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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 9 de diciembre de 2019 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Éramos unos niños'
  • Ficha técnica

    Título: Éramos unos niños | Autor: Patti Smith |  Traducción: Rosa Pérez | Editorial: Lumen |   Colección: Memorias y Biografías |  Género: Memorias | ISBN: 9788426414052 | EAN: 9788426414052 | Páginas: 303 | Formato:  15,7 x 23,8 cm. | Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta  |  PVP: 21,90 € | Publicación: 4 de Junio 2010
  • Foto de Patti Smith
  • Biografía

'Éramos unos niños'

Patti Smith

LUMEN

Fue el verano en que murió Coltrane… Los hippies alzaron sus brazos vacíos y China detonó la bomba de hidrógeno. Jimi Hendrix prendió fuego a su guitarra en Monterey… Fue el verano del amor. Y en aquel clima cambiante e inhóspito, un encuentro casual cambió el curso de mi vida: fue el verano en que conocí a Robert Mapplethorpe.

Se conocieron en el mes de julio de 1967, cuando eran unos niños, pero a partir de entonces Patti Smith -icono de la cultura pop-, y Robert Mapplethorpe, -el fotógrafo que triunfaría con sus trabajos polémicos en todo el mundo occidental a finales del siglo pasado- sellaron una amistad que sólo acabaría con la muerte del gran fotógrafo, en 1989. De eso habla este espléndido libro de memorias, de la vida en común de dos artistas, los dos entusiastas y apasionados, que cruzaron a grandes pasos la periferia de Nueva York para llegar hasta el centro neurálgico del nuevo arte.

Hija de una familia humilde, Smith tuvo que dejar la universidad para entrar a trabajar en una fábrica, pero siempre fue una ávida lectora y la poesía de Rimbaud marcó su vida y su carrera. La amistad con Mapplethorpe nació cuando los dos jóvenes buscaban una manera de expresar su vena artística, y la amistad entre ellos llegó al punto de que Smith dijo haberse casado con él para disimular la homosexualidad de Robert. A lo largo del libro, paseamos con los dos protagonistas por las calles de Nueva York a finales de los setenta y principios de los ochenta, un mundo ya perdido donde circulaban Allen Ginsberg, Andy Warhol y sus chicos, y se creaban las grandes bandas de música que marcaron los años finales del siglo XX, mientras el sida hacía estragos.

Lejos de ser un libro triste y nostálgico, Éramos unos niños es un texto cargado de vitalidad, de humor, que muestra la importancia de la amistad sin caer en el sensacionalismo. Sus páginas, cargadas de vitalidad y humor, nos devuelve el sabor de esa gran ciudad donde hubo un tiempo en el que casi todo era posible.

Eramos unos niños es una oda a Mapplethorpe, pero también es una carta de amor al arte de los años setenta en Nueva York. Time Out New York

 

PÁGINAS DEL LIBRO

     Cuando era pequeña, mi madre me llevaba de paseo por el parque Humboldt, junto a la orilla del río Prairie. Tengo recuerdos borrosos, semejantes a huellas dactilares en platos de cristal, de un viejo cobertizo para barcos, una glorieta circular, un puente de piedra con arcos. El río desembocaba en una vasta laguna y en su superficie presencié un milagro singular. Un largo cuello curvo se alzó de un vestido de plumas blancas.

     «Cisne», dijo mi madre, percibiendo mi emoción. El ave golpeteó el agua resplandeciente con sus grandes alas y alzó el vuelo.

     La palabra en sí apenas dio fe de su grandeza ni transmitió la emoción que me produjo. Su imagen me generó un deseo para el que no tenía palabras, un deseo de hablar del cisne, de decir algo acerca de su blancura, la naturaleza explosiva de su movimiento y la lentitud con que había batido las alas.

     El cisne se fundió con el cielo. Me esforcé por hallar palabras que expresaran mi noción de él. «Cisne», repetí, no enteramente satisfecha, y sentí un cosquilleo, un anhelo curioso, imperceptible para los transeúntes, mi madre, los árboles o las nubes.

 

Nací un lunes, en el North Side de Chicago durante la gran nevada de 1946. Me adelanté un día, porque los niños nacidos en la víspera de Año Nuevo salían del hospital con un frigorífico nuevo. Pese a sus esfuerzos por no dejarme salir, mi madre comenzó a tener fuertes dolores de parto mientras el taxi atravesaba a paso de tortuga la ventisca que azotaba el lago Michigan. A decir de mi padre, nací larga, flaca y aquejada de bronconeumonía, y él me mantuvo con vida sosteniéndome sobre una bañera humeante.

     Me siguió mi hermana Linda, que también nació durante una nevada en 1948. Por necesidad, me vi obligada a despabilarme muy pronto. Mi madre planchaba para otros mientras yo permanecía sentada en las escaleras de nuestra pensión, esperando al heladero y los pocos carros de caballos que aún quedaban. El heladero me daba pedacitos de hielo envueltos en papel de estraza. Yo me metía uno en el bolsillo para mi hermana menor, pero, cuando más adelante iba a sacarlo, descubría que ya no estaba.

     Al quedarse mi madre embarazada de mi hermano, Todd, abandonamos nuestro estrecho alojamiento de Logan Square y nos mudamos a Germantown, en Pensilvania. Durante los años siguientes, habitamos en viviendas temporales para militares y sus hijos: barracones encalados con vistas a un campo abandonado rebosante de flores silvestres. Lo llamábamos La Parcela y en verano los adultos charlaban, fumaban y se pasaban jarras de vino de diente de león mientras los niños jugábamos. Mi madre nos enseñó los juegos de su infancia: las estatuas, el Martín pescador y Simón dice. Hacíamos guirnaldas de margaritas para adornarnos el cuello y la cabeza. Por la noche, recogíamos luciérnagas en botes de conserva, les extraíamos la luz y nos hacíamos anillos.

[Páginas del libro]


[Etiquetas: memorias, Mapplethorpe, Nueva York]

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