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BERGMAN

Por 31 de julio de 2007 Sin comentarios

Javier Rioyo

El cine, como la vida oficial, entonces era en blanco y negro. Había, eran los años de los comienzos del pop, otro mundo en colores y otro cine también en color. Incluso en technicolor. Pero nos gustaba ver unas películas llenas de sombras, de dudas, sentimientos, muchos diálogos y no pocos silencios. Eran hermosamente extrañas. Bastante ajenas, y al tiempo muy cercanas. Ellos, los personajes de aquellas películas, también muchas veces sufrían tormentos, carencias de fe o deseos carnales. Ellos también, como adolescentes de un país llamado España, oficialmente católico, y rodeados de vigilantes de la fe. Los que entonces, en aquellos años sesenta, fuimos adolescentes, entendíamos ese mundo de sombras y deseos de ese cineasta que llegó del frío, de un lugar donde los milagros eran posibles y no tenían nada que ver con nuestros milagros barrocos y tremendistas, Suecia. Un lugar excelente, contaban, para imaginar el infierno y el paraíso. Del mismo lugar de donde también venían esas rubias liberadas de las que mucho oíamos hablar y que siempre parecían la conquista de los mayores, las suecas.

Las suecas del cine de Bergman, Ingrid Thulin, Liv Ulman y aquellas otras también parecían mujeres eróticamente abiertas, pero muy complicadas para unos adolescentes.

Bergman, además de otras muchas historias de lo profundo, era también alguien considerado peligroso por los vigilantes de la moral. Todavía recuerdo los frustrados intentos para colarnos en El manantial de la doncella. No era fácil, no teníamos ni sombra de bigote, ni edad, ni casi pantalones largos… pero es que en aquella película, nos habían contado los mayores, salían unas chicas desnudas. Nada nos obsesionaba tanto. No había mayores sueños que esos de ver a unas chicas desnudas al lado de un manantial. No pudimos ver entonces la película. En realidad aquello fue lo primero que nos interesó del tal Bergman. Después vimos todo Bergman. Lo vimos casi religiosamente en las sesiones en blanco y negro en los cine-clubs. Lo estudiamos, lo discutimos, lo quisimos… y también lo negamos. Seguimos viendo a Bergman. Leyendo a Bergman -gran memorialista- y regresando a su cine. Al que supo hacer para contarse a sí mismo, para contarnos un poco más a todos. Hoy, un día después de su muerte, volveré a Bergman. En mi retiro de verano, una rara premonición, me traje unas cuántas de sus más raras y antiguas películas. Creo que veré El rito, porque además él hace de actor y me apetece ver de cerca a este cineasta de una época del cine, de la cultura europea, que no volverá. Que es irrepetible. Seguramente, felizmente irrepetible.

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Javier Rioyo

Javier Rioyo (Madrid, 1952) es licenciado en Ciencias de la Información. Periodista, escritor, director y guionista de cine, radio, televisión y dramáticos. Dirigió y presentó el programa semanal de libros Estravagario en TVE 2, con el que obtuvo el Premio Fomento a la Lectura 2005, concedido por la Federación del Gremio de Editores de España. También ha sido responsable de cultura y libros en el programa diario Hoy por hoy de la cadena SER. Es colaborador habitual de El País (escribe para el suplemento semanal Domingo) y de la revista Cinemanía. En televisión, Rioyo ha presentado el programa "El Faro" del canal Documanía y ha obtenido dos premios Ondas en Radio y uno en Televisión. Ha sido guionista de numerosos festivales de música para Canal+, así como de los premios Goya, y de diversos programas de radio y televisión. También coordinó los guiones para la serie Severo Ochoa. Ha dirigido y participado en cursos de Comunicación y Cultura en diversas universidades españolas. Formó parte del Comité Asesor de Alfaguara y ha sido jurado de festivales de cine y premios literarios en varias ocasiones. Es autor del libro Madrid: casas de lenocinio, holganza y malvivir (Espasa Calpe, Premio 1992 Libros sobre Madrid); y de La vida golfa (Aguilar, 2003). En 2005, con su productora Storm Comunicación, realizó la producción ejecutiva y el guión de Miracolo Spagnolo, un documental para la RAI sobre la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al gobierno y su primer año de legislatura. También dirigió y produjo Alivio de luto, un vídeo documental en el que entrevista a Joaquín Sabina; así como Un Quijote cinematográfico. En 1994 fundó la productora Cero en conducta, con José Luis López-Linares, con la que tuvo a su cargo el guión y la dirección de Alberti para caminantes (2003); y la producción ejecutiva y el guión del largometraje Un instante en la vida ajena (2003), que obtuvo el Premio Goya al mejor documental; así como de Tánger, esa vieja dama (2002). También ha codirigido con José Luis López-Linares el cortometraje Los Orvich: Un oficio del Siglo XX (1997), y los largometrajes Extranjeros de sí mismos (2001), nominado al mejor documental en la XVI edición de los Premios Goya; A propósito de Buñuel (2000); Lorca, así que pasen cien años (1998), nominado a los premios Emmy 1998; y Asaltar los cielos (1996), nominado a los premios Goya al Mejor Montaje, y ganador del Premio Especial Cine, de los Premios Ondas 1997.

En 2011 fue nombrado director del centro del Instituto Cervantes de Nueva York en sustitución de Eduardo Lago.​ Ocupó el cargo hasta septiembre de 2013, cuando fue sustituido por Ignacio Olmos.​ En 2014 fue nombrado responsable del centro del Instituto Cervantes en Lisboa.​ En febrero de 2019 deja el cargo y pasa a dirigir el centro de Tánger de la misma institución.

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