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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 28 de junio de 2017 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Bibliotecas llenas de fantasmas'
  • Ficha técnica

    Título: Bibliotecas llenas de fantasmas | Autor: Jacques Bonnet | Traducción: David Stacey | Editorial: Anagrama |   Colección: Argumentos  | ISBN: 978-84-339-6306-2 |         Páginas: 144 |  PVP: 14,00 € |           1ª edición: abril 2010
  • Biografía

'Bibliotecas llenas de fantasmas'

Jacques Bonnet

EDITORIAL ANAGRAMA

¿Teme usted que el derrumbamiento de su biblioteca lo aplaste mientras duerme? ¿Pone la acumulación de libros en peligro la mera existencia de su familia? ¿Ordena usted los volúmenes por temas, por idioma, por autor, por fecha de publicación, por formato o siguiendo un criterio por usted solo conocido? ¿Se puede poner en la misma estantería a dos autores irremediablemente reñidos en la vida? Graves preguntas que se hacen los bibliómanos, especie en vías de extinción que, amén de la pasión de poseer libros, tiene la de leerlos.

Las bibliotecas son seres vivos a imagen y semejanza de nuestra complejidad interior. Acaban por formar un laberinto del que, para nuestro inmenso -y peligroso- placer, podemos perfectamente no salir jamás.

En este pequeño tratado sobre el arte de vivir con demasiados libros aparecen, entre muchos otros, Pessoa intentando convertirse en bibliotecario, Matisse optando al puesto de «controlador del derecho de los pobres» o el capitán Ahab y el misterio de la pierna que le arrancó Moby Dick. Y es que esos miles de páginas que ocupan nuestras estanterías están habitadas por fantasmas muy vivos que, una vez los hemos conocido, no nos abandonan jamás.

«Escribiendo este librito atípico y encantador que trata de los libros, Jacques Bonnet también ha escrito una declaración de amor a la literatura, que practica desde hace cincuenta años, de manera asidua y concediéndose todos los caprichos. De paso, nos enseña muchas cosas (por ejemplo, qué es un fantasma en una biblioteca), descubrimos autores (sobre todo extranjeros), y nos entran ganas de ir a ver todo eso en persona» Jean-Claude Perrier, Livres Hebdo.

«He aquí por qué me gusta el bello libro de Bonnet: su biblioteca no es una necrópolis, un cenotafio, un sepulcro. Las obras que contiene son "piedras vivas". Por la noche, oímos los cuchicheos de los fantasmas» Gilles Lapouge, La Quinzaine Littéraire.

«Este libro es a la vez compendio de ordenación, tratado de jardinería, ejercicio de agradecimiento, investigación policial, novela de aventuras y autobiografía, este relato borgeano es una promesa de felicidad» Jérôme Garcin, Le Nouvel Observateur.

«Un pequeño y delicioso volumen, verdadero tratado del arte de vivir con muchos libros del que gozarán los bibliómanos» Agnès Léglise, Rock & Folk.

«Jacques Bonnet no se resigna: será fiel al amor a los libros hasta el fin. Esta pequeña obra es una incitación sublime. Incluso el lector más templado encontrará con qué satisfacer su curiosidad. Con humor y erudición, el bibliófilo sagaz que es Jacques Bonnet toma al lector de la mano para visitar con él el universo encantado del libro y las bibliotecas. Alternando consideraciones generales -por ejemplo las mil y una maneras de ordenar los libros- y anécdotas, el autor nos hace compartir un itinerario lleno de dulces sorpresas. En resumen, un libro excepcional que se degusta con increíble placer» Pierre Compagnon, Croix du Nord.

 

1. DECENAS DE MILES DE LIBROS

Unos aman los caballos, otros los pájaros
y otros las fieras; yo, desde niño, estoy poseído
por un terrible deseo de poseer libros.
  JULIANO

     Hará unos quince años, la editorial parisina para la que en ese entonces trabajaba publicó un libro del gran escritor y crítico italiano Giuseppe Pontiggia. Me pidieron que me «encargara» de él, muy probablemente porque, de los que chapurreábamos el italiano, sólo yo estaba libre esa noche. Nos vimos para cenar en un restaurante -ruso- cerca del cruce entre los bulevares de Montparnasse y Raspail. Nos caímos bien, y que tanto él como su mujer Lucia hablaran un francés mucho menos artesanal que mi italiano contribuyó definitivamente a ello. Tras algunos minutos de charla nos percatamos de que teníamos un punto en común que iba a transformar el interés de la velada: ambos poseíamos una biblioteca monstruosa de varias decenas de miles de obras. Y no una de esas bibliotecas de bibliófilo con libros tan valiosos que el propietario no los abre nunca por temor a estropearlos, sino una biblioteca de trabajo cuyos ejemplares no dudábamos en anotar, en leer en la bañera y en la que conservábamos todo lo que habíamos leído -incluidos libros de bolsillo y múltiples ediciones de una misma obra- o todo lo que teníamos la intención de leer más adelante. Una biblioteca no especializada, o mejor dicho especializada en tantos campos que acabó siendo generalista. Disertamos durante toda la comida sobre la felicidad y la maldición de nuestra suerte: los libros son caros cuando se compran, no valen nada cuando se revenden, alcanzan precios astronómicos cuando hay que encontrarlos una vez que se han agotado, son pesados, se empolvan, son víctimas de la humedad y de los ratones, son, a partir de cierto número, prácticamente imposibles de trasladar, necesitan ser ordenados de una manera específica para poder ser utilizados y, sobre todo, devoran el espacio. (He llegado a tener un baño con paredes tapizadas de estanterías, lo que imposibilitaba el uso de la ducha y obligaba a bañarse con la ventana abierta para evitar la condensación; y también anaqueles en la cocina, con lo que ciertos alimentos de olor particularmente penetrante estaban prohibidos. Como muchos de mis cofrades, ¡no tuve sino hasta tarde una situación inmobiliaria que me permitiera satisfacer mis ambiciones bibliófagas!) Sólo la pared de mi dormitorio en la que se encuentra la cabecera de la cama ha quedado siempre libre debido a un viejo trauma: me enteré, hace muchos años, de las circunstancias en las que murió el compositor Charles-Valentin Alkan, apodado el «Berlioz del piano»; lo encontraron muerto el 30 de marzo de 1888, aplastado por su biblioteca.

[Páginas del libro]


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