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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 17 de diciembre de 2017 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Filosofía. Interrogaciones que a todos conciernen'
  • Ficha técnica

    Título: Filosofía. Interrogaciones que a todos conciernen | Autor: Víctor Gómez Pin | Editorial: Espasa | Colección: Gran Austral |Género: Ensayo |  Páginas: 450 | Precio: 21.90 € | ISBN: 978-84-670-2699-3

'Filosofía. Interrogaciones que a todos conciernen'

EDITORIAL ESPASA

Es una situación embarazosa la de alguien que, al ser preguntado por su profesión,  ha de responder «filosofo» o incluso «profesor de filosofía». Y el problema no reside tanto en que el interlocutor no sepa en  qué sector del conocimiento o de la técnica encasillar tal respuesta, como en el hecho de que, probablemente, el propio filósofo tampoco lo sabe. Un filósofo es, desde luego, una persona cuya tarea es pensar, pero esto también caracteriza a Ramón y Cajal, Einstein, Gauss... a los que nadie (al menos de entrada) califica de «filósofos». El embarazo del profesional de la filosofía  se acentuará además por una sospecha de lo que, ante su respuesta, el interlocutor empezará a barruntar. Pues si se hiciera una encuesta en la calle sobre el tema, la gran mayoría de los interrogados haría suya una opinión  del orden siguiente: «Los filósofos son tipos que hablan sobre asuntos que solo a ellos interesan, y en una jerga que solo ellos (en el mejor de los casos) entienden».

Difícil es para el filosofo convencer (tanto  a los demás como a sí mismo) de que en esta visión hay mucho de burda caricatura y que, en realidad, filósofo es exclusivamente aquel que habla de cosas que a todos conciernen y lo hace en términos, de entrada, elementales y que solo alcanzan la inevitable complejidad respetando esa  absoluta exigencia de transparencia que viene emblemáticamente asociada al nombre de Descartes.

Decir que un filósofo habla exclusivamente de asuntos que a todos conciernen, decir que, si algún asunto no responde a esta exigencia, no puede ser filosófico, es acercar la interrogación filosófica a esas preguntas elementales que el ser humano plantea como mero corolario de una suerte de tendencia innata. Tendencia que, desde luego, observamos en los niños y que cuenta entre sus ingredientes con lo que un pensador contemporáneo ha denominado «instinto de lenguaje». Instinto que mueve a intentar que el lenguaje se fertilice,  alcance  aquello de que es potencialmente capaz, es decir, se realice. El lenguaje alcanza su madurez explorando diferentes vías, pero desde luego la vía interrogativa es una de ellas, y la palabra designativa de la situación de estupor que lleva a interrogarse es precisamente filosofía.  

PÓRTICO: INTERROGACIONES QUE A TODOS CONCIERNEN

     Es una situación embarazosa la de alguien que, al ser preguntado por su profesión, ha de responder «filósofo» o incluso «profesor de filosofía». Y el problema no reside tanto en que el interlocutor no sepa en qué sector del conocimiento o de la técnica encasillar tal respuesta, como en el hecho de que, probablemente, el propio filósofo tampoco lo sabe.

     Un filósofo es desde luego una persona cuya tarea es pensar, pero esto también caracteriza a Ramón y Cajal, Einstein, Gauss..., a los que nadie (al menos de entrada) califica de «filósofos». El embarazo del profesional de la filosofía se acentuará además por una sospecha de lo que, ante su respuesta, el interlocutor empezará a barruntar. Pues si se hiciera una encuesta en la calle sobre el tema, la gran mayoría de los interrogados haría suya una opinión del orden siguiente: «Los filósofos son tipos que hablan sobre asuntos que solamente a ellos interesan y en una jerga que solo ellos (en el mejor de los casos) entienden».

     Obviamente el profesional de la filosofía protestará y hasta se sentirá ofendido. Pero tiene en su contra el que esta popular idea de lo que sería la disposición filosófica, encuentra reflejo en el trabajo efectivo de muchos de sus colegas y (lo que es más grave) no forzosamente en el de aquellos que hoy gozan de menor prestigio. De textos escritos generalmente en lenguas que al común le son ajenas, los filósofos extraen material para sutilísimos argumentos a favor de tal o cual posicionamiento respecto a asuntos que suelen tener una de las siguientes características:

     - La erudición es el soporte del problema mismo. Así es cuando se trata de saber si determinado pensador latino de segunda fila pudiera eventualmente haber hecho suya tal o cual tesis estoica.

     - El problema concierne efectivamente a todo el mundo. Pero a la hora de posicionarse respecto al mismo no se necesita en absoluto recurrir a autoridad más sabia: nadie, por ejemplo, duda de que el aprovechamiento del que está en situación de debilidad convierte al aprovechado en un canalla. Es decir, nadie necesita «profesores de virtud».

     - El problema concierne asimismo a todos, pero presenta una aporía irreductible que la literatura (la tragedia griega en primer lugar) ha plasmado con toda acuidad: ¿qué hacer, por ejemplo, cuando la ley oscura que vincula por lazos de sangre o amistad, entra en contradicción con las leyes que regulan el orden social en el que uno se reconoce? En este caso, la dificultad no estriba en lo laborioso de la reflexión que conduciría a ver la salida cabal. Hay eventualmente, sin embargo, exigencia de acción, de toma de partido, exigencia que literalmente desgarra al individuo, de ahí la tragedia.

[Principio del libro en PDF]


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