Joana Bonet
Regresamos allí donde pertenecimos un día, y aunque creamos que poco queda de aquellos niños que esperábamos las primeras nevadas para desayunar farinetes y amasar bolas de nieve igual que si fueran pan, acabamos reencontrando un no sé qué, llámalo memoria, sombra, magdalena o túnel del tiempo. Bien recuerdo aquellos inviernos en los que siempre hacía frío. Mi madre heredó de mi abuela el frío en los pies. Yo, de mi madre, el frío en los pies, y de una tía monja la heladera en el resto del cuerpo. A pesar de parecerme más bien poco a la niña soñadora que se dormía con el silbato del expreso de medianoche, conservo la marca del frío igual que una cicatriz en la rodilla.
La inclemencia poseía su habitación propia y la asignación de una estufa eléctrica para calentar las manos, el trasero, la punta de la nariz. Porque el fuego de leña era una arma de doble filo: nos guarecía pero también nos adormilaba; desganados quedábamos, sin fuelle para seguir corriendo, como si supiéramos que de mayores nuestras vidas se convertirían en absurdas carreras hacia la nada. Bien lo expresa aquel personaje de Faulkner: ?Entre la pena y la nada elijo la pena?. La misma que nos saquea y nos debilita, la que nos ahueca el pecho ante las sillas vacías en la cena de Fin de Año, la pena por las palabras que callamos y los besos que no dimos. Una pena en observación, titulaba C.S. Lewis su preciosa novela sobre el duelo, que siempre es mejor que el vacío.
Recuerdo que me sentí mayor de verdad cuando pude celebrar mi primer Fin de Año entre amigos en un bar de copas. Hace mucho de aquello. No sé cuánto bebí, pero mientras sonaba La chica de ayer anunciando que le echaban la persiana a la madrugada, fui incapaz de encontrar mi bolso. Al día siguiente tuve que pedirle a mi padre que me acompañara en coche hasta aquel local, sobre las ocho de la tarde, sin darle apenas explicaciones. No me preguntó nada. No hizo falta un cuento chino. Esperó paciente frente al pub, hasta que salí habiendo recuperando el bolso y la dignidad, o la lógica fracturada. Nunca hablamos de aquello. Fue nuestro secreto y a la vez nuestra frontera. También resultó una manera diferente de empezar un año y mirar la realidad con los ojos más entornados.
Y aquí estamos, en el lado de la vida, evocando lo que ya no existe: nuestros muertos, de los que queremos recordar no ya su rostro, sino de qué forma pronunciaban nuestro nombre. Dicen que, al fin y al cabo, la vida consiste en desandar lo andado, en regresar al punto de partida donde se desdoblaba el camino. El amor nunca debería escribirse en mayúsculas porque a veces dura lo mismo que una vela. A mi me basta con que se convierta en esa tilde que nunca nos olvidamos porque al marcarla nos sentimos más fuertes, más a salvo, a pesar del frío.
(La Vanguardia)