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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 29 de marzo de 2017 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'La prensa sin Gutenberg'
  • Ficha técnica

    Título: La prensa sin Gutenberg | Autores: Jean-François Fogel, Bruno Patiño | ISBN: 978-84-663-1975-1 | Páginas: 240 | Fecha: 02/5/2007 |  Precio: 6,70 €
  • Foto de Jean-François Fogel
  • Biografía

  • Foto de Bruno Patiño
  • Biografía

'La prensa sin Gutenberg'

Jean-François Fogel

Bruno Patiño

En el año 2000, los autores reciben el encargo de estudiar la rentabilidad de la página web del diario Le Monde. Cinco años después, la información recopilada les sirve para publicar una exhaustiva investigación sobre el periodismo después del papel... La evolución de su breve historia, las diferencias entre prensa escrita y prensa audiovisual, el perfil de los usuarios, el nuevo tratamiento de la información... En definitiva, un análisis en profundidad sobre el surgimiento y el significado de la prensa on line, planteado como una convulsión similar a la provocada por la irrupción de la imprenta.

El contexto de la obra abierta

Los libros de recuerdos de los periodistas son como recaídas de una enfermedad. Sometidos por su oficio a la función de testigos, sus autores proporcionan el testimonio y demuestran, en general, que la redundancia no es un género literario. Resulta inútil detenerse en las memorias de Turner Catledge, el legendario jefe de redacción de The New York Times durante los años sesenta, salvo cuando confía lo que le empujó a inventar el news análisis (el artículo sobre el análisis de los hechos) que, a continuación, se copió en el mundo entero.

Aquello era, reconoce, una herejía para un diario que se fundó sobre la base de «la clara separación entre la información y la opinión», sin embargo, la creciente complejidad de las sociedades y el sofisticado incremento de la comunicación de las políticas imponían ese esfuerzo de explicación. El argumento convence, pero sin conceder mayor importancia a su confesión, Catledge continúa: «La televisión era otro factor importante, porque ofrecía, cada vez más, la información en bruto a los espectadores, hecho que, al mismo tiempo, aumentaba la necesidad de recibir una explicación». Puesto que no existe una historia exhaustiva de los géneros periodísticos, se hace imposible saber si se trata de la primera tentativa consciente de distribuir las funciones en el concierto mediático, pero, seguramente, es una prefiguración de lo que, décadas más tarde, se convirtió en el tratamiento multimedia de un acontecimiento.

Durante mucho tiempo, la decisión de un tratamiento periodístico dependió únicamente del tropismo de las sociedades. De este modo, Francia está en posición de reclamar la invención del folletín literario que, hasta la Segunda Guerra Mundial, fue la quintaesencia del periodismo en los diarios, mientras que la entrevista es una creación tan estadounidense que muchos países la han copiado en lo esencial, hasta incluso utilizar la palabra « interview ». Es con la introducción de los medios audiovisuales y, fundamentalmente, de la televisión, capaz de movilizar a una audiencia durante horas, cuando el lugar relativo de los medios se convierte en una baza para los anunciantes de publicidad y en una migraña para los responsables de las redacciones. La cuestión ya no es dirigirse a la audiencia en función de lo que se le quiere decir, sino de lo que se supone que ésta conoce por otras vías distintas a la de los medios de comunicación.

Que un responsable como Catledge, quien conducía el diario más poderoso del mundo, ajustase el sumario supeditándolo al contenido de los informativos televisivos, para nada era la expresión de una duda sobre la influencia de su periódico, sino la toma en consideración de un nuevo contexto, donde cada medio se expresa sin llegar nunca a cubrir el eco del resto de los medios. Desde este punto de vista, Internet no es un invento sino un resultado: la sistematización del ruido mediático a escala planetaria.

Del hipertexto al KIT

Antes incluso de que la tecnología permitiese imaginar su invención, un hombre había soñado con Internet: Theodor Holm Nelson, conocido como Ted Nelson. A pesar de que no creó un lenguaje, ni un software o una tecnología, sino sólo una palabra, «hipertexto», ocupa un lugar por derecho propio dentro de la historia del medio electrónico. Más poeta que ingeniero, visionario y en absoluto fundador, Ted Nelson es una mente inclasificable, un soñador dentro de un universo de rigor. Cuando estudiaba en la Universidad de Harvard, imaginó un texto sin principio ni fin, formado por fragmentos que se podrían unir entre ellos libremente. En lugar de un texto, esto sería un hipertexto, que elaboraría cada uno a su manera, seleccionando los lazos que encadenarían únicamente los fragmentos de su interés.

Sus críticos destacan que, Ted Nelson, el hijo abandonado de un director de cine y de una actriz, había imaginado de este modo un tratamiento para la hiperactividad que le impedía mantener la atención en su época escolar. El descubrimiento le garantizaba que nada se le escapase puesto que reagrupaba todo. Pero, lejos de quedarse en esa intuición, la desarrolló hasta influir en aquellos que, efectivamente, crearon Internet. Su conferencia «Ordenadores, creatividad y naturaleza de la palabra escrita», que pronunció en 1965, permanece como la primera formulación del concepto de hipertexto. Y no necesitó mucho tiempo para añadirle la propuesta de construir un sistema de dimensiones planetarias: un conjunto de documentos ordenados, no de manera separada como los libros en las estanterías de una biblioteca, sino con conexiones que permitiesen pasar de uno a otro.

[La prensa sin Gutenberg]


[Etiquetas: internet, ensayo, digital, periodismo]

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