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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 30 de mayo de 2017 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Últimas 2 horas y 58 minutos'
  • Ficha técnica

    Título: Últimas dos horas y cincuenta y ocho minutos | Autor: Miguel Ángel Maya | Editorial: Lengua de Trapo | Colección: Colección Nueva Biblioteca, 143 | Páginas: 272 | Género: Novela | Precio: 20,90 € (sin IVA: 20,06) | ISBN: 978-84-8381-032-3  | Depósito Legal: M-12183-2008

  • Foto de Miguel Ángel Maya
  • Biografía

'Últimas 2 horas y 58 minutos'

Miguel Ángel Maya

EDITORIAL LENGUA DE TRAPO 

La necesidad de huir cuando todo se derrumba: un viaje entre la realidad y la ficción.

Dos hombres, en dos puntos opuestos del planeta, desertan de la vida que les espera y marcan así el principio de un viaje para el que no existe un final. El primero no toma la desviación que lo conduciría a su trabajo en el World Trade Center el 11 de septiembre de 2001. Se dirige en cambio hacia un sur utópico y temible. El segundo deserta del ejército israelí y se lanza a una huída perpetua que lo va llevando de frontera en frontera hasta ser solo una sombra de sí mismo. Ambos deben convivir con los monstruos que evoca la memoria y buena parte de su viaje se apuntala en los resquicios que dejan los recuerdos. Sombras chinescas y marionetas, música desgarrada, carreteras infinitas y caníbales son algunos de los ingredientes que componen el brillante estreno de Miguel Ángel Maya.

Últimas 2 horas y 58 minutos, ganadora del VI Premio de Narrativa Caja Madrid, es una novela capicúa, dos road movies complementarias: un libro en el que realidad y ficción se confunden y que sumerge al lector en un desbordante e hipnótico universo.

Fragmento

Hubo un hombre que la mañana del 11 de septiembre de 2001 no tomó el carril de la derecha de la circunvalación que lo hubiera llevado a una de las entradas a Nueva York desde la autopista 95, por Jersey City, y a su lugar de trabajo habitual. Hasta ese preciso instante había vivido 14n249 días, de los cuales había uno que recordaba con una claridad pasmosa: se acordaba de la lluvia, del revólver en su mano, del olor a pólvora, de la noche, de sus movimientos alcohólicos, del calor asfixiante de Nueva Orleans y de la música lenta y torpe que quedó flotando allí tras el disparo. La noche del 10 al 11 había recibido una llamada de teléfono en la que una voz de mujer fingió equivocarse de número y colgó después de un silencio de varios segundos. Él supo enseguida que todavía quedaba alguien en el mundo con intención de cobrarse aquel crimen. Permaneció en el carril central, a la altura de Raymond Boulevard, mirando por el retrovisor cómo la dirección que tomaba cada mañana se iba alejando. El sol todavía no había comenzado a dorar los edificios más altos de Manhattan, cuya silueta ya se adivinaba tras la neblina contaminada, desde la autopista. Siguió conduciendo con el corazón acelerado y un nudo en el estómago.

Una vez que hubo dejado atrás las diferentes incorporaciones hacia la ciudad y el intrincado nudo de circunvalaciones para acceder a Nueva York desde la carretera de Livingston, se detuvo en una gasolinera al borde de la autopista. Entró en el grill, donde sólo había unos cuantos camioneros gordos abrevando de sus platos, ambiente grasiento, olor a frito, música rock, y una camarera joven, teñida de rubio, ojos cansados, azules, saturados de maquillaje y voz gastada, apoyada tras la barra en un frigorífico mientras se limaba las uñas. Pidió un café y un plato de huevos revueltos con beicon. Mientras comía, se miraba en el sucio espejo tras las botellas de la barra. Estaba nervioso. Sudaba.

Se había dejado llevar por una mezcla de casualidades estúpidas: un camión que le había adelantado por la derecha, impidiéndole la incorporación a ese carril y hacia el centro de Nueva York, como cada madrugada, y un coche rojo frente a él, que le hizo frenar permitiendo que otros vehículos le cerraran el paso por la derecha y dieran al traste con su intención vaga, triste, incierta, de tomar la misma dirección de cada mañana desde hacía exactamente ocho años, cuatro meses, y veintisiete días. Cuando terminó el plato de huevos revueltos con beicon decidió marcharse. Pagó, dejando unos cuantos centavos de propina que la camarera no agradeció. Salió del bar, se subió en el coche, repostó, y tomó la autopista en dirección al sur. En la radio de su coche sonaba el único disco de Jeff Buckley. Comenzaban los primeros acordes de «The last goodbye». Un avión estaba a punto de estrellarse contra una de las torres en las que trabajaba, haciendo saltar el mundo por los aires, rompiendo definitivamente la baraja de este enloquecido juego. Él seguía conduciendo. No sabía que el no haber tomado el carril de la circunvalación que llevaba al centro de la ciudad, ahora una barbarie en llamas, le había salvado la vida. Nunca lo supo.

A medida que avanzaba hacia el sur el paisaje cambiaba levemente. La voz de Jeff Buckley seguía poniendo música a aquella huida que apenas empezaba a tomar forma. El mundo del que ahora desertaba estaba compuesto por ficheros, informes, datos, mesas, contabilidades, cálculos de beneficios y porcentajes. Luego estaba el naufragio en su cama, y el frío, y la piel de ella tan lejana, en otra órbita, en otro silencio, en otro lugar. Entonces sucedió lo de la llamada de teléfono la noche anterior: aquella vieja fingiendo equivocarse de número, aquel silencio espeluznante antes de colgar. Y la culpa, como un imborrable telón de fondo...

[Etiquetas: Novela]

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