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El Mesías vive (y padece) en el Bronx

Por 3 de marzo de 2012 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Basilio Baltasar

A los escasos lectores españoles familiarizados con las páginas de la Biblia no les escandalizará el atrevimiento de James Frey ni lo considerarán una blasfemia pues en "El último testamento" verán aletear el mismo espíritu que inspiró a los primeros evangelistas.

La salvedad más reseñable en este episodio del Mesías finalmente aparecido es la ausencia de esperanza. Como si el escriba no quisiera dar a los hombres la oportunidad de esconderse en un nuevo engaño sagrado ni animarles a encontrar consuelo en otro refugio imaginario.

El judío de estirpe davídica nace con los signos de la gran premonición, procura llevar una vida modesta, amable y pacífica en el Bronx de Nueva York, inspira ternura a los que se topan con él, pero la violencia que el mundo descarga sobre su frágil figura de hombre paciente y bondadoso, siembra las páginas de "El último testamento" de una amarga  desolación.

Ben Sion Avrohom es el nuevo Mesías pero se limita a repetir lo que del primero no se quiso entender. Que todo se reduce a amar a tu enemigo y a poner la otra mejilla cuando la tome contigo. Las consecuencias, obviamente para nosotros, son desastrosas. La mansedumbre excita el insaciable sadismo del mundo y Ben Sion acepta soportar su martirio ante los ojos atónitos del lector.

El Mesías regresa sin proclamas, ángeles ni trompetas, aparece en unos repugnantes barrios, violentos y miserables, y son otra vez los desahuciados, los desgraciados, los apestados, los primeros en comprender el extraño poder de su mirada y la incondicional absolución de su sonrisa.

Los condenados, los delincuentes, yonquis, prostitutas, los que habitan las alcantarillas de la ciudad, son los primeros en reconocerlo. Efectivamente, una sola palabra suya basta para sanarlos. Se liberan del dolor de ser y después de atisbar en sus ojos la inconcebible plenitud de no se sabe qué fuerza, se liberan de lo más importante: de sí mismos.

El libro de Frey ofenderá a los integristas -tanto como lo hizo el texto original a los antiguos devotos- pero el autor confiesa que sólo busca respuesta a una pregunta: ¿qué ocurriría si regresara?

Frey considera que los descubrimientos de la ciencia nos han situado en el último horizonte del conocimiento, al borde mismo de un desvelamiento formidable pero en verdad muy distinto al caudal de ilusiones que hemos incubado durante milenios. No hay nadie a quién rezar, dice Ben Sion, ni cielo ni infierno. Tan sólo hay la vida efímera de unos hombres cuya única redención será amarse mientras estén vivos en esta insólita pausa que hay entre dos eternidades vacías.

Ben Sion regresa para decir esto y quizá por ello es condenado de nuevo al sacrificio. Es el Maestro de Justicia de los esenios, el Nazareno de los cristianos, el Siervo Sufriente de Isaías, el chivo expiatorio de la tragedia humana. Y nos redime aceptando un destino espantoso. No porque sea la víctima de un padre brutal, de un hermano vengativo, de la indigencia, de un accidente, de un cirujano desalmado… Lo que nos parece inconcebible, nuevamente, es que teniendo el poder de librarse de todos los males, acepta cargarlos en su espalda, sufrirlos en un incomprensible gesto de mansa aceptación. El espectáculo de violencia e impotencia en la narración de Frey es conmovedor y difícilmente soportable.

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Basilio Baltasar

Basilio Baltasar (Palma de Mallorca, 1955) es escritor y editor. Autor de Todos los días del mundo (Bitzoc, 1994), Críticas ejemplares (BB ed; Bitzoc), Pastoral iraquí (Alfaguara), El intelectual rampante (KRK) y El Apocalipsis según San Goliat (KRK). Ha sido director editorial de Bitzoc y de Seix Barral. Fue director del periódico El día del Mundo, de la Fundación Bartolomé March y de la Fundación Santillana. Dirigió el programa de exposiciones de arte y antropología Culturas del mundo (1989-1996). Colabora con La Vanguardia y con Jot Down. Preside el jurado del Prix Formentor y es director de la Fundación Formentor.

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