Ficha técnica

Título: Las nieves azules |  Autor: Piotr Bednarski |Editorial: Malpaso |Formato: Tapa dura |Tamaño: 14x21cm |Páginas: 144 | ISBN: 978-84-15996-22-4 |Precio: 18 euros

Las nieves azules

Piotr Bednarski

MALPASO

En las entrañas del sistema represivo soviético, en la gélida Siberia de los  gulags, un niño trata de serlo conservando el entusiasmo por la vida que la vida le niega.  Porque la muerte triunfa en torno a él. A pesar de ello, a despecho de cárceles y desapariciones, el joven Petia, condenado a la madurez antes de cumplir diez años, logrará espantar el miedo o desarmar el espanto apoyado en una fe inquebrantable y, sobre todo, en la fuerza cálida de la poesía. El recuerdo de una época feroz irrumpe así en la novela menos ficticia. Y la desborda. Y la ennoblece. Porque la ficción logra a veces reflejar todas las aristas de la barbarie si también consigue recortarlas contra el fondo de lo indeleblemente humano. Entonces nos redime.  

«Belleza absoluta, ésa es la expresión que le corresponde a este pequeño volumen.» E. R., Le Monde

«Sus palabras sobrias apelan directamente al corazón del lector.» Neue Presse

«Esta pequeña novela es una joya […]. Si los libros pueden cambiarnos, Las nieves azules lo hará de forma dramática.» Mittelpunkt

«No hay demasiada literatura sobre los campos de concentración soviéticos y sus miles de víctimas. Este libro tan rico en matices nos obliga a abrir los ojos y mirar hacia la oscuridad humana.» Quel Bokan!

«Frente a los horrores del terror estalinista pone amor y poesía […]. Cuenta pequeñas historias conmovedoras que combinan la tristeza con un humor distante.» Münchner Merkur

«Poético es el lenguaje que describe los horrores sin someterse a ellos.» Märkische Allgemeine Zeitung 

El jersey de marinero

Estábamos siempre famélicos, íbamos harapientos y llenos de piojos. Nos rapaban el melón al cero con tijeras, no con maquinilla, como formando escalones. Nuestras cabezas parecían pirámides mal construidas. Llevábamos pantalones militares de montar que nos llegaban casi a los sobacos. Cada uno los adaptaba a sus propias necesidades como buenamente podía; nunca los arreglaba una madre, una hermana ni, ¡Dios bendito!, una costurera. Se trataba principalmente de que las piernas tuvieran libertad de movimiento y de que en cualquier momento pudieran cumplir su cometido. Por encima llevábamos un chaquetón guateado, la fufaika, el esmoquin soviético para los deportados y exiliados.

Por lo general no percibíamos nuestra miseria, ni tampoco la muerte, omnipresente. Ése era nuestro mundo, nuestra realidad, nuestro día a día. No habíamos conocido otro o lo habíamos olvidado. Lomás importante era apagar el hambre y combatir el frío, esos dos rostros del destino que nos pisaban los talones. Ansiábamos lamayoría de edad.Morir de un balazo, no de hambre o frío: de hecho, eso era lo que nos mantenía con vida empujándonos a esfuerzos sobrehumanos.

Aunque la realidad era cruel, peor que la de los hombres cavernarios, estábamos bien porque no conocíamos el bienestar. Casi nadie hablaba del pasado. Y si alguno de los abuelos europeos se emocionaba y empezaba a contar historias de un país civilizado, lo escuchábamos como si fueran cuentos. Si lograba despertar nuestra imaginación recibía de nosotros el honorable apelativo de chamán y, de vez en cuando, lo visitábamos para humanizarnos. Pero cada vez había menos abuelos, especialmente europeos, y con ellos también desaparecía Europa.

No había deliciosas tentaciones que nos pudieran acometer. Sólo teníamos la vida, esa pequeña llama del cielo en la tierra, delicada y sutil, expuesta al aliento de los tiempos de acero. Todo se había confabulado contra la vida, contra nuestra vida en concreto.

La mayoría eran desplazados: yo, deportado. Pero sólo los órganos del NKVD conocían la diferencia entre los unos y los otros. Nadie sabía cuáles eran sus derechos. Y nadie lo preguntaba por miedo a acabar en un campo.

Eso me intrigaba. No conseguía adivinar la diferencia entre los presos del campo, los deportados y los guardianes: de ahí que en cierta ocasión, sin pensar en los riesgos, preguntase en la calle almandamás del NKVD por qué los soldados vigilaban a los prisioneros del campo pero no a nosotros, los estudiantes… Y es que el ochenta por ciento de nuestro grupo (incluido yo) estaba formado por hijos de enemigos del pueblo trabajador.

Seguramente estaba de buen humor, o quizá había bebido cien gramos de samogon1 de un solo trago, porque me despeinó un poco el pelo e, inclinándose, respondió:

-Ellos sonmás importantes. Además, siempre huyen.

-Pero ¿adónde? Si de aquí no se puede huir…

-También lo saben, pero quieren morir en libertad. Les parece que la libertad comienza una vez traspasadas las puertas.

¡Serán cretinos!

Le rechinaron los dientes y se fue.

A partir de aquella charla todos los prisioneros del campome parecían sacerdotes de un dios desconocido. Sacerdotes porque, aun teniendo menos futuro que yo, sus corazones eranmás inabarcables.

Repetí a los chicos la conversación con el delegado del NKVD. Mis palabras los dejaron perplejos.

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Piotr Bednarski

Horeszkowce, la ciudad polaca donde Piotr Bednarski nació en 1934, fue ocupada por el Ejército Rojo en septiembre de 1939. Deportado a Siberia con su familia, sólo él consiguió sobrevivir a la brutalidad de los gulags. Tras la guerra estudió magisterio, pero su pasión por el mar lo alejó de la enseñanza y lo mantuvo durante muchos años en la marina mercante. Es autor de novelas, cuentos y poemas. Las nieves azules, obra tan aclamada por la crítica como admirada por los lectores, se ha traducido a numerosos idiomas.

Obras asociadas