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Vivir sin partitura: una filosofía del riesgo

¿Y si la verdadera filosofía no estuviera en los libros, sino en lo que ocurre cuando uno se atreve a vivir sin manual de instrucciones? Los ejercicios espirituales de la música, de Arnold I. Davidson (Alpha Decay, traducción de Juan Gabriel López-Guix), no es un tratado sobre estética musical, sino una meditación sobre la vida filosófica como improvisación. Filosofar, para Davidson, no consiste en acumular ideas, sino en ensayar una vida distinta. Y el jazz, con su fragilidad y su potencia de ruptura, es la forma audible de esa vida sin partitura.

Davidson retoma una intuición antigua y la vuelve contemporánea. Inspirado en Pierre Hadot, recupera el sentido del ejercicio espiritual, aquel entrenamiento del alma que los estoicos y los epicúreos entendían como una forma de transformación interior. La improvisación sería así la forma moderna de la filosofía: una disciplina del riesgo, una ética del error y la apertura. Aprender a escuchar, a desviarse, a fallar con gracia: una sabiduría del ensayo más que del resultado.

De Stanley Cavell, Davidson hereda el perfeccionismo moral emersoniano, esa ética de la insatisfacción que impulsa al sujeto a reinventarse continuamente, sin buscar jamás una versión definitiva de sí. Y de Michel Foucault, la idea de una subjetividad no dada, sino históricamente moldeada, pero siempre susceptible de ser rehecha. En esa intersección entre Cavell, Hadot y Foucault, la improvisación no es sólo un gesto estético, sino también una forma de crítica práctica que desafía lo dado y abre el horizonte de lo posible. El músico improvisador, al lanzarse al filo de lo inteligible, encarna esa actitud límite de la que hablaba Foucault: atraviesa el umbral del hábito, se despoja de sí, se convierte en alguien nuevo.

Entre las figuras que encarnan este ideal ético, Sonny Rollins ocupa un lugar central. Siempre insatisfecho, incapaz de congelar una versión ideal de su sonido, representa al sujeto que pone en juego su ser cada vez que toca. En su legendario Sonny Meets Hawk! (1963), Davidson ve una escena ejemplar: Rollins frente a su maestro, Coleman Hawkins, no desde la reverencia ni la imitación, sino desde la fricción creadora. Lo mismo ocurre con el saxofonista Steve Lacy, cuya pieza November ofrece —según Davidson— una experiencia de elevación comparable a la del sabio neoplatónico, o con los experimentos de improvisación junto al software Voyager, donde la interacción entre humano y máquina se convierte en una suerte de laboratorio político posthumano.

La reflexión sobre la improvisación colectiva lleva a un modelo de ética democrática no idealista, cómo expresar la propia voz dentro de una verdadera interacción social. El jazz, con su alternancia entre la individualidad del solo y la cohesión del grupo, exige una política interactiva que mantenga un espacio para la ética individual. No se busca una cohesión de la unidad, sino una cohesión interactiva y más frágil, entre personalidades singulares. Davidson encuentra en el Mise en Abîme del Steve Lehman Octet un ejemplo de democracia sonora: un espacio donde cada músico afirma su voz sin anular la del otro. No hay armonía garantizada ni colapso inevitable, sino una construcción tensa, un equilibrio siempre provisional. Esa dinámica de escucha mutua, riesgo compartido y creación conjunta; es decir, de negociación constante, es para Davidson una pedagogía de lo político: una forma de pensar la comunidad no como unanimidad, sino como interacción arriesgada. Quizá por eso sostiene que la verdadera tradición democrática debería parecerse al jazz: esfuerzo, transformación y flujo. Por desgracia, nuestro mundo social suele ser lo contrario: ociosidad, fijeza e inmovilidad.

También la idea de tradición se redefine bajo esta luz. Davidson se opone al culto nostálgico del pasado, a esa tentación de convertir el jazz en museo. La tradición, dice, muere en cuanto se detiene. Los tradicionalistas paralizan la tradición al confundir la repetición con el refuerzo. Para los grandes innovadores, la tradición es un punto de llegada, pero también, y siempre, un punto de partida. Los grandes innovadores —de Braxton a Lehman— saben que heredar no es conservar, sino transformar. De ahí una de las intuiciones más bellas del libro: aunque el futuro no puede cambiar el pasado, sí puede cambiar su sentido. Escuchar de nuevo a los maestros, a través de los oídos del presente, no es traicionarlos, sino mantenerlos vivos. La nueva escucha que un músico como Lehman propicia sobre un maestro como Jackie McLean no sólo honra el legado, sino que lo resignifica, lo hace nuevo y diferente para el presente. Y eso es algo que supieron ver los más  escritores y artistas.

