Ficha técnica

Título: Las primeras víctimas de Hitler | Autor: Timothy Ryback | Traducción: Sandra Chaparro Martínez |  Editorial: Alianza Literaria | Formato: 15,5 x 23 cm.  | Fecha: marzo de 2016 | Páginas: 336 | ISBN:  9788491042952 | Precio: 26,00 euros

Las primeras víctimas de Hitler

ALIANZA LITERARIA

Esta es la extraordinaria historia de Josef Hartinger, el fiscal alemán que lo arriesgó todo para llevar ante la justicia a los primeros asesinos del Holocausto y cuyos esfuerzos fueron determinantes ante el Tribunal de Núremberg.

Antes de ser engullida por la dictadura nazi, Alemania era una república constitucional. Y justo antes de que el campo de concentración de Dachau se convirtiera en uno de los nidos del genocidio nazi era una prisión para presos políticos sometidos a la autoridad policial, y condenados según los procedimientos legales. El campo inició su irreversible transformación tras la ejecución de cuatro detenidos judíos en la primavera de 1933. El fascinante y conmovedor relato histórico de Timothy W. Ryback se centra en esas primeras víctimas del Holocausto y en la investigación que se abrió cuando Hartinger intentó sacar a la luz estos tempranos casos de barbarie condonada por el Estado.

En este libro se exponen el caos y la fragilidad de esta primera toma de poder por parte de los nazis. Ryback describe, con cierto dramatismo, lo distinta que habría sido la historia si más alemanes hubieran seguido el ejemplo de Hartinger, quien demostró tener mucho valor en tiempos de un fracaso humano colectivo. 

 

PRELUDIO

JUSTICIA

En la tarde del miércoles 19 de diciembre de 1945, poco después del receso del mediodía, el mayor Warren F. Farr, abogado licenciado por la Universidad de Harvard, subió al estrado ante el Tribunal Militar Internacional de Núremberg para defender un concepto jurídico tan dudoso como el de culpa colectiva. Informó al tribunal de que los abogados del equipo de la fiscalía estadounidense intentarían demostrar que las Schutzstaffel, los «escuadrones de protección» uniformados de negro de Adolf Hitler, constituían una «organización criminal». En su opinión, sus miembros eran colectivamente responsables de la miríada de atrocidades perpetradas en su nombre.

     «En estas últimas semanas se han presentado ante este Tribunal pruebas del programa criminal de los conspiradores con relación a la guerra de agresión, los campos de concentración, el extermino de los judíos, la esclavización de trabajadores extranjeros y el uso ilegal de prisioneros de guerra, así como de las deportaciones en los territorios conquistados y la germanización de las zonas ocupadas», afirmó el mayor Farr con voz clara. «El nombre de las SS es un hilo conductor en muchos de estos documentos, en los que se hace referencia a la organización y sus elementos una y otra vez», dijo Farr, que no dejaba de golpear el aire con su lápiz mientras hablaba. «Pretendo demostrar que es responsable de todas y cada una de estas actividades criminales, que se trataba de una organización criminal y que no podía ser de otra manera».

     Farr hablaba con voz firme y resuelta, aunque visiblemente contenida, buscando esa solemnidad con la que Robert H. Jackson, fiscal jefe de Estados Unidos, había planteado la acusación cuatro semanas antes. «Los delitos que queremos condenar y castigar son tan premeditados, malignos y devastadores», observó Jackson, «que la civilización no puede permitirse ignorarlos porque, de repetirse, no sobrevivirá». Jackson había enumerado una tríada de transgresiones, atentados contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, mientras la falange formada por los veintiún acusados observaba desde el banquillo haciendo gala de una indiferencia desafiante, beligerante y arrogante.

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