'Tu rostro mañana/ 3 Veneno y sombra y adiós'
Javier Marías
«Uno no lo desea, pero prefiere siempre que muera el que está a su lado, en una misión o una batalla, en una escuadrilla aérea o bajo un bombardeo o en la trinchera cuando las había, en un asalto callejero o en un atraco a una tienda o en un secuestro de turistas, en un terremoto, una explosión, un atentado, un incendio, da lo mismo: el compañero, el hermano, el padre o incluso el hijo, aunque sea niño. Y también la amada, también la amada, antes que uno mismo.»
Daniel Alarcón
«La sala de conferencias era muy luminosa y mostraba una vista panorámica de la ciudad hacia el este, mirando a las montañas. Cuando Norma entró, vio a Élmer sentado en la cabecera de la mesa, frotándose el rostro como si acabaran de despertarlo de un sueño intranquilo y poco agradable. Le hizo una pequeña venia con la cabeza mientras ella se sentaba, luego bostezó, luchando por abrir la tapa de un frasco de pastillas que había sacado de su bolsillo. "Tráeme un poco de agua", gruñó a su asistente. "Y limpia los ceniceros, Len. Por Dios."»
Luis Leante
«Duerme durante la mañana, durante la tarde, casi todo el tiempo duerme. Luego pasa en vela la mayor parte de la noche: una vigilia intermitente, con momentos de lucidez pasajera y otros de delirio o de abandono; con frecuencia, de desmayo. Un día tras otro, durante semanas. No hay frontera en el paso del tiempo. Cuando consigue mantenerse un rato despierta, intenta abrir los ojos y, entonces, cae de nuevo en el vértigo del sueño: un sueño profundo del que le resulta difícil regresar del todo.»
Hernán Rivera Letelier
«Fue un lunes de octubre cuando aparecieron caminando por en medio de la calle desierta. Era la hora de la siesta en la pampa. En el aire no corría un carajo de viento y un sol de sacrificio fundía los ánimos de todo lo que respirara sobre la faz de la tierra. El hombre y la mujer avanzaban silenciosos bajo la incandescencia del cielo. Él venía delante, y ella, dos pasos atrás; ella cargaba una pequeña maleta de madera con esquinas de metal, y él traía una pelota de fútbol bajo el brazo, blanca y con cascos de bizcochos (de entradita supimos que era una de esas profesionales).»
'Historia secreta de Costanagua'
Juan Gabriel Vásquez
«Digámoslo de una vez: el hombre ha muerto. No, no es suficiente. Seré más preciso: ha muerto el Novelista (así, con mayúscula). Ya saben ustedes a quién me refiero. ¿No? Bien, lo intentaré de nuevo: ha muerto el Gran Novelista de la lengua inglesa. Ha muerto el Gran Novelista de la lengua inglesa, polaco de nacimiento y marinero antes que escritor. Ha muerto el Gran Novelista de la lengua inglesa, polaco de nacimiento y marinero antes que escritor, que pasó de suicida fracasado a clásico vivo, de vulgar contrabandista de armas a Joya de la Corona Británica. Señoras, señores: ha muerto Joseph Conrad. Recibo la noticia con familiaridad, como se recibe a un viejo amigo. Y entonces me doy cuenta, no sin cierta tristeza, de que me he pasado la vida esperándola.»
'La batalla del calentamiento'
Marcelo Figueras
«El hombre corría entre alerces y coihues, adentrándose en el bosque; el lobo iba detrás. Así vista la escena tenía lógica: se espera que la presa huya y que el predador se lance a perseguirla. Pero al segundo vistazo las inconsistencias se hacían evidentes. El lobo avanzaba con un trote amable, como si no tratase de morder talones sino de conservar la distancia. Y el hombre era enorme, el Kilimanjaro en movimiento. Semejante coloso podía defenderse a mano limpia, descabezando al lobo como quien arranca una manzana»
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