El libro culmina con una invitación que podría leerse como un manifiesto: aprender a escuchar lo que todavía no entendemos, asumir que la belleza más profunda nace del esfuerzo por trascendernos.

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25 de octubre de 2025

Recreación de la máquina de descerebrar de Alfred Jarry

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Los dioses tecnológicos juegan con juguetes humanos

El año que acaba ha traído la irrupción masiva de la llamada Inteligencia Artificial y ha reabierto el viejo debate sobre lo que es un ser humano en su evolución. No nos hemos despojado aún del bárbaro, cruel, codicioso animal humano que somos, cuando entramos en pánico por la máquina artificial que seremos

Cuando a finales del siglo XX se popularizaron los primeros teléfonos móviles, pregunté a Jorge Wagensberg, un científico con el espíritu burlón de un filósofo, si algún día la tecnología permitiría cumplir las fantasías milenarias pendientes. Por ejemplo, le dije, la Fuente de la Eterna Juventud o viajar en el tiempo. «La primera, tal vez —me respondió—, pero la segunda, no. Y  la prueba es que no vemos entre nosotros turistas del futuro». Reímos, y di por infalible su broma. Tardé años en plantearle una objeción: «si no hay viajeros del futuro—le planteé—, quizás es porque no habrá futuro… o viviremos una involución», y esta vez no nos reímos, ni hablamos de partículas cuánticas. El estado de ánimo global había mutado. Los finales de siglo suelen ser optimistas y las primeras décadas, pesimistas. Al menos desde la idea moderna de progreso. Los jóvenes finiseculares del XIX se afeitaron las venerables barbas patriarcales para recibir ilusionados el nuevo mundo anunciado por los inventos. Pronto llegó el desengaño. 

El siglo XXI nació con un boom de films apocalípticos, triplicando los surgidos por el espanto nuclear. En la competitiva colmena de abejas egoístas (Mandeville) incluso la reconstrucción de lo común está teñida de narcisismo colectivo ultra. La desconfianza se expande en amplios sectores de la población, que se sienten amenazados por una suerte de Gran Reemplazo en todos los ámbitos, desde el étnico al ontológico, desde el orden geopolítico a la vida privada.

Estamos hechos de esperanza y horror por nosotros mismos, de principio y fin, de alba y crepúsculo, y también de noche, magia, memoria, deseo y fantasmas. No nos hemos despojado aún del bárbaro, cruel, codicioso animal humano que somos, cuando entramos en pánico por la máquina artificial que seremos. Y eso que desde el principio los occidentales nos imaginamos ser arte-factos, juguetes feroces con alma, creados del barro por un dios artesano e inmaterial que se aburría, no fuera cosa que nuestra especie, sin la esperanza de un cielo ni el temor al diablo, sin ética ni metafísica para consolar la muerte, acabara devorándose a sí misma. 

Después fue la metáfora de un dios relojero, y Descartes creyó que el humano es una máquina que piensa, a diferencia de la bête-machine sin conciencia y de la máquina artificial que ni siente ni piensa, mientras diseccionaba cadáveres buscando en la glándula pineal la residencia del alma inmortal, “algo —decía— extremadamente raro y sutil como un aliento, una llama o un éter”. En 1748 le replicó el pre-sadiano La Mettrie con El Hombre Máquina, afirmando que el alma, el pensamiento, no era más que un producto perecedero de la maquinaria corporal. Hoy, quienes aún separan cuerpo (software) y mente (hardware), sostienen que lo que llamábamos alma es un flujo y procesamiento de información que no tiene por qué asemejarse a la conciencia humana.

El impacto de la rápida evolución de la Inteligencia Artificial recuerda al generado por Darwin, cuando anunció que descendíamos del mono en el preciso momento en que máquinas cada vez más complejas alteraban de forma decisiva la vida cotidiana. Lo humano ya no podía ser definido sólo a partir de lo que nos distinguía del resto de seres vivos, de nuestras ficciones, monstruosas o espirituales, o de los autómatas mecánicos.

[caption id="attachment_232098" align="aligncenter" width="508"] Johny Depp en el film Trascendence, el cerebro transferido a un computer[/caption]

Give me a soul!, give me a soul!

