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En el nombre de Hemingway

Por 3 de diciembre de 2007 Sin comentarios

Javier Rioyo

Hace años que no queremos tanto a Hemingway. Quiero decir tanto como lo quisimos. La culpa, además de la parte que tenga el escritor, la tiene el uso comercial, banal que muchas veces se hace  de su vida, su imagen, sus obras y sus pasos por la tierra. Sobre todo por la tierra española. También en Europa, en París, Roma, Venecia, se usa como reclamo -sobre todo de famosos bares- la conocida figura del escritor vividor, bebedor y fotogénico que fue ese ser tan complicado llamado Ernesto.

También rebajamos nuestra admiración cuando supimos sobre su mirada a otro lado, a ninguna parte, su manera de cerrar los ojos ante algunas cosas que pasaron a su lado en plena Guerra Civil. No nos gusta su indiferencia ante la desaparición de José Robles, el amigo y traductor de Dos Passos. O ante la de Andréu Nin.

Algunos relatos, sobre todo Los asesinos, siguen siendo aquella obra conmovedora, maestra, que nos deslumbró. Otras de sus obras no han sido tan vigorosas para soportar el paso del tiempo. No por aquello que decía Faulkner de su obra: "con Hemingway no hay que molestarse en buscar ninguna palabra en el diccionario". En esa descalificación, el gran escritor americano, el mejor de su tiempo, se equivocó. Así se lo señaló su contrincante, Hemingway dijo que le daba pena Faulkner si pensaba que para transmitir  emociones había que buscar en el diccionario palabras desconocidas o usar términos poco comunes. Hemingway tenía razón. No es por eso que nos guste más Faulkner. Y no es que despreciemos a Hemingway, pero quizá su personalidad, su demasiada fama, demasiada presencia, nos hace tomar distancia, desconfianza, del escritor. Y además, también cambiamos con las lecturas, con los años. Aquello que nos pareció lleno de garra y fuerza al cabo de los años se nos aparece como algo más tramposo. Como si hubiéramos descubierto el truco. Seguimos pidiendo deslumbramiento. No dominio.

Todo esto viene a cuento porque el otro día en Pamplona, después de soportar en bares su presencia iconográfica. De tropezarnos con Hemingway en el hotel, el café, las calles, la plaza de toros y en casi cualquier rincón del centro de la ciudad, abrumados y entregados, decidimos hacer un homenaje al escritor. Beber en uno de esos bares que llevan su nombre. Un hermoso bar, una barra clásica, un tamaño adecuado, unas cuántas mesas y unos taburetes a su medida. Un pequeño bar anejo al famoso Café Iruña. Un bar con estilo, aunque el nombre de Hemingway estuviera puesto como reclamo para turistas.  Con buen ánimo, pedimos un "dry martini". La amable y  muy dispuesta camarera, una mujer de mediana edad que se mueve por una barra con la perenne presencia en un horroroso bronce que quiere parecerse a Hemingway, no sabía de qué le hablábamos. Dudaba si aquello que queríamos era un coñac, un dulce o un seco martini, con hielo, con agua, combinado o solo. Cambiamos el deseo, nos conformamos con un gin tonic, que también era propio del escritor. Desde luego no era como aquellos que recuerda en un relato que le servían en Chicote. La literatura todo lo transforma, lo deforma, incluso lo mejora. Era, una vez más, una de esas bebidas servidas con la desgana y la falta de información de la mayoría de los camareros de nuestro tiempo. Bares y camareros que no quieren enterarse que beber también es cultura. O al menos que es un arte menor y divertido.

Tengo un bar cerca de casa, en Madrid, que se llama "Aquí nunca estuvo Hemingway". Esta tarde haré la prueba. No quiero pensar que todo lo que toca Hemingway se convierte en un producto banal para el consumo de turistas poco exigentes y mitómanos de bajo perfil. 

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Javier Rioyo

Javier Rioyo (Madrid, 1952) es licenciado en Ciencias de la Información. Periodista, escritor, director y guionista de cine, radio, televisión y dramáticos. Dirigió y presentó el programa semanal de libros Estravagario en TVE 2, con el que obtuvo el Premio Fomento a la Lectura 2005, concedido por la Federación del Gremio de Editores de España. También ha sido responsable de cultura y libros en el programa diario Hoy por hoy de la cadena SER. Es colaborador habitual de El País (escribe para el suplemento semanal Domingo) y de la revista Cinemanía. En televisión, Rioyo ha presentado el programa "El Faro" del canal Documanía y ha obtenido dos premios Ondas en Radio y uno en Televisión. Ha sido guionista de numerosos festivales de música para Canal+, así como de los premios Goya, y de diversos programas de radio y televisión. También coordinó los guiones para la serie Severo Ochoa. Ha dirigido y participado en cursos de Comunicación y Cultura en diversas universidades españolas. Formó parte del Comité Asesor de Alfaguara y ha sido jurado de festivales de cine y premios literarios en varias ocasiones. Es autor del libro Madrid: casas de lenocinio, holganza y malvivir (Espasa Calpe, Premio 1992 Libros sobre Madrid); y de La vida golfa (Aguilar, 2003). En 2005, con su productora Storm Comunicación, realizó la producción ejecutiva y el guión de Miracolo Spagnolo, un documental para la RAI sobre la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al gobierno y su primer año de legislatura. También dirigió y produjo Alivio de luto, un vídeo documental en el que entrevista a Joaquín Sabina; así como Un Quijote cinematográfico. En 1994 fundó la productora Cero en conducta, con José Luis López-Linares, con la que tuvo a su cargo el guión y la dirección de Alberti para caminantes (2003); y la producción ejecutiva y el guión del largometraje Un instante en la vida ajena (2003), que obtuvo el Premio Goya al mejor documental; así como de Tánger, esa vieja dama (2002). También ha codirigido con José Luis López-Linares el cortometraje Los Orvich: Un oficio del Siglo XX (1997), y los largometrajes Extranjeros de sí mismos (2001), nominado al mejor documental en la XVI edición de los Premios Goya; A propósito de Buñuel (2000); Lorca, así que pasen cien años (1998), nominado a los premios Emmy 1998; y Asaltar los cielos (1996), nominado a los premios Goya al Mejor Montaje, y ganador del Premio Especial Cine, de los Premios Ondas 1997.

En 2011 fue nombrado director del centro del Instituto Cervantes de Nueva York en sustitución de Eduardo Lago.​ Ocupó el cargo hasta septiembre de 2013, cuando fue sustituido por Ignacio Olmos.​ En 2014 fue nombrado responsable del centro del Instituto Cervantes en Lisboa.​ En febrero de 2019 deja el cargo y pasa a dirigir el centro de Tánger de la misma institución.

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