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Bolsillos vacíos

Por 6 de mayo de 2019 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Joana Bonet

Había uno en cada esquina, con dos dispensadores de dinero externos y un tercero en el interior del banco. Bastaba doblar la manzana en cualquier gran ciudad para encontrar un ­cajero automático que expendiera una pequeña dosis de felicidad, porque el ­límite diario no da para ir a cenar a París. Es tarde de festivo,y he andado veinte minutos en Madrid norte hasta encontrar uno de mi entidad, cansada de pagar comisiones por la urgencia y la rémora. Los cajeros, primero ubicados en interiores apestosos provistos de puertas que amenazaban con cerrarse a cal y canto, después empotrados en el ladrillo de la fachada, inauguraron un estilo de vida que disponía de dinero a cualquier hora. Sin interlocutores, colas ni papeleo. Pero, hoy, vaciados de utilidad por el cambio de paradigma que digitaliza nuestro día a día, padecen la misma agonía que en su día sufrieron las cabinas telefónicas. Cuánto juego dieron regalándonos una idea de intimidad en el espacio público que no se ha vuelto a repetir.
Los sintecho son los mayores dam­nificados de la desaparición de cabinas y cajeros. Entre cartones no hay wifi. “La pobreza está asociada a la falta de tecnología”, señala Brett Scott, activista y experto en automatización financiera, en Wired. Los que viven de la limosna se topan a menudo con personas caritativas pero, cada vez más, sin metálico encima. Ni siquiera dos euros. La máxima precariedad significa carecer de banco, de firma electrónica, de pins y passwords. Incluso algunas start-ups sin ánimo de lucro estudian –en el Reino Unido u Holanda– fórmulas virtuales de donar pequeñas cantidades a los sintecho vía aplicaciones, códigos QR, etcétera.
En estos tiempos gaseosos, la imagen del fajo de billetes planchados reventando la cartera, con su goma de pollo, que otrora significó la dolce vita –a pesar de la horterada– se ha desvanecido para siempre. Ya nadie cuenta billetes a destajo, es un gesto propio de cajeros o delincuentes. Los gobiernos controlan los movimientos del dinero y su limpieza. Se acabaron los llamados Bin Laden, y menguan los pagos contantes y sonantes. El dinero ya no es de plástico, sino invisible. Un código en la pantalla del teléfono. Retrata una sociedad que acostumbra a llevar consigo desinfectante para las manos. Por otro lado, tiene un efecto liviano: nunca el peculio había sido tan inmaterial, aunque su praxis anule nuestro anonimato. Se controla lo que ganamos, lo que pagamos, cómo, a quién y cuándo, porque el rastreo del dinero es primordial en nuestros estados financieros antes que sociales. Vivimos en una economía de datos en la que estos representan una nueva riqueza casi incalculable, y por eso los gobiernos, las empresas financieras y los gigantes del big tech ejercen un control absoluto, y mercadean con nuestras huellas virtuales para enriquecerse. No valemos por lo que somos, sino por lo que hacemos para no llegar a fin de mes sin apenas tocar el dinero.
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Joana Bonet

Joana Bonet es periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales. En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena SER y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan Hombres, material sensible, Las metrosesenta, Generación paréntesis, Fabulosas y rebeldes y la biografía Chacón. La mujer que pudo gobernar. Desde 2006 tiene una columna de opinión en La Vanguardia. 

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