Si el ser humano había evolucionado desde la materia sin conciencia, «¡mira —decía Samuel Butler en 1871 en Erewhon—los avances que han logrado las máquinas en los últimos mil años!», Y se preguntaba: «¿No puede el mundo durar veinte millones de años más? Si es así, ¿en qué se convertirán al final? ¿No es más seguro cortar de raíz el problema y prohibirles seguir avanzando?». Butler temía que una nueva especie de máquinas autoconscientes, emancipadas y capaces de autorreproducirse, acabaran esclavizando o sustituyendo a la frágil especie de sus creadores, incapaces de vencer el tiempo, la maldad, la enfermedad o la muerte. Si el juguete humano dotado de conciencia se había rebelado contra los dioses y los había enviado al exilio, ¿no podían hacer lo mismo las nuevas especies? A no ser que fuera una ironía, como en la sátira de Heinrich Heine en la que un autómata persigue por toda Europa a su inventor, implorándole: «Give me a soul!, give me a soul!». El romántico alemán, que había leído a Mary Shelley y a Jean Paul, se burlaba del pensamiento mecanicista inglés, pero sobre todo expresaba la angustia de una Humanidad convertida en un enjambre de máquinas sin libertad y una vida vacía de sentido.

No han transcurrido veinte millones de años y Elon Musk pronostica que «la Humanidad será el gestor biológico de arranque (biological bootlader) de la Superinteligencia Artificial». Los oligarcas tecnológicos se creen dioses que, como las divinidades del Olimpo en la Ilíada, juegan a su capricho con los juguetes humanos. Musk ayuda e impide a la vez que los ucranianos ataquen a la flota rusa de Crimea, Putin interviene en las elecciones norteamericanas y multitud de agencias privadas y estatales (chinas más que las de Silicon Valley) tienen acceso a un banco incalculable de datos privados para comerciar, vigilar y determinar opiniones, comportamientos y decisiones que los afectados adoptan creyendo que nacen de su libre albedrío, pues es sabido que la mejor manera de predecir comportamientos es inducirlos, determinarlos sin que lo parezca.

Lo que causa pavor no son las máquinas superinteligentes, espirituales o híbridas —tengan apariencia humanoide o transferido el cerebro al cuerpo mecánico de un computer—, ni siquiera la impunidad con la que multimillonarios, grandes corporaciones o gobiernos utilizan a su antojo ingeniería genética y tecnología de (des)información, sumisión y control, de manera más devastadora que religiones o ideologías totalitarias del pasado. 

Tecnoliberticidas del pensamiento

A mí me preocupan también los tecnoliberticidas del pensamiento, la maquina de descerebrar. Si no es realista desmilitarizar unilateralmente la tecnociencia, porque, según el dilema de Oppenheimer, «si no lo tengo yo, lo tiene el enemigo», ¿cómo hacer cumplir, por poner sólo un ejemplo, el derecho a la libertad cognitiva, el único reducto de privacidad que nos queda, cuando tenemos pinchados nuestros móviles y ya hay experimentos para leer nuestras mentes a partir del noble fin de sanar a quienes son incapaces de andar, hablar o escribir?,  ¿o cuando las habilidades médicas para sanar los circuitos neuronales se utilizan para que los soldados maten con la gelidez de máquinas animales? ¿Son suficientes leyes como la recién aprobada por la Unión Europea sobre la Inteligencia Artificial, cuando faltan instrumentos de control democrático para hacerlas cumplir? 

Ahora que hemos dejado de creer que somos la única especie inteligente en un único universo, una amalgama de teorías de transhumanismo y posthumanismo revisitan los conceptos que perviven en el imaginario colectivo en torno a la Creación, y por eso es inevitable que haya un barullo de cientificismo y misticismo, liberalismo y altruismo, en la constitución de una tan nueva como falsa Teodicea que diseña otra definición ontológica del ser humano. El posthumanismo compasivo relacional puede ser igual de peligroso que el transhumanismo que se centra sólo en la fría razón instrumental de la neurociencia evolutiva. Por el bien de la Humanidad, un ideario, una etnia, una nación, una obsesión de perfección, se han dado los delirios más perversos y cometido los crímenes más atroces.

No creo que el programa humanista, el «sapere aude» de Horacio, aliado con la ciencia y la conciencia social, haya demostrado su fracaso. De la misma manera que no basta con agitar el espantajo de los nuevos autoritarismos, si antes no se reparan y prestigian los desvencijados sistemas democráticos para garantizar una vida digna en un mundo más habitable, tampoco basta con demandar un control ético de la propiedad y uso de la tecnología, si no se contrarrestan activamente las estrategias de desculturización masiva que nos reconducen dócilmente a la granja humana. Humanos que externalizan sus cerebros (y la forma de pensar) en máquinas delirantes. A este paso, una tostadora tendrá más inteligencia que un alumno de bachillerato.

 

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31 de diciembre de 2023
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