
Ficha técnica
Título: Una mezcla de flaquezas | Autor: Robertson Davies| Traducción: Concha Cardeñoso | Editorial: Libros del Asteroide | Género: Novela | ISBN: 9788492663620| Páginas: 456 | Formato: 14x 21,5 cm. | PVP: 22,95 € | Publicación: Junio de 2012
Una mezcla de flaquezas
Robertson Davies
La apertura del testamento de Louisa Bridgetower deja atónita a la ciudad de Salterton: su hijo Solly no herederá un centavo hasta que haya tenido un hijo y buena parte de su fortuna se deberá destinar a la educación de una joven artista. Los albaceas seleccionarán a Monica Gall, la solista de un peculiar conjunto de gospel local a la que enviarán a estudiar a Inglaterra.
El arte, el genio, la formación artística, la música, el amor, las relaciones paternofiliales, las peculiaridades canadienses… son temas recurrentes en la obra de Davies que aquí son tratados magistralmente a través de la figura de Monica Gall, la joven cantante de Salterton a la que la herencia de la señora Bridgetower cambiará hasta extremos que ella jamás hubiera imaginado.
Tercera entrega del ciclo de novelas independientes que se terminará conociendo como Trilogía de Salterton, la pluma de Davies logra en esta novela un vivo retrato del alma humana, que acaso no sea en verdad otra cosa que una mezcla de flaquezas.
«Davies es uno de esos narradores -de ahí que lo suyo suene tan vital y despierto-que producen la sensación de estar a nuestro lado, yendo apenas dos o tres líneas por delante, soltando risitas de placer anticipando lo que nos espera.» Rodrigo Fresán
«Davies es un mago cuya puesta en escena no tiene tramoya ni apela a la superstición; sus herramientas son la imaginación y la felicidad, ambas afinadas por lo que él mismo calificaba de «compromiso vitalicio con la compasión». (…) En las novelas de Robertson Davies, como en los mitos que tanto lo fascinaban, cabe el mundo.» Nadal Suau
«Ingenioso, erudito, entretenido… Davies despliega todas las cualidades de un Trollope tardío y nos muestra cómo es el Canadá moderno.» Anthony Burgess (The Observer)
«Uno de los grandes novelistas modernos.» Malcolm Bradbury
«El lector no ve el momento de contar a sus amigos las excelencias de este novelista (…) suspira de placer cada vez que pasa una página.» The Washingon Post
«Uno de los más cultivados, entretenidos y logrados novelistas de nuestro tiempo y de todo el siglo.» John Kenneth Galbraith
UNO
Fue oportuno que el entierro de la señora Bridgetower se celebrase un jueves, porque siempre había sido el día de recibir visitas en casa. De la misma forma que dominaba su salón, dominó la catedral de St. Nicholas el gélido 23 de diciembre en que se celebraron las exequias. Había planeado la ceremonia hasta el último detalle, como hacía en vida con sus deberes y prácticas sociales.
Por supuesto, el Libro de Oración dicta los aspectos formales del rito funerario anglicano y la señora Bridgetower no tenía nada que objetar. Cada celebración social se desarrolla en el marco que le es propio, pero es en la atención a los detalles donde la anfitriona excepcional se eleva por encima de la mediocridad. Apenas dos horas después de que el médico anunciara que había expirado, el señor Matthew Snelgrove, abogado de la señora, entregó a Solomon, hijo de ésta, un sobre grueso en el que, con la letra grande y firme de su difunta madre, decía: «Instrucciones para mi funeral».
«¡Pobre Solly! -se compadeció Veronica, la nuera de la difunta-. ¡Qué mal lo ha pasado!» Lo más difícil de todo fue encontrar en tan poco tiempo un féretro que se pareciese lo más posible al del profesor Bridgetower, enterrado hacía dieciséis años. La señora Bridgetower especificaba el número y las características del modelo, pero las modas cambian y costó ímprobos esfuerzos encontrar a tiempo algo semejante. Por otra parte, la señora Bridgetower había hecho constar que no deseaba yacer en una cripta en espera de mejor tiempo, y como la tierra ya estaba helada en esa época del año, fue necesario utilizar sopletes y martillos neumáticos para cavar la fosa. No hubo que insistir mucho para que la señorita Laura Pottinger («mi querida Puss siempre ha tenido un gusto excepcional para esas cosas») se prestara a ocuparse de las flores de la iglesia, pero la anciana estaba tan afectada de aflicción y soberbia que discutió con todo el mundo y sacudió un bastonazo a un ayudante del director de Pompas Fúnebres.