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Perdición

Por 29 de enero de 2019 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

Cuando muere un pariente se le llora un tiempo, pero la muerte de un niño nos destruye hasta el tuétano.
 

No creo que haya nada más opresivo que la búsqueda de un niño perdido. Los críos corren tras un perro cuatro pasos y ya no saben volver. Bastan unos pocos metros. Recuerdo el caso de una amiga que iba con su hijo de la mano, se encontró con un conocido y pararon a hablar. En segundos, un escalofrío le heló el corazón. Era la conciencia de que ya no sostenía la mano del niño. Habían bastado unos segundos para que desapareciera. Estuvo vagando errabundo hasta la noche. Un policía lo llevó a comisaría y allí localizaron a la familia gracias a que ya habían denunciado. Mi pobre amiga no ha podido librarse de aquel frío mortal en los últimos diez años y aún a veces se despierta en plena noche llorando desolada. El niño solo había dado la vuelta a la esquina. Nada más. Eso bastó para perderlo.

Toda pérdida es temible, pero la de un niño espanta en grado sumo. Es como si nos robaran la huella que debemos dejar por unos pocos años en este mundo. La sola memoria real a la que podemos aspirar. La pérdida de un niño es la experiencia más radical de la muerte. Puede morir un pariente o un respetado ciudadano y se le llora un tiempo, pero la muerte de un niño nos destruye hasta el tuétano, es una visión demasiado pavorosa de la fragilidad de nuestra condición. Basta doblar una esquina y la lluvia negra nos devora.

Hace poco se publicó la fotografía de un niño ahogado tras el naufragio de una balsa. Estaba de rodillas y con los bracitos a lo largo del cuerpo, la cara hundida en la arena. No hay imagen más espantosa. Produce un miedo supremo ante la voracidad de la nada. Tal es el horror que también el dios de los cristianos, símbolo augusto de la lucha contra la muerte, se perdió. Sus afligidos padres lo hallaron en el templo. Aún había refugios para niños perdidos.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017), Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) y El arte del futuro. Ensayos sobre música (Debate, 2022) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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