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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 29 de mayo de 2017 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Diccionario de las artes'
  • Ficha técnica

    Título: Diccionario de las artes. Nueva edición ampliada | Autor: Félix de Azúa |  Editorial: Debate | Género: Ensayo | ISBN: 9788499920030 | Páginas: 335 | Formato:  15,7 x 23,7 cm. | Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta |  PVP: 21,90 € | Publicación: 6 de Mayo 2011
  • Foto de Félix de Azúa
  • Biografía

'Diccionario de las artes'

Félix de Azúa

DEBATE

Diccionario de las artes es ya un clásico de la estética que ahora Félix de Azúa ha ampliado y revisado exhaustivamente para esta edición. A pesar de su título, el libro no es un diccionario al uso, sino un ensayo compuesto por diversas voces, dispuestas alfabéticamente, donde el autor medita acerca del ocaso del Arte. Para ello, regresa a los lugares del crimen, es decir, las artes y las ideas que han generado a lo largo de la historia, ese largo viaje en el que el hombre ha ido representándose y abstrayéndose a sí mismo hasta llegar a la extenuación actual.

Con una estructura y un ritmo que recuerda a las variaciones musicales, Félix de Azúa, uno de los escritores más brillantes de nuestro tiempo, despliega el espectro semántico que ha generado el Arte y lo somete a una nueva formulación. La belleza, la muerte, lo sagrado o lo sublime se declinan en estas páginas a la par que se muestran los efectos creativos o destructivos, del mercado, la publicidad y los medios de comunicación.

Más que un ensayo de arte, Azúa ha concebido en esta obra imprescindible una bella y lúcida reflexión sobre la condición humana.

«Tal es la esencia humanizadora de aquello que antaño se llamó filosofía, apenas concebible sin el trato en vivo, la palabra directa, el círculo de amigos, el contraste y el simposio. Y es el actual alejamiento de los cuerpos, su imparable desaparición fuera de las constricciones del trabajo, la virtualidad del ocio y la masificación funcionarial, lo que ha ido convirtiendo el pensamiento en una afición especializada. Algo así como cantar madrigales a capella. Me gustaría creer que en estas páginas hay un par de partituras para pequeños grupos de madrigalistas aficionados.» Del prólogo de Félix de Azúa a la presente edición.

 

A

A. Es la primera letra del alfabeto occidental, hija de la letra «alfa» de los griegos y, en consecuencia, signo de todo origen y comienzo. Así pues, bueno será que con ella comencemos y nos pongamos a su disposición. Nada en cada una de nuestras letras es indiferente y cada una de ellas tiene su poder, su campo de bondades y su tierra maldita. Si ellas son las unidades mínimas con las que el espíritu se petrifica, algo han de ser.

     Tampoco es infrecuente que las artes elijan, como motivo o excusa, un comienzo, porque los comienzos suelen ser agradables: un nacimiento, una primera desdicha, un o una joven que ama o muere por primera vez, el Do mayor, la primavera... Casi todo lo que se encuentra en el origen es simple y su propia sencillez lo hace muy popular. Puede decirse que los comienzos son como los niños y los pobres, quienes, al no dar miedo, son fáciles de amar sin contrariedad. Por similares razones, las artes prefieren representar comienzos.

     La historiadora de la filosofía Anne Cauquelin descubrió que las leyendas de los artistas suelen presentarlos en sus comienzos garabateando sobre la arena del parque o sentaditos al piano cuando aún no saben hablar; en cambio, las leyendas de los filósofos sólo cuentan sus tremendas y edificadoras muertes. Se dice de Giotto que era un pastorcillo analfabeto cuando Cimabue, arcaico defensor de los paseos campestres, lo descubrió en medio de un monte dibujando distraídamente sobre una piedra con la punta de un leño quemado. La oveja que había pintado la criatura era tan perfecta que Cimabue se llevó el niño, el rebaño y la piedra a su taller, en donde hizo de todos ellos un solo y único Giotto.

     En cambio, de Empédocles sabemos que se arrojó al Etna de cabeza, de Crisipo que murió de un ataque de risa, de Sócrates que se bebió un dedal de cicuta, de Heráclito que murió cubierto de excrementos, de Diógenes el Cínico que lo devoraron unos perros, de Aristóteles que se ahogó tratando de llegar a la isla de Eubea, de Epicuro que murió de retención de orina, de Espeusipo que se lo comieron las lombrices, de Pitágoras que lo mataron unos soldados porque no osó atravesar un campo de habas (eran sagradas para él) cuando ya casi había logrado escapar, y así sucesivamente.

     Si bien el pensamiento aparece unido al crepúsculo en todas esas leyendas populares que narran la vida de los pensadores, la vida de los artistas en los cuentos y las leyendas populares sólo aparece unida a lo prístino y auroral. Si el pensamiento, como el búho de Atenea, alza el vuelo al anochecer, las obras de arte aparecen al amanecer, cubiertas aún de rocío e iluminadas por un sol casi verde. En la imaginación popular, el arte es un niño que juega con el fuego divino ante un espejo, en tanto que el pensador es un anciano que mira apagarse la tarde sobre un cementerio de quebradas lápidas. Las artes parecen destinadas a representar comienzos.

[Páginas del libro]


[Etiquetas: Historia del arte, diccionario]

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