Manuel Vicent
«Uno de los ejercicios más temerarios que puede realizarse en esta vida consiste en entrar en un restaurante donde no conoces al dueño, ni al cocinero, ni al maître, ni a ningún camarero, a un restaurante que tampoco te ha recomendado un amigo de confianza y sentado a la mesa pedir cualquier plato y que te lo sirvan cubierto con una salsa y sin encomendarte a Dios ni al diablo, lo hagas pasar por la garganta hasta depositarlo en la intimidad de ti mismo. De esa clase de veneno estamos hechos.»
Imma Monsó
«Ya no recuerdo cómo era antes de conocerle. Sólo sé que yo andaba de un lado para otro con mis huevos, en busca de un lugar donde guardarlos todos, porque detestaba la idea de ponerlos en recipientes distintos, de separarlos. Un único cesto, quería yo. Y cuando conocí al Cometa, tras un duro aprendizaje sentimental, conseguí este gran objetivo. El Gran Objetivo. Inquietud, calor, cerebro, ternura, confort... Complicidad y polémica. Pasión y compasión... El sereno fuego de la chimenea y la aventura turbadora, todo en la misma mirada.»
'El tiempo de los emperadores extraños'
Ignacio del Valle
«-Si aquí ya no importan los vivos, imagínese los muertos.
La frase sin esperanza que le había dirigido meses atrás un oficial retumbó en la cabeza del sargento Espinosa como si hubiera sido pronunciada en el interior de una catedral. Minutos antes, su asombrada orden había hecho que, en un acto reflejo, el grupo de soldados se pusiera en pie cambiando precipitadamente las latas de carne y los cubiertos del condumio por máusers.»
Manuel Rivas
«El abuelo Maiarí cazaba las noticias con la punta de hierro de su bastón bengala. Tenía preferencia por las amarillentas, untadas por el rocío, llevadas al azar por los mismos senderos de las hojas secas, aunque el papel de las noticias vuela un paso atrás, gallináceo, en solitario. Hojas de árboles y hojas de periódicos, desatadas de la fecha, se mueven por el Oeste en rebaños deshilachados, de una transtornada melancolía.»
Jorge Volpi
«Basta de podredumbre, aulló Anatoli Diátlov. La alarma se encendió a la una veintinueve de la mañana. Desplazándose a trescientos mil kilómetros por segundo, los fotones traspasaron la pantalla (el polvo la volvía color ladrillo), atravesaron el aire saturado a cigarros turcos y, siguiendo una trayectoria rectilínea a través de la sala de controles, se precipitaron en sus pupilas poco antes de que el zumbido de una sirena, a sólo mil doscientos treinta y cinco kilómetros por hora, llegase hasta sus tímpanos. Incapaz de distinguir los dos estímulos, sus neuronas produjeron un torbellino eléctrico que se extendió a lo largo de su cuerpo.»
Carlos Fuentes
«El padre. Pastor Pagán sabe guiñar. Es un profesional del guiño. Para él, guiñar un ojo -uno solo- es una forma de cortesía. Toda la gente con la que trata concluye el negocio con un guiño. El director del banco cuando tramita un préstamo. El cajero cuando cobra un cheque. El administrador cuando se lo da. El contador cuando se hace el tonto y no lo registra. El delegado del patrón cuando le da la orden de ir al banco. El portero. El chofer. El jardinero. La criada. Todo el mundo le guiña.»
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