Ficha técnica

Título: Mi abuela, Marta Rivas González | Autor: Rafael Gumucio | Editorial: Ediciones UDP | Colección: Vidas Ajenas  | ISBN: 978-956-314-253-2 | Páginas: 228  | Precio: 20,80 dólares

Mi abuela, Marta Rivas González

Rafael Gumucio

EDICIONES UDP

Para Rafael Gumucio la historia de Chile es una cuestión personal. O más bien un asunto de familia. Y dentro de esa familia ocupa un lugar preponderante la excéntrica personalidad -avasalladora, entrañable, irritante, conmovedora- de su abuela Marta Rivas González, que desempeñó una influencia decisiva en la educación no sólo sentimental, sino también intelectual y moral de su nieto. Provisto de su penetrante sentido de la paradoja, de la ternura, de la impudicia, el deslumbrante autor de Memorias prematuras regresa al escenario de su infancia para pergeñar desde la otra orilla, actuando él mismo de persona interpuesta, lo que admitiría ser tomado por unas “memorias póstumas” de un personaje casi legendario, una aristócrata de izquierda cuya genialidad y patetismo dan un acorde inimitable en el que resuena, como en sordina, el himno roto y trasnochado de todo un país.

Ignacio Echevarría

UN TRANSATLÁNTICO  

Todo en ese departamento quedaba a menos de un paso, con sólo estirar la mano se podía alcanzar toda suerte de juguetes domésticos e inventos efímeros que mi abuela solía coleccionar. Calculadoras de energía solar, largas manos de plástico o metal con que se rascaba la espalda, radiorrelojes en miniatura y, sobre todo y ante todo, la aspiradora portátil con que atormentaba a los invitados, limpiándoles la barba, la chaqueta y el pantalón mientras conversaban.

     La cama azul, los discretos muebles blancos. Hasta en los colores tenía el departamento de mi abuela un extraño dejo marítimo, algo de casa de playa provisional a la que uno no le exige ni amplitud ni comodidades. Todo ahí tenía su utilidad. La platería de mi bisabuelo contenía las cenizas de los cigarrillos de mi abuelo, las vasijas de cristal azul estaban llenas de plátanos y manzanas. Nada parecía destinado a permanecer, todo estaba listo para ser embalado.

     No recuerdo ahora dónde quedaban los libros. La cocina estaba separada del salón sólo por una barra que hacía de mesa. El living era también el dormitorio de mi abuela, que recibía siempre sentada o acostada sobre su cama. Pequeña y cuadrada, mi abuela vivía su cuerpo como una incómoda redundancia: la burocracia de sus piernas, de su pecho, del cuello que había terminado por abolir. En ese departamento pequeño y luminoso como la cabina de un transatlántico había de todos modos espacio para el enigma, encarnado en una enorme pantalla metálica, gris y verde, que no trasmitía imagen alguna. Una pantalla que sólo años después descubrí que era una especie de calefactor. Eso y también un cuadro anónimo del siglo XVII en el que un hombre, junto al arco de un edificio en ruinas, esperaba oculto tras su capa quién sabe a quién.

     -Lo pintó un pintor de mierda, seguro no tiene ningún valor, pero dijo un experto que es auténtico, de la época -decía mi abuela. La época era casi siempre el siglo XVII, en el que mi abuela, lectora tenaz de Madame de Sévigné y el Duque de Saint-Simon, hubiera preferido vivir. Y siglo en el que de hecho vivió de alguna forma, según supe después, cuando volví a Chile. Porque ¿qué podía parecerse más al siglo XVII parisino que el Santiago de los años veinte, el de la fronda aristocrática, los continuos golpes de estado, los cortesanos baleados por amantes despechadas, los niños abandonados a las puertas de los conventos, los ríos desbordados llevándose dormitorios y comedores enteros, los infinitos fundos que van de la cordillera al mar?

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Rafael Gumucio

Rafael Gumucio nació en Santiago en 1970. Escribe para varios medios chilenos e internacionales, trabaja en radio y es profesor en la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales, donde también dirige el Centro de Estudios Humorísticos de la Facultad de Comunicación y Letras. Es autor de los libros Invierno en la torre (1995), Memorias prematuras(1999), Monstruos cardinales (2002), Comedia nupcial (2002), Los platos rotos(2004; reedición ampliada en 2013), Páginas coloniales (2006), La deuda (2009), Contra la belleza (2010) y La situación. Crónicas literarias (2010). En 2004 obtuvo el Premio Anna Seghers.

Obras asociadas