Javier Fernández de Castro
Cuando a principios de este mismo año se conoció quién era el ganador del premio Costa (un galardón que, en contra de lo que pueda parecer, no lo dan en Benidorm o Marbella sino que es el nombre actual de los prestigiosísimos premios Whitbread) las sinopsis que daba la prensa adelantando el contenido de la novela vencedora no eran muy alentadoras: "Una muchacha pueblerina irlandesa se ve obligada a emigrar a Brooklyn en los años cincuenta. Cuando ha logrado abrirse camino en aquella gran ciudad, y ya tiene resuelta incluso su vida sentimental, se ve obligada a regresar a Irlanda por un asunto familiar grave y allí se verá obligada a recurrir a la voluntad para solventar el conflicto que le plantean la tradición y los lazos oscuros de la sangre enfrentados al destino que ella misma se ha estado labrando lejos de casa".
Es decir, un trasunto que sonaba harto conocido y que en manos de algún zafio podía resultar siendo cualquier cosa, desde una suciedad al estilo de los narradores raperos urbanitas hasta una pesadísima reiteración de la épica lucha de una débil pero valerosa joven que logrará finalmente su derecho a vivir una vida digna y de provecho. El mejor, y casi podría decirse que definitivo, argumento a favor de la novela premiada era que su autor, lejos de ser un zafio, era Colm Tóibín, ese misterioso novelista irlandés que lleva más de treinta años afincado en el Pirineo de Lérida y que en su afán por mimetizarse con el medio incluso ha aprendido catalán. Una de sus vetas narrativas más fructíferas es la homosexualidad, un tema al que se enfrenta sin rodeos ni subterfugios hasta el extremo de que, en su biografía novelada sobre Henry James, no duda en atribuir al venerado maestro un rotundo romance con un joven artista italiano. Por descontado que, en el ámbito académico anglosajón, las "debilidades" sexuales del maestro hace años que no se ocultan, pero en cambio es costumbre dejarlas veladas tras esa elegante distancia, tan británica, que surge a partir del Oh, dear, you are right but no descriptions, please.
Si cito ahora esta biografía no es porque Brooklyn tenga nada que ver con la homosexualidad sino porque, probablemente, a fuerza de documentarse e identificarse con el personaje James (una operación indispensable para novelar una vida), Tóibín parece haber experimentado una saludable transfusión de la escritura de aquél. Y asimismo, nada más lejos de mi intención que insinuar que le copia, o que mediante una operación de ósmosis se ha convertido en un discípulo aventajado. Pero un buen lector de James, mientras siga la lucha de la joven Eilis Lacey por crearse una vida a la medida de sus necesidades, percibirá sin duda una afinidad de tono y sensibilidad, o una longitud de onda que le sonará familiar. O como mierda se llame eso que el propio Tóibín, al hablar de su escritura, describe como "un intento de ajustar el espejo al tamaño natural". En cuyo caso será fundamental el punto en el que se sitúe el espejo y hacia qué trasfondo natural se enfoque.
Tóinbín podía haber elegido recrear un reflejo realista de la brutalidad inherente a un poblacho irlandés de los años cincuenta (no tan lejana de la brutalidad inherente a un poblacho español de la época); describir con trazos gruesos la explotación brutal a la que eran sometidos los emigrantes en barrios como Brooklyn, o recurrir a la más descarnada rudeza para contar las relaciones sexuales entre jóvenes desarraigados. Y por la misma razón, una vez planteado el conflicto entre las renuncias que impone la sangre (en este caso, ocuparse de la madre abocada a una ancianidad miserable) y la fidelidad al futuro que ella ha estado labrándose en América, Tóinbín podría haber elegido el sufrimiento tremendista y sin reparación posible, sea cual sea la opción que finalmente adopte su protagonista. Y nada de todo ello queda oculto en la narración, pues ni los personajes en tanto que individuos ni los grupos sociales donde se insertan reciben un trato edulcorado o mistificador: existen la brutalidad pueblerina y la falta absoluta de horizonte; en Brooklyn sí hay horizonte, pero la explotación a los emigrantes es inmisericorde y la opción a la que se ha de enfrentar marcará de por vida a esa joven obligada a decidir si contar con apoyos, ni referentes, ni directrices morales acordes con la clase de mundo en el que ha de vivir. Pero, sin olvidar la diferencia del nivel en que transcurren, Brooklyn no se diferencia esencialmente de los dilemas y restricciones que acechan a los personajes que pueblan los ambientes elegantes y educados tan magistralmente descritos por James. Sin estridencias ni emociones desgarradas, y sin necesidad de escudriñar hasta en los rincones más tétricos del alma humana, la narración transcurre aupada en ese hálito perfectamente reconocible pero casi imposible de describir al que, para entendernos, llamamos literatura. O gran literatura. Un verdadero regalo que se degusta de principio a fin.
Y un lamento: es una desgracia y un atraso que a las novelas todavía haya que ponerles la palabra fin porque, si por el lector fuera, seguiría leyendo para enterarse de qué hará Eilis con su vida, cómo se las apañará con el amor y los hijos que tendrá, o qué les pasará al resto de personajes que han ido apareciendo a lo largo de este apasionante viaje de ida y vuelta.
Brooklyn
Colm Tóinbín
Lumen