Marcelo Figueras
El país que aplaude al empresario del agro Alfredo De Angeli e interna en un neuropsiquiátrico a Charly García no se merece dormir tranquilo.
El presente intento desestabilizador -porque a nadie le quepa duda que lo que está en juego no es una cuestión de impuestos extraordinarios, ni sectorial, sino la continuidad de un gobierno democrático que apenas llega a los seis meses de asumido- es una muestra de cuán salvajes siguen siendo las prácticas de aquellos que no tienen intención de resignar su sitial de privilegio en este país latinoamericano. No debería extrañarnos, dado que siempre estuvieron dispuestos a todo. En otros tiempos les funcionaba la fórmula de apelar a los cuarteles militares. Hoy recurren a otro ‘bastión de argentinidad’, sugiriendo a los Cuatro Jinetes del Apocalipsis Campestre el uso intensivo de los símbolos nacionales para convencer a la masa distraida de que la suya no es una causa de empresarios que no se resignan a ganar menos millones, sino una gesta nacional.
Al incurrir en delito flagrante -usurpar rutas, disponer de la libertad y de la propiedad de miles de argentinos, impedir la llegada de alimentos a la población-, han puesto a un gobierno que ha hecho una bandera de la no represión en una disyuntiva satánica. En caso de no recuperar la iniciativa política, reafirmando la autoridad que le concedió el voto mayoritario (quizás haya que decir que la administración Kirchner se dejó meter en la trampa a causa de una sucesión de torpezas), el gobierno debería hocicar ante el reclamo de los Cuatro Jinetes, lo cual equivaldría a firmar su defunción. Alguien me decía ayer que Cristina Fernández de Kirchner se había equivocado al crear un impuesto a la renta extraordinaria de un sector del campo, y planteaba la posibilidad de que hiciese lo mismo con la minería, o avanzase en una reforma tributaria, para demostrar que demanda igual esfuerzo de todos los sectores. ¿A alguien se le ocurre que la Presidenta podría abrirse nuevos frentes de protesta en este instante? ¿O que, en caso de fracasar ante los Cuatro Jinetes, le quedaría algún resabio de poder para meter en cintura a intereses que a la primera de cambio volverían a pararle el país?
La otra opción es recurrir a la fuerza, de la que dispone por ley. Cualquier gobierno está en su derecho de asegurar la libre circulación por las rutas nacionales, y de garantizar a la población su acceso a la alimentación básica, como acaba de hacerlo el Presidente del gobierno español. Pero en este país, si las fuerzas de seguridad salen a despejar rutas van a pasar una de estas dos cosas, o ambas -todas beneficiosas para el bando de los conspiradores. Va a haber muertos, lo que pondría al gobierno en un lugar similar al de Eduardo Duhalde y el de Fernando de la Rúa, que debieron anticipar su salida o simplemente renunciar, deslegitimados por su propia violencia. Y aun en el muy difícil caso de que no hubiese muertos, el gobierno quedaría en deuda -y las deudas políticas se pagan-, con otro ‘bastión de argentinidad’: las Fuerzas Armadas, muchos de cuyos miembros ven con más simpatía a los Cuatro Jinetes que a un gobierno al que cada vez más voces acusan desembozadamente de ‘zurdo’, o más delirantemente: de ‘Montonero’.
En esta circunstancia tan triste como difícil, no encuentro mejor forma de explicarme la Argentina que las palabras de un señor que a esta hora está internado en un neuropsiquiátrico, sedado hasta el moño: ‘Violamos todo lo que amamos para vivir’.
Ese verso de Total interferencia explica la historia de mi país desde los años 70 al presente mejor que todos los libros de historia juntos.
Charly está encerrado. Los violadores andan sueltos y de parabienes, sonriendo para las cámaras de TV.