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El hombre que estuvo allí

Javier Fernández de Castro

  George Plimpton (1927-2003) no sólo era un tipo osado e imaginativo sino que gozaba de un peculiar sentido del humor. Su prolongada colaboración en revistas de tanta difusión como Sports Illustrated (muy conocida incluso en España porque en sus portadas salen unas saludables y vistosas muchachas en traje de baño) o The New Yorker y la Paris Review, le permitió mantener una estrecha relación con las más prominentes figuras del deporte, la cultura y la vida social.

En su opinión, además de un profundo conocimiento del tema sobre el que escribiese, el periodista tenía la obligación de transmitir los sentimientos y puntos de vista más íntimos de los personajes en el momento de ocurrir los hechos que estuviesen siendo relatados. De esa convicción salió una modalidad de Nuevo Periodismo que él mismo denominó Participativa  y que, en esencia, consistía en meterse en la piel de los personajes ejerciendo las mismas actividades que ellos practicaban. En consecuencia, y para hablar adecuadamente de boxeo se las arregló para encerrarse durante tres asaltos en un cuadrilátero con Archie Moore, entonces campeón del mundo de los semipesados (y que le vapuleó sin piedad). Con el mismo propósito jugó de portero en un equipo de hockey profesional (sobre hielo, nada menos), hizo de pitcher durante un encuentro entre dos de los mejores equipos de la Liga Nacional de Béisbol, jugó como aficionado en un torneo de golf con las primeras figuras del momento y, llevando las cosas más allá del deporte, se hizo matar a tiros por John Wayne en Río Lobo, o presionó a Leonard Bernstein para  que le dejase hacer de percusionista durante un concierto de la Filarmónica de Nueva York. Además de llevar una agitada vida sentimental y de escribir decenas de miles de páginas, muchas de ellas como periodista pero también como novelista, autor teatral o guionista de cine y televisión, aún tuvo tiempo de hacerse un experto en fuegos artificiales y si de niño manejaba con soltura las letales “bombas cereza” y las “triquitraques de plata”, de mayor concibió la idea de jubilarse en compañía de otro chiflado llamado Orville Carlisle e instalarse en China, Japón, Corea o cualquier otro país fabricante de fuegos de artificio: la idea era agenciarse unas buenas hamacas y, mientras se deleitaban con las últimas invenciones de los maestros artificieros orientales, inventar nombres que sobrepasasen a los ya existentes, descritos por los fabricantes locales como “Los monos entran en el espacio celestial y expulsan al tigre”, o “Un perro callejero que corre perturba las nubes celestiales”.

Lo peculiar de su sentido del humor consiste en que si de un lado trata con jovial benevolencia las meteduras de pata y las extravagancias de los personajes que le sirven de base para sus colaboraciones (gente perfectamente despellejable, como Hemingway y Norman Mailer) en cambio no se pasa una a sí mismo. Y si alguien piensa que aprovechará su actuación en la portería de los Boston Bruins de Chicago, o su intervención como quarterback  de los Detroit Lions, para ensalzarse y cubrirse de elogios por su actuación, puede esperar en vano porque nunca ocurre. En cambio no se olvida de un solo fallo ni se perdona su lentitud para pasar el balón según la jugada ensayada (lentitud que propiciaba que la totalidad de ambos equipos se le echase encima mientras disputaban furiosamente ese balón que debería estar muy lejos de allí). Como tampoco se olvida de resaltar la sutileza de Bernstein abroncando a toda la orquesta por haber entrado a destiempo cuando en realidad el que falló estrepitosamente fue el percusionista (o sea, el propio Plimpton).

Al ojear la presente recopilación de escritos realizada por la editorial Contra (y que incluye artículos deportivos pero también trabajos sobre gente tan variada como Muhammad Alí, Warren Beatty, el presidente Bush Sr, Hunter Thompson,  Normal Mailer y William Styron, o intervenciones tan delicadas como Campo de golf de Harding Park, California, o El restaurante Elain’es (geniales ambas), al lector puede preocuparle comprobar que el relato del encuentro de béisbol en el Yankee Stadium dura más de treinta páginas. Como seguramente les ocurrirá  a la mayoría de los presente en la librería, el preocupado lector no sabrá una palabra de béisbol, razón por la cual quizá le sonara algo excesivo dedicar más de treinta páginas a hablar de pitchers, bolas de rosca, hits, bases, home runs y demás terminología propia de ese juego. Plimpton no estaba llamado a ser un gran lanzador de bolas endiabladas, pero en cambio tenía un don especial para la narración y leerle cuando trata cosas  de béisbol, o boxeo, o tenis, es muy entretenido porque no solo habla desde dentro (haciendo partícipe al lector de los secretos mejor guardados de esos deportes altamente especializados) sino que los convierte en relatos que tienen como protagonista a un aficionado que se metió en camisa de once varas y lo paga tan caro como le pasa en las comedias de enredo al tonto que se quiere hacer pasar por listo.

 

 

El hombre que estuvo allí.

Lo mejor de George Plimpton

Traducción de Gabriel Cereceda

Contra      

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Javier Fernández de Castro

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942- Fontrubí, Barcelona, 2020) ejerció entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral estuvo vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se dedicó asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas.

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto. Póstumamente se ha publicado Una casa en el desierto (Alfaguara 2021).

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