
Ficha técnica
Título: Un amor que destruye ciudades | Autor: Eileen Chang | Traducido: Anne-Hélène Suárez , Qu Xianghong | Editorial: Libros del Asteroide | Páginas: 120 | Dimensiones: 12,5 x 20 cm. | ISBN: 9788416213702 | Fecha: junio 2016 | Precio: 17,95 euros | ebook: 12,99 euros
Un amor que destruye ciudades
Eileen Chang
Un amor que destruye ciudades está ambientada en la China de los años cuarenta: los Bai, una familia tradicional de Shanghai, buscan pretendiente para una de sus hijas solteras. Cuando la señora Xu les presente a un rico heredero, Fan Liuyuan, este se quedará prendado de otra de las hermanas: la joven y bella divorciada Liusu, quien ante la animadversión de sus hermanos decide instalarse en Hong Kong y alejarse del yugo familiar.
Eileen Chang es una de las grandes escritoras chinas del siglo xx, sus narraciones reflejan los sentimientos y aspiraciones de una clase media emergente en una época en que los valores estaban cambiando de manera vertiginosa. Pese a la inestabilidad política del tiempo en que escribió y ambientó sus historias, su autora diría de ellas: «Solo quiero escribir sobre las cosas triviales que suceden entre hombres y mujeres; no hay guerra ni revolución en mi obra porque creo que cuando las personas se enamoran, son más inocentes y están más desamparadas que cuando luchan en guerras y revoluciones». El presente volumen, el primero de la autora que se traduce al español, recoge dos de las piezas más representativas de su producción narrativa: la novela corta Un amor que destruye ciudades y el relato Bloqueados.
«Con un lenguaje que era fino como el filo de un cuchillo, Chang abrió en canal la cultura china, separando el patriarcado clásico de la controvertida modernidad, pero fue también una de las pocas escritoras capaces de unir esas dos partes entre las que se hundían sus heroínas. Es el ángel caído de la literatura china. Al ser por fin traducida podremos descubrir por qué los chinos la reverencian.» Ang Lee
«Una de las escritoras chinas más populares del siglo XX, un personaje clave en la vida cultural de Shanghai.» Shanghai Daily
«Un formidable descubrimiento, con una traducción fiel al exquisito entramado literario que distingue, en su brevedad, esta obra de notable envergadura moral.» Fernando R. Lafuente (ABC)
«Lo que cuenta magistralmente Chang -siempre elegante y sutil- es una tensión sexual no resuelta, sometida a prevenciones y cautelas, aplazada y aplazada en su resolución y omitida en su culminación.» Manuel Hidalgo (El Cultural)
«Chang es un grato descubrimiento, una autora poseedora de una exquisita inteligencia y sensibilidad que fue capaz de fusionar de forma seductora el viento del este y del oeste. » Sagrario Fernández Prieto (La Razón)
«Una obra de una enorme belleza, tan iluminada por la sencillez, la gracia y la autenticidad que leerla constituye una experiencia muy próxima a pesar de haber sido escrita hace más de sesenta años. El poder de seducción de Chang no decae jamás.» Antonio Bordón (La Provincia de Las Palmas)
«Su gran fuerza como autora está en la representación de la condición humana, y sus complejidades y del amor en las circunstancias más difíciles: en ciudades que viven su decadencia como sucedió en Shangái, en las relaciones amorosas límite lastradas por la moral tradicional que las llega a hacer imposibles, o en triángulos que culminan en tragedias.» Luis M. Alonso (La nueva España)
Un amor que destruye ciudades
En Shanghai, para «ahorrar con luz natural», como se suele decir, todos los relojes se adelantaron una hora, salvo en la mansión de los Bai.
-Nuestros relojes son antiguos -decían.
Sus diez eran las once de todos los demás. Su canto, desacompasado, no seguía el tempo del huqin de la vida.
Al vaivén del arco, lanzando su chirriante lamento en la noche de diez mil luces, un huqin contaba una historia interminable y melancólica; pero mejor no entrar en ella… Su historia debería haberla interpretado algún actor espléndido, con dos alas de colorete perfilando la blancura nívea de su nariz, cantando, ocultándose la boca con la manga al sonreír… Allí, sin embargo, no había nadie más que el Cuarto Señor Bai, sentado en la oscuridad de un balcón ruinoso, tocando el huqin.
Mientras tocaba, sonó el timbre en la planta baja, algo muy inusual en la residencia de los Bai. Uno no salía de noche a hacer visitas, al menos no según las normas tradicionales; si alguien venía a esas horas podía deberse a algo completamente inesperado, como la llegada de un telegrama; sería una emergencia o, más probablemente, una muerte.
El Cuarto Señor aguzó el oído. Oyó a su esposa -la Cuarta Cuñada-, a su hermano -el Tercer Señor- y a la mujer de este -la Tercera Cuñada- subir por la escalera, hablando a voces todos a la vez, tan deprisa que no se entendía lo que decían. En la sala que daba al balcón se encontraban las Señoritas Sexta, Séptima y Octava, además de los hijos de los Señores Tercero y Cuarto, todos ellos sentados, con el semblante alarmado. Desde el balcón a oscuras, el Cuarto Señor veía con nitidez la estancia iluminada. Se abrió la puerta y apareció el Tercer Señor en camiseta y pantalones cortos. Plantado en el umbral, con las piernas bien abiertas, se golpeaba la parte trasera de los muslos con un paipái para espantar los mosquitos.