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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 25 de marzo de 2019 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'El error'
  • Ficha técnica

    Título: El error | Autor: César Aira Editorial: Mondadori | Género: Novela | ISBN: 9788439723219 | Páginas: 162 | Encuadernación: Tapa blanda con solapa | Formato:  13 x 23 cm. | PVP: 15,90 € | Publicación: 8 de Octubre 2010
  • Foto de César Aira
  • Biografía

'El error'

César Aira

RANDOM HOUSE MONDADORI

En la nueva novela de César Aira, las historias se encadenan entre sí para formar un intrincado laberinto narrativo. Las aventuras del bandolero protagonista de una saga literaria que causa furor entre las presidiarias; la historia del crimen, huida y captura de una mujer que mató a su marido y que estuvo a punto de librarse de la cadena perpetua; la azarosa vida de un escultor que lo perdió todo y cuya vida sirvió de inspiración a una mujer en el peor momento de su vida; las disputas cotidianas de una pareja y la curiosidad mal disimulada de sus anfitriones, que durante un paseo por un jardín encuentran por casualidad la exposición de un artista desconocido. Y, para empezar, la historia del narrador, que, como el lector, entra por una puerta, en este caso, la cubierta del libro, que está presidida por un cartel con la sugerente inscripción: «error».

«Leer a César Aira, como nos sucede con Piglia, con Fogwill, con Alan Pauls, con Marcelo Cohen, salvando todas sus especificidades, es acceder a un nuevo capítulo de la narrativa argentina, pero también de la ficción y el ensayo en castellano en general.» J. Ernesto Ayala - Dip, El País

«En la literatura argentina, Aira goza del raro privilegio de crear belleza, a la manera de Oscar Wilde o de Fellini. Fabricar objetos exóticos, que una vez en el aire se tornan necesario e inevitables. » Leonardo Moledo, Clarín

 

PÁGINAS DEL LIBRO

Había una sola puerta, con un cartel encima que decía: error. Por ahí salí. No era como en los restaurantes o en los cines, donde hay dos puertas vecinas, una de «Damas» y otra de «Caballeros», y uno elije la que le corresponde. Aquí había una sola. No había elección. No sé qué palabra debería haber tenido la otra puerta, cuál habría sido la alternativa de «error», pero no importa porque de todos modos no había más que una. Y no estoy seguro de que yo hubiera elegido la otra, en caso de que la hubiera. Sea como sea, tengo esa justificación: que era la única puerta para salir, la que decía «error». Y yo tenía que salir...

   Salí a un jardín formal, que se extendía hasta perderse de vista. Por el camino central A. se alejaba, sin esperarme, como si se hubiera olvidado de mí. Tardé un instante en reconocerla, de espaldas y caminando decidida. ¿Realmente se iba sin mí? No me habría extrañado. Era muy de ella, hacer de pronto como si yo no existiera, lo que me resultaba tanto más desconcertante ya que toda nuestra relación estaba marcada, de parte de ella, por su dependencia implacable de mi persona, de mi presencia, al punto de hacerme sentir preso o hechizado. Caminé de prisa hasta alcanzarla y la tomé del brazo. No me miró ni me habló. Suspiré, desalentado, aunque sin preocuparme mucho, porque estaba acostumbrado a sus cambios de humor, a sus silencios. Después de todo, si ella no disfrutaba del paseo, podía hacerlo yo.

   Vi un tero cruzando el sendero de piedritas rojas. ¿Sería un tero? No veía uno desde chico, y creo que ni siquiera entonces, cuando vivía en el campo, había visto nunca uno de tan cerca. Eran animales tímidos, huidizos, tenían una estrategia inteligente para proteger el nido, que hacían en el suelo: cuando veían acercarse un extraño se iban lejos corriendo ocultos en el pasto, y ya a buena distancia asomaban y armaban un escándalo de gritos y aleteos, como diciendo «defenderé este nido con mi vida si es necesario», y si el atacante caía en la trampa e iba hacia allí, no tenían más que alzar el vuelo... Pero también recordé que había teros de jardín, domesticados; no sé si los tenían con fines decorativos o para que se comieran los insectos dañinos. Entonces yo debía de haberlos visto de cerca, quizás hasta había convivido con uno, y lo había olvidado. Éste podía no ser un tero; yo había pensado en un tero por analogía; podía ser alguna clase de garza enana, o cualquier otra cosa. Yo desconocía la fauna de El Salvador; bien pensado, no creía que en estas tierras de selvas y volcanes existiera un ave como el tero, tan adaptado a las llanuras.

   Pero podían haberlo importado, como una atracción más del jardín. Apuró el paso cuando nos acercábamos, aunque no parecía asustado. Era elegante, esbelto, heráldico; pero demasiado pequeño para cumplir con una función de adorno visible. Los setos eran altos, de más de un metro; el tero podía pasar desapercibido para todo el mundo aun cuando se pasara el día pavoneándose, con esos pasos largos que le hacían balancear la cabeza, el copete de pluma negra bien peinado hacia atrás. Por lo pronto, yo fui el único que lo vio. Óscar y su mujer iban hablando entre ellos, en susurros, y A. seguía absorta en sus pensamientos.

[Páginas del libro]


[Etiquetas: novela]

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