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Algunos hombres justos

Por 7 de julio de 2022 Sin comentarios

Marta Rebón

Navegamos entre contradicciones y los absolutos son trampas de la razón. Lo sabe bien el refranero, en el que tanto encuentras uno para afirmar una cosa como para rebatirla. Hay un proverbio que dice que los árboles no dejan ver el bosque, referido a esos momentos en que la obsesión por los detalles oculta el conjunto. Aun así, no es menos cierto que cuando se pone la lupa en algo (en una vida concreta, por ejemplo) se nos revela todo un bosque, las claves de su época y de lo que vino incluso después. Y no tiene que ser la de alguien célebre, pues la política atraviesa todos los cuerpos, como observamos en Regreso a Reims, tanto en el ensayo de Didier Eribon (Libros del Zorzal) como en su libre adaptación cinematográfica, que es una disección de la clase obrera a partir de la vida­ de los padres. Me reafirmé en esta impresión cuando acepté un encargo editorial para novelar las biografías de dos mujeres de épocas distintas, una rusa y otra francesa. Sofia Kova­lévskaya fue la primera mujer matemá­tica en obtener, en la segunda mitad del siglo XIX, una cátedra universitaria. Al indagar en los pormenores de su vida, y no en abstracto, reviví los sacrificios descomunales que debía afrontar entonces una joven para acceder a los estudios superiores, como casarse por conveniencia con algún joven progresista que le permitiera viajar a alguna de las poquí­simas universidades en el extranjero donde se aceptaran estudiantes u oyentes femeninas. Sí, por suerte había (y hay) hombres feministas, como el que luego, en Estocolmo, le ofreció la cátedra a Kova­lévskaya.

La otra, Olympe de Gouges, me trasladó a la Francia de la Revolución. Lo que más me sorprendió de este verso libre que defendió los derechos de los hijos bastardos, los esclavos y las mujeres fue darme cuenta de que cuando me hablaron del hito que supuso la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano me ocultaron que el título aludía de manera literal al hombre, y que la mujer seguía siendo entonces una ciudadana de segunda que un siglo después aún aparecía definida, en el gran diccionario de Pierre Larousse, como “hembra del hombre, ser humano organizado para concebir y traer hijos al mundo”. Las definiciones han cambiado, pero la concepción de la mujer como un artefacto reproductivo sigue presente, en no pocas mentes y en ciertas leyes. Persiste la idea de que el fin último de la mujer debe ser el de madre abnegada y cuidadora. Por eso De Gouges hizo su propia versión de la Declaración para incluir explícitamente a las mujeres, con el apóstrofe: “Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Quien te lo pregunta es una mujer”.

¿Aspiran los hombres a ser justos? Hace poco acompañé a Ivan Jablonka en el Instituto Francés de Barcelona, en la presentación de su último libro traducido al catalán y al español. Este autor parisino hace precisamente eso: leer la historia a partir de vidas concretas. Lo hizo con sus abuelos exterminados en Auschwitz y después con el feminicidio en Laëtitia o el fin de los hombres (Anagrama), en el que reconstruyó la biografía de una joven de dieciocho años violada y asesinada en la Francia de la pasada década. Estos últimos días volví a Jablonka, en concreto a su ensayo Hombres justos, y lo hice tanto por la guerra en Ucrania como por la decisión del Supremo estadounidense. ¿Es posible que se vea hoy a las mujeres como se hacía en los diccionarios del siglo XIX? Hay una masculinidad nociva, esa que une con una línea sutil a los líderes autoritarios, hombres fuertes defensores de valores tradicionales, con la persistencia de la guerra y el militarismo, y la discriminación sistemática de las mujeres y las minorías sexuales. Más de dos siglos después, a la vista de las inequidades y la violencia, aún cabe preguntarse si los hombres son capaces de ser justos, como reflexiona Jablonka en alusión a De Gouges. La desprotección del aborto en Estados Unidos amparándose en que la Constitución –escrita en su momento por hombres blancos, como han señalado los jueces contrarios al fallo– no lo especifica como un derecho es una prueba de la ignorancia de la historia de dominación masculina que cuestiona cualquier avance. “Porque conquistaron la libertad y la igualdad, las mujeres encarnan la norma de una sociedad democrática: corresponde a los hombres adaptarse a ese Estado de derecho y de hecho”, dice el historiador francés.

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Marta Rebón

Marta Rebón (Barcelona, 1976), se licenció en Humanidades y Filología Eslava. Amplió sus estudios en universidades de Cagliari, Varsovia, San Petersburgo y Bruselas, cursó un postgrado en Traducción Literaria en Barcelona y un Máster en Humanidades: arte, literatura y cultura contemporáneas. Tras una breve incursión en agencias literarias se dedicó a la traducción y a la crítica literarias. Ha traducido una cincuentena de títulos, entre los que figuran novelas, ensayos, memorias y obras de teatro. Entre sus traducciones destacan El doctor Zhivago, de Borís Pasternak; El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov; Cartas a Véra, de Vladimir Nabokov; Gente, años, vida, de Iliá Ehrenburg; Confesión, de Lev Tolstói o Las almas muertas, de Nikolái Gógol, así como varias obras al catalán de Svetlana Aleksiévich, Premio Nobel de Literatura en 2015. Actualmente es colaboradora de La Vanguardia y El mundo. Sus intereses de investigación incluyen el mito literario de varias ciudades y la literatura rusa del siglo XX. Fue galardonada con el premio a la mejor traducción, otorgado por la Fundación Borís Yeltsin y el Instituto Pushkin, por Vida y destino, de Vasili Grossman, escogido el mejor libro del año en 2007 por los críticos de El País. Ha expuesto obra fotográfica en Moscú, La Habana, Barcelona, Granada y Tánger en colaboración con Ferran Mateo, quien también participa en sus proyectos editoriales. Ha publicado En la ciudad líquida (Caballo de Troya, 2017) y El complejo de Caín (Destino 2022). Copyright: Outumuro

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