Clara Sánchez
«Salieron de Madrid por la A-3 en dirección a Levante a las cuatro de la tarde. Julia se había pasado la mañana haciendo el equipaje que ahora con Tito se complicaba extraordinariamente. Desde que nació hacía seis meses, cada paso fuera de casa suponía movilizar mil cachivaches. Y en cuanto faltaba uno el mundo parecía desmoronarse. Pañales, biberones, gotas para el oído, sombrilla, gorro para el sol. Las cosas más urgentes iban en una gran bolsa de tela acolchada marrón estampada con osos azules, que por la calle solía colgar del respaldo del cochecito. La ropa de Félix y de ella la metió a voleo en la Samsonite verde abierta sobre la cama desde bien temprano. Cuando por fin la cerró, estaba hecha polvo con tanta ida y venida por el piso. También cerró los armarios. La que había que montar para bañarse un poco en el mar y tumbarse al sol».
Amélie Nothomb
«Nos despertamos en medio de la oscuridad, sin saber nada de lo que sabíamos. ¿Dónde estamos, qué ocurre? Por un momento, no recordamos nada. Ignoramos si somos niños o adultos, hombres o mujeres, culpables o inocentes. ¿Estas tinieblas son las de la noche o las de un calabozo?»
Jorge Eduardo Benavides
«La casa no era realmente muy grande pero estaba estupendamente distribuida, dijo ella en voz alta, recuperando su timbre normal, donde sin embargo humeaba el rescoldo de la emoción. Tenía dos salones espaciosos, contiguos y seguramente muy iluminados, de no ser por la perpetua neblina que envolvía ese sector de Magdalena, muy cerca ya de San Isidro. De hecho, observó Leticia recorriendo con placer aquellos suelos de parqué algo desgastado y noble, las paredes mostraban tenues vestigios de humedad, manchas y escaras, sobre todo en los rincones.»
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