Emily Elizabeth Dickinson
Lejos de ser un mero complemento, las cartas de Emily Dickinson son parte esencial de su universo poético. La belleza y el deslumbramiento que segregan sus poemas se encuentran también en estos textos, a medio camino entre el poema, la confesión y el diario íntimo. De las más de mil cartas que Emily Dickinson escribió a largo de su reclusa -aunque intensísima- vida, Nicole d'Amonville ha seleccionado, anotado y traducido, con excelente criterio, fino oído y sabiduría, su personal canon, como ya hiciera con los poemas. El resultado es la edición más rigurosa y ambiciosa que se ha hecho en castellano del epistolario de la gran poeta norteamericana.
Hermann Hesse Stefan Zweig
La correspondencia de Hermann Hesse con Stefan Zweig se extendió por un periodo de treinta y cinco años-a pesar de las reservas del primero a tratar con escritores-, hasta la muerte de este último en 1942. A través de estas cartas, el lector asistirá a la construcción de un pensamiento común entre estos dos grandes autores, comprometidos con la inequívoca defensa de la razón, del bien y de la humanidad en una época turbulenta, confirmando que no hay estética que pueda existir sin el armazón de un pensamiento ético que la sustente.
Joseph Roth
Las cartas de Joseph Roth se pueden leer una tras otra, como si se tratara de la novela de su vida, la novela de uno de los más grandes narradores europeos del siglo pasado. Suplen en su intensidad e intimidad las memorias que nunca llegó a escribir, convirtiéndose así en el esbozo accidental de la biografía de un punzante panfletista, de un maestro de la prosa pequeña y de la mayor, de un filántropo resentido y de un humanista en lucha constante, así como de un gran psicólogo y novelista de especial calidad.
Guillaume Apollinaire
Fascinado por la literatura medieval, Apollinaire quiso actualizar su tradición erótica en la más radical contemporaneidad. Lector de Sade (fue su primer apologeta moderno), conjugó las antiguas convenciones poéticas del amor con la literatura libertina para situar la carnalidad en el centro de una creación sin límite, un lirismo que estalla en pasión posesiva y generosa, despótica y desprendida a la vez, y que, en plena guerra europea y con Apollinaire voluntario en el frente, es juego, mágico universo privado y resumen de la vida toda.
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