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El cordón umbilical

Por 1 de junio de 2016 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Joana Bonet

Observo cada vez más una conducta neurótica en mí y en los otros capaz de paralizar el tráfico o de generar cualquier tipo de catástrofe doméstica. Ocurre al bajar a la calle, e incluso tras haber andado una manzana, cuando se sube al taxi y se da la dirección. Los primeros movimientos son cautos y silenciosos. El sujeto en cuestión va desatendiendo el diálogo a medida que se palpa los bolsillos, cierra los ojos y, presa de un pánico nervioso, empieza a rebuscar en el bolso o la mochila. Son instantes angustiosos: se puede perder un avión, hacer esperar a la abuela o incrementar el importe del taxímetro. El ansia se enmadeja hasta que el susodicho exclama con alivio “¡está aquí!” y enarbola el teléfono en el aire, como una bandera, movido por una energía jubilosa que quiere compartir con todos los que están a su alrededor, ufanos igual que él por no tener que retrasar sus planes. Porque el móvil es una pantalla del mundo, tu sala de operaciones, tu salvoconducto para acceder con contraseñas; representa el futuro, que parece depender de un mensaje que no llega, y el pasado, almacenado en fotos y mensajes.
Hace unos años reflexionaba acerca de la prótesis en que se han convertido los smartphones, su articulación dinámica para ofrecernos soluciones inmediatas que nos ayuden a vivir. Casi todos sufrimos nomofobia –ya saben, el miedo irracional a no estar conectados– y nunca habían sido tan reclamadas las tomas de electricidad de cafeterías o metros. El uso del móvil ha acrecentado aquella liberación tan celebrada que ofrecieron los primeros manos libres: andar hablando por teléfono. O salir al rellano de la escalera en busca de una privacidad que impedían aquellos cables en espiral que tanto toqueteábamos mientras se sucedían fragmentos de vida telefónica. Eso era entonces, cuando el teléfono se utilizaba para tomar decisiones, aunque fuera verse el domingo. En cambio, ahora se emplea por vicio, pese a que bombee e insufle sentido a la vida profesional y social de su portador. Por ello su desconexión crea una ansiedad que recoloca al individuo en su primigenia soledad.
En las urbanizaciones de verano, las mujeres tienden toallas en las galerías con el teléfono prensado entre el hombro y la oreja: “No me entero, llama de nuevo”, “yo me voy duchando”. Hablan libres de la presencia de los suyos, aligeradas por esa intimidad en bañador, y a gritos, igual que en los vagones del tren, como en la sala de espera, haciéndonos testigos de su intrascendencia: llaman para decirse que están bien, muy bien. Enumeran lo que han comido y a quiénes han visto. No parecen habitar, al menos conscientemente, otras ambiciones. Les basta mantener el cordón que les une a aquello que entienden por vida.
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Joana Bonet

Joana Bonet es periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales. En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena SER y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan Hombres, material sensible, Las metrosesenta, Generación paréntesis, Fabulosas y rebeldes y la biografía Chacón. La mujer que pudo gobernar. Desde 2006 tiene una columna de opinión en La Vanguardia. 

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