver, diluir, vigilar a los poderes- no de impugnar el más notable de sus logros).

Hay motivos para sospechar que alguien puede estar soñando con la quimera de albergar en las instituciones europeas a los políticos que fracasan en sus países de procedencia. Como si fuera un premio de consolación del que se hubieran hecho merecedores.

Véase el caso de Tony Blair, por ejemplo. Debe salir huyendo del gobierno inglés para no conducir a su partido a la debacle y encuentra rápido acomodo en las altas esferas europeas. Después de contribuir decisivamente a montar el Cristo de Irak, se le encomienda armar la paz entre Israel y Palestina.

Como si fuera la recompensa a unos servicios de dudoso mérito, y pasando por encima del refrendo popular que los ingleses probablemente le habrían negado, alguien se apresura a contar con sus servicios para poner orden en Oriente Medio.

Como promesa a la clase política europea no está mal: aunque hayas organizado una guerra ilegal, aunque hayas propiciado una sangrienta y masiva matanza de inocentes ciudadanos iraquíes, aunque te hayas burlado de la opinión pública y engañado a todo el que tuvo la simpleza de creer en ti, aunque hayas hecho de nuestro mundo un mundo más peligroso, no importa, ven, sube, date prisa, aquí entre nosotros te encontrarás mejor.

Por si tuviéramos dudas, y no bastara el nombramiento auspiciado por los miembros del club más exclusivo de la tierra, un grupo de ministros de Asuntos Exteriores se apresura a darle la bienvenida en un artículo que reproducen los principales periódicos europeos.

El comienzo de esta Carta abierta a Tony Blair no tiene desperdicio: “el mundo se entristece por verle abandonar el primer plano”. ¿El mundo se entristece de ver dimitir a un político cansado, repudiado, chamuscado, quemado por la irritada opinión pública británica?

Después de homenajear sus años de servicio al Reino Unido, los ministros de los Estados Mediterráneos miembros de la Unión Europea, quizá pensando en su propio futuro, celebran que Blair haya aceptado “una misión más compleja, más imposible que todas aquellas a las que se ha consagrado hasta el momento”.

¿Consagrado? ¿Es este el lenguaje de los ministros de la Europa laica? El lector duda por un momento pues quizá está leyendo una diatriba cínica contra el hombre que viaja a Roma para despedirse del Papa de los católicos. Pero no, no hay ninguna broma a lo largo del texto. Se trata de un verdadero panegírico. Y así lo admite sin rubor Moratinos, Kouchner y sus colegas: “conocemos su inventiva y su determinación”.

(Mañana seguiré)

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Basilio Baltasar

Basilio Baltasar (Palma de Mallorca, 1955) es escritor y editor. Autor de Todos los días del mundo (Bitzoc, 1994), Críticas ejemplares (BB ed; Bitzoc), Pastoral iraquí (Alfaguara), El intelectual rampante (KRK) y El Apocalipsis según San Goliat (KRK). Ha sido director editorial de Bitzoc y de Seix Barral. Fue director del periódico El día del Mundo, de la Fundación Bartolomé March y de la Fundación Santillana. Dirigió el programa de exposiciones de arte y antropología Culturas del mundo (1989-1996). Colabora con La Vanguardia y con Jot Down. Preside el jurado del Prix Formentor y es director de la Fundación Formentor.

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