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Fuguet, no Caicedo

Por 9 de febrero de 2009 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Iván Thays

Lectura en Starbucks de Trujillo. Foto: moleskine 1.-Primera confesión: En 1994, un amigo escritor colombiano que moriría unos meses después, autor de Opio en las nubes, me regaló en Barquisimeto su propio ejemplar de Que Viva la Música en la que, sospecho, era una primera edición. Fue un gesto de desprendimiento insólito motivado solo por una conversación en la que me declaré fan de los Rolling Stones. Leí la novela en Lima apenas regresé de aquel encuentro, y la encontré muy mala. Unos meses después, la vendí en un lote de libros viejos a un precio miserable ignorante de la celebridad que luego adquiriría Andrés Caicedo. Sin embargo, lo único que en realidad lamento es haberme desprendido de un objeto que le perteneció a Rafael Chaparro. 2.- Segunda confesión: Apenas supe por internet de la aparición de Mi cuerpo era una celda (Norma) supe que era un libro que jamás me interesaría leer. Las fotografías de Caicedo como hippie o como nerd me hartan -Norma ha mandado hacer una ridícula publicidad con la silueta de Caicedo cogiéndose los huevos-, su novela y sus cuentos me parecen malos, su actitud suicida me parece parte de una mitología adolescente de la que ya tuve bastante con Luis Hernández (quien, a diferencia de Caicedo, por lo menos era un buen poeta). ¿Por qué tendría que leer un libro dedicado a un autor que considero menor y sobrevalorado? Lo único que me tentaba era que se trataba de un libro de Alberto Fuguet, amigo mío al que respeto como escritor, y la curiosidad del método de composición que Alberto había elegido -a manera de montaje a partir de la correspondencia y los artículos de Caicedo- para redactar el libro. Pero eso no era suficiente para comprarme un libro. Y desde que dejé Vano Oficio ya no me regalan nada, así que debo pensar bien qué comprar y qué no. Y este libro era un no rotundo. 3.- Tercera confesión: Nunca entendí aquella fascinación que tiene Alberto Fuguet por los personajes looser de la literatura. Por recomendación en su blog vi Californication y su ídolo-modelo de escritor Hank Moody me parece un completo imbécil. Siempre he pensado que Alberto se defiende mucho de lo «literario» porque en el fondo le teme. Porque siente que en un mundo de lectores cultísimos y escritores virtuosos, él es un salvaje que no puede competir ni le interesa. Es como si todo el tiempo estuviera esperando que Donoso lo eche de su taller por no haber leído a Dostoievski. Incluso su desprecio por la obra de ficción de los autores, que lo conduce a sobre estimar las obras de no ficción de muchos, me parece sospechosa y sintomática de alguien que teme ser rechazado por el mundo -mucho más complejo y con reglas más imprecisas que el de los diarios personales- de la poderosa ficción. A pesar de eso, Fuguet no sólo es un buen escritor de ficciones sino, además, una persona capaz de crear generaciones y lectores como lo hizo con McOndo. No es fácil hacerlo. Existen decenas de editores y escritores y prologuistas y agentes literarios y periodistas que han intentado crear una promoción de autores, un grupo identificable y reconocible, y no lo han logrado jamás. A Alberto le bastó una palabra, McOndo, para conseguirlo. Eso es más de lo que se puede decir de cualquiera. Pero, pese a ello, ese obsesivo comedor de sushi que es Alberto Fuguet desconfía de la literatura y prefiere meterse en un mundo definitivamente más competitivo, frívolo y menos complejo por lo general, como es el del cine. Una contradicción aparente. Por eso no me llamó la atención que Fuguet finalmente escogiera como ídolo literario («amigo imaginario» lo llama en el libro) a un escritor menos talentoso que él como Caicedo. Es el camino inverso al de Mario Vargas Llosa (ídolo literario de Caicedo y del mismo Fuguet) quien le dedica años de investigación a obras auténticamente transgresoras, fundamentales y casi prometeicas como las de Víctor Hugo, Flaubert, Gabo u Onetti. Fuguet en cambio prefiere dedicarle su tiempo a autores cuya discreta obra no ha influido en nada al mundo literario al que Fuguet pertenece aún sin quererlo. 4.- Cuarta confesión: Estaba con calor en Trujillo. Una persona con la que debí encontrarme me falló, y otro amigo me dijo que lo espere unas horas. Me metí en una librería y compré Mi cuerpo era una celda para leerlo, para más mcondianismo, en un Starbucks de aire acondicionado. ¿Por qué compré ese libro y no otro? Bueno, sí compré otros libros, pero de pronto pensé que sería bueno leer lo de Fuguet con todas las expecatativas en contra, y dejarlo olvidado en una mesa cuando mi amigo viniese a rescatarme. Sin embargo, el libro me atrajo. No ha logrado convencerme de que Caicedo es un buen escritor (no es esa la intención del libro), y no comparto la opinión de Alberto de que sus críticas de cine o su correspondencia es mejor que sus textos de ficción, pero hay algo en ese libro que rescata al personaje. Y es el método de composición. Curiosamente, lo que Fuguet ha descubierto es algo que jamás pretendió hacer: que la vida de cualquier sujeto puede resultar atractiva e incluso intensa cuando detrás de él hay un buen montaje. Este libro es lo más Puig que he leído en mi vida. Las cartas intrascendentes, las lamentaciones en los diarios y las impresionistas críticas de cine empiezan a adquirir sentido al aparecer montadas una sobre otras, del mismo modo como las fotografías más anodinas de alguien adquieren significado épico si son filmadas por un director genial, con un soundtrack maravilloso y un montaje inteligente. No voy a decir que no me ha conmovido el personaje: aquel muchacho ingenuo que a los 21 años pretende vender un guión de cine en Los Angeles; aquel chico edípico que le pide plata a su madre, que anda enamorado de sus hermanas, y le envía cartas llenas de temor al padre; el cinéfilo solitario y rabioso; el hippie nerd; el amante de la música que lo mismo cita a los Rolling Stones que un bolero de Leo Marini; el indeciso bisexual no por lascivia sino por lo contrario, porque anafroditismo y soledad furibunda; el enamorado de una casquivana que al final lo desprecia y lo cornea y el que, antes de cumplir con su tantas veces anticipado suicidio, se da tiempo de escribir una carta llena de comentarios técnicos sobre películas a un amigo. En todo ese espectro, el Andrés Caicedo escritor está muy por debajo de la línea, algo anecdótico casi. El empeño de Alberto Fuguet de convertirlo en el eslabón perdido entre el Boom y McOndo es fallido. Sin embargo, no lo es el convertirlo en un personaje real, complicado, entrañable, un ser humano lleno de contradicciones luminosas, de aquellos que solo parecen existir justamente en las mejores ficciones y jamás en la realidad. En este libro, escrito con las palabras de otro, Alberto ha firmado algo más que un método de composición o un homenaje a un ídolo literario. Lo que ha hecho, en realidad, es escribir una de las más sensibles, transgresoras e inteligentes obras de ficción escritas en castellano en los últimos años.

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Iván Thays

Iván Thays es escritor peruano (Lima, 1968) autor de las novelas "El viaje interior" y "La disciplina de la vanidad". Premio Principe Claus 2000. Dirigió el programa literario de TV Vano Oficio por 7 años. Ha sido elegido como uno de los esccritores latinoamericanos más importantes menores de 39 años por el Hay Festival, organizador del Bogotá39. Finalista del Premio Herralde del 2008 con la novela "Un lugar llamado Oreja de perro".

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