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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 25 de junio de 2017 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'El hombre que vendió su propia cama'
  • Ficha técnica

    Título: El hombre que vendió su propia cama | Autor: Vicente Molina Foix | Editorial: Anagrama | Colección:  Narrativas hispánicas | Género: Relatos | ISBN: 978-84-339-7230-9 | Páginas: 200 |  PVP: 15,50 € | Publicación: Octubre de 2011
  • Foto de Vicente Molina Foix
  • Biografía

'El hombre que vendió su propia cama'

Vicente Molina Foix

ANAGRAMA

Tras su celebrado Con tal de no morir, el autor nos entrega un segundo libro de relatos en el que vuelve a brillar la peculiar fusión de lo cotidiano y lo extraño, lo humorístico y lo patético, en títulos como «A su edad», una incisiva parábola contemporánea, o «Un sueño de la diosa», con su sugestivo trasfondo hindú. Una muchacha con un perfume cítrico y un crítico de cine amargamente autocrítico acompañan la perplejidad del viajero protagonista de «La ciudad dormitorio», mientras que las crisis conyugales adquieren perfiles turbadores en «El cuento de Gógol» y «El buda bajo el agua». En la segunda mitad, cuatro extensos relatos que son un homenaje a Henry James, ya que, partiendo de las ocurrencias y esbozos que el novelista americano anotó en sus diarios como posibles argumentos de narraciones que nunca escribió, Molina Foix ha desarrollado cuatro de ellos: una saga familiar de trepidante peripecia cosmopolita («La segunda boda»), la conmovedora historia de amor de una pareja de profesores ingleses («Los otros labios»), la carrera de un pintor tan presuntuoso como huidizo («El cuadro familiar»), y en el que da título al libro, la relación que un hombre mantiene, a través de unos muebles, con su pasado y con el porvenir de sus ilusiones. 

 

EL CUENTO DE GÓGOL
 
     Era un hombre que creía mucho en los escritores y tenía muy pocos libros. Los pocos que tenía los tenía leídos, y a veces se acercaba a los escaparates de las librerías o entraba en alguna con ganas de dejarse tentar por otros nombres, sin lograrlo. Siempre volvía a casa con las manos vacías. Era un hombre de costumbres fijas, y a los cuarenta y cuatro años sólo amaba a los escritores que había amado siempre.
 
     Ese amor nació en la infancia, y no tuvo al principio rostros, aunque sí país. Había heredado de su padre una treintena de volúmenes de la colección Universal, en sus encuadernaciones en rústica de color amarillo, sin ilustrar, y todos los títulos eran de autores rusos, a los que Adrián había añadido por su cuenta, encuadernadas en piel, las obras completas de Tolstói, las selectas de Dostoievski y las escogidas de Turguéniev. El mundo del amor novelesco empezaba y acababa para él en los novelistas rusos del siglo XIX, si bien un día se enteró de que el que más amaba de todos, Iván Bunin, había vivido cinco décadas en el XX y sólo tres en el XIX. Lo siguió leyendo como maestro de un arte prolongado decimonónicamente al menos hasta 1933, el año en que Bunin ganó el primer Premio Nobel de la literatura rusa.
 
     La boda con Inma provocó un conflicto internacional en su biblioteca. Ella, licenciada en exactas pero formada en «las humanidades liberales» -según la frase de la amiga puertorriqueña que los había presentado a la salida de un cine-, aportó al matrimonio, junto a dos gatos siameses y un bungalow en primera línea de playa en la playa menos estropeada del Cabo de Gata, una balda de autores franceses que, aun siendo todos del siglo XIX, fueron mal recibidos en las estepas de Adrián. En un gesto de buena armonía conyugal, él permitió la convivencia de Stendhal y Maupassant con Pushkin y Lérmontov, sin llegar a amarlos como a sus rusos. Leyó Rojo y negro y Bel Ami y se guardó su opinión ante Inma. Jamás llegó a aceptar que Flaubert superase en lirismo y profundidad psicológica a Dostoievski, como sostenía ella.

[Páginas del libro]


[Etiquetas: relatos]

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