Francisco Ferrer Lerín
Raúl pidió Pollo Oriental Bowl, Marcos una hamburguesa Benedict, y yo, más austero, un sándwich de jamón y queso, también llamado mixto o biquini. Tardaron en servir, quizá, pensamos, para que agotáramos las bebidas, que sí llegaron rápidas, tres botellines de agua sin gas y, de este modo, luego, al retrasarse tanto, pediríamos otra ronda; la temperatura ambiente era muy alta. Pronto, diría que al primer bocado, comenzaron los aullidos. ¿Procedían de la cocina? Mas cambiaba el punto de emisión que ahora parecía situarse en la zona de los servicios. ¿O serían dos los perros asilvestrados? ¿O uno en movimiento? Estos locales de la cadena XXX son grandes, irregulares, con recovecos. Hubo que pedir, claro, más bebida. Se acercó otro camarero, un camarero de rostro alucinado que tembloroso tomó nota en un papel particularmente oscuro. Tardaron de nuevo en servirnos, aunque esta vez fue una camarera, de acento tosiriano, a la que le faltaba un brazo, una amputación que parecía reciente. Los botellines chorreando sangre nos disgustaron y decidimos levantarnos. Como en las películas dejamos un billete sobre la mesa sin preguntar a cuánto ascendían las consumiciones. Sin preguntar, en nuestro caso, ya que a nadie podíamos hacerlo. No se veía a nadie. Con vida.