Jean-François Fogel
¿Por qué leemos las columnas de Andrés Oppenheimer? Dos veces por semana, en docenas de diarios de EEUU y de América Latina, demuestran con una eficiencia implacable, que el mundo no es lo que parece. Sabemos que casi siempre hay al final un párrafo que empieza por las palabras "mi conclusión" donde el columnista se atreve a pronunciarse sobre una situación política, económica o social. Pero no creo que esa conclusión, muchas veces excelente, es lo que buscamos. Me explico, pero antes tengo que añadir una fe de erratas inmediata: Oppenheimer no es columnista, sigue siendo un reportero, lo que da el toque particular de sus artículos.
Oppenheimer es siempre un reportero. Incluso cuando hace un libro, como el último, Cuentos Chinos (Editorial Sudamericana) que se publicó hace un semestre. Acabo de leerlo, a la manera de los periodistas, hojeando, saltando páginas y mirando todo con un detector de fuentes como herramienta fundamental. Sobran la información, las confidencias de responsables políticos y las exclusivas. El conjunto forma un cóctel único en América Latina, tan único que llegué a hacerme aquella pregunta. ¿Por qué leemos las columnas de Andrés Oppenheimer? No voy a esconder que soy de sus amigos. Quizás, esto afecta la respuesta que voy a dar: creo que leemos a Oppenheimer para creer en América Latina. Me pareció obvio al ver cómo en su libro intentaba adivinar cuánto tiempo Madelaine Allbright, que fue secretaria de estado de Bill Clinton, dedicaba a América Latina. Es lo mismo que busca el reportero en una de sus últimas columnas, cuando analiza la plata que Bush destina al patio de atrás. Sea cual sea la época, Oppenheimer mantiene la misma pasión: entender un continente siempre decepcionante.
A su manera, informada, entusiasta, estimulante, Oppenheimer es en el fondo un idealista. Va a Washington pensando que los gringos se enterarán de la importancia de sus vecinos del sur. Y va a América Latina pensando que los líderes políticos tienen un deseo sincero de salir adelante para mejorar la situación de su continente. Oppenheimer es un puente entre las Américas.
No existe otro periodista que sea reconocido como él, tanto en el norte como en el sur. En el fondo no lo leemos tanto por sus respuestas sino por su ánimo en el momento de repetir las mismas preguntas con la fe sincera de que un día desaparecerán la corrupción, la ineficiencia y el autoritarismo.
Hay que reconocerle su lucidez: al momento de escuchar las respuestas desaparece la ingenuidad. Se necesita más que el suéter de Evo Morales para hacer creer a Oppenheimer que Bolivia va por buen camino. Como Argentino que huyó de su país en la época de los generales, mantiene también una postura antiautoritaria cuando habla de Chávez o de Castro. Oppenheimer
es un amante de América Latina que cree en la democracia, lo que basta para meterlo en una situación poco cómoda.
Al final, si pensamos en las instituciones que dan un sentido formal de existencia a América Latina, no se puede ignorar la mirada exigente de ese profesional. Es por eso que siento mucho ver que cuando describe los países de América Latina utiliza dos palabras: son, dice, "cuentos chinos".