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La fama, ese mal fardo

Por 27 de abril de 2016 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Joana Bonet

Muere un hombre en el ascensor de su casa, es Prince. A la noticia le suceden las reacciones populares más conmocionadas. Se siente el impacto de perder a una criatura tocada por el genio, capaz de levantar a millones de almas y contagiarlas con su ritmo hasta conectarlas por unos instantes con la parte de su yo que más aprecian, la más instintiva, la que sacan pocas veces. Existe una mezcla de lejanía y a la vez proximidad en las muertes de las estrellas musicales, pues en verdad han penetrado en una especie de intimidad universal constituida por una colección de instantes en los cuales lograron que mudara nuestro ánimo o nos hicieron tan buena compañía en la medianoche.
Prince lo tenía todo, o mejor dicho, pudo haberlo tenido todo incluso después de haber perdido pie y de vivir la herencia de una fama exaltada cuando treinta años atrás anudó por igual las tripas de megalómanos y analfabetos musicales con su Purple rain. Era un músico colosal, y sus conciertos rompían el tiempo cronológico: puro mito vivo. Pero le sobraba un fardo pesado: la fama. No existe peor veneno que el de haber alcanzado una cima, caer de lado, y aun y así enderezarse como si todo fuera bien. Jugó con su identidad para fastidiar a las compañías discográficas; fue rebelde y respondón, provocador, histriónico y lascivo. Era previsible sospechar que detrás de su leyenda pesarían toneladas de soledad, y una se lo imagina atravesando las estancias de una vivienda de 25.000 metros cuadrados en la que, en los buenos tiempos, llegaron a trabajar cien personas. A las estrellas caídas siempre las acaba encontrando muertas alguien del servicio, así ocurrió con Michael Jackson o Amy Winehouse, por citar dos casos recientes. Qué estropicio el haber alcanzado la gloria y tener que arrastrarla el resto de la vida junto a la incomodidad de sentirse juzgado o esquinado.
La fama nos atrae, nos sustrae, nos obsesiona incluso, pero pocas veces se ha enfocado el problema con perspectiva: desde fuera se percibe como un poderosísimo imán, pero desde dentro a menudo es una jaula dorada. Edgar Morin explicaba en su clásico ensayo sobre el estrellato la relación bidireccional entre este y su público: ?La estrella es diosa. El público la convierte en tal. Pero el star system la prepara, la adereza, la forma, la fabrica. La estrella responde a una necesidad afectiva o mítica que no es creada por el star system. Pero sin el star system, esta necesidad no encontrará sus formas, sus apoyos, sus afrodisiacos?.
Así, las celebridades llegan a tener un côté sagrado, y su muerte trágica ?como la de Prince? renueva uno de los ritos mágicos más arcaicos y universales: el sacrificio, el saldo negativo de una vida glorificada.
(La Vanguardia)

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Joana Bonet

Joana Bonet es periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales. En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena SER y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan Hombres, material sensible, Las metrosesenta, Generación paréntesis, Fabulosas y rebeldes y la biografía Chacón. La mujer que pudo gobernar. Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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