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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 9 de agosto de 2020 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Jernigan'
  • Ficha técnica

    Título: Jernigan | Autor: David Gates |  Prólogo: Rodrigo Fresán | Traducción: Marta Alcaraz Burgueño | Editorial: Libros del Asteroide | Género: Novela | Páginas: 364 | ISBN: 978-84-92663-17-0 |             Lomo: 22mm | Número de libro en el lomo: 62 | Formato:  20 x 12,5 cm. |  PVP: 19,95 € | Últ. edición: abril, 2010
  • Foto de David Gates
  • Biografía

'Jernigan'

David Gates

LIBROS DEL ASTEROIDE

Peter Jernigan tiene poco más de cuarenta años, vive en un barrio residencial de Nueva Jersey con su hijo adolescente, Danny, y trabaja en una inmobiliaria neoyorquina. Inteligente pero con escaso éxito, Jernigan naufraga en una adocenada vida de la que no consiguen sacarlo ni sus adicciones ni su sarcasmo. Su estrafalaria manera de relacionarse con los demás y la reciente muerte de su mujer lo arrastran a una tortuosa decadencia. Parece que las cosas pueden empezar a cambiar cuando conoce a Martha Peretsky, la madre divorciada de la novia de su hijo, e inician una prometedora relación.

Jernigan es la divertídisima historia de un hombre que dejándose llevar por sus peores cualidades consigue convertir su vida en un estrepitoso fracaso. La cautivadora voz de Peter Jernigan nos acompaña en su particular descenso a los infiernos, a la vez que ofrece una desternillante disección del egoísmo, la indiferencia y la crueldad que se hallan en el fondo de cada uno de nosotros.

Jernigan, publicada en 1991 y finalista del Premio Pulitzer, es la primera y más aclamada novela de David Gates, y su protagonista se ha convertido en uno de los antihéroes clásicos de la literatura norteamericana reciente. 

«En cuanto empieza a hablar, Peter Jernigan, el narrador de la sorprendente novela de David Gates, te agarra de las solapas y te induce a escuchar la tragicómica historia de su vida (...) Con Peter Jernigan, Gates ha creado uno de los antihéroes más memorables de la literatura reciente.» Michiko Kakutani The New York Times

«Una novela efervescente, un torbellino. Me atrapó en los primeros párrafos y no me dejó hasta su elegante frase final. Me vi deseando ser capaz de leer lo suficientemente rápido como para tragármela de una sentada.» Joseph Heller 

«Debo de estar mal de la cabeza. No he leído un libro que me haya gustado tanto en años. Jernigan está mal de la cabeza ,seguro. Jernigan es un borracho americano, un moderno virus espiritual, un personaje fabulosamente malicioso, destructivo, horriblemente autoconsciente, inmerso hasta la médula en el espíritu de su tiempo. Jernigan el libro es fantástico, insolentemente divertido.» Joy Williams 

«Esta poderosa primera novela se lee como una versión suburbana de Notas de un fan - exploración osada de fenecidos sueños americanos y esperanzas arruinadas. Historia de miedo y asco en New Jersey, teje poesía oscura y risa desafiante en el hilo de una prosa de la supervivencia. » Jay McInerney 

 

1

Acabé conduciendo toda la noche. La nevada amainó al cabo de un rato -aunque lo más probable es que hubiera dejado atrás la tormenta- y me limité a ir tirando. Paré a echar gasolina en la salida de la interestatal y entonces cogí la autopista; mientras amanecía, atravesé bosques y campo abierto y pueblecitos desiertos. Campanarios. El primer humano llevaba una chaqueta de cuadros roja y se encorvaba para rascar el hielo del parabrisas mientras, a la luz del primer sol de la mañana, formaba nubes con el aliento. Faltaban dos pueblos. Luego, en el centro del segundo, giré a la izquierda a la altura de la iglesia y seguí derecho durante unos ocho kilómetros. Y hacia las ocho o las nueve llegué por fin ahí donde te desvías para ir al campo de la caravana de Tío Fred, que no es más que un hueco entre las vallas. El sol ya cegaba por entonces: cielo absolutamente azul y nieve a mi alrededor. Cuando apagué el motor, silencio absoluto. Con el coche no podía pasar de ahí: la quitanieves no había llegado hasta el prado de la caravana. Así que me arrimé al arcén tanto como pude y rasqué la puerta del copiloto contra el montón de nieve. Y pensé: «Antes de que vuelva a nevar, más vale que despejes la nieve del camino para poder salir a la carretera. Si no, cuando la quitanieves vuelva a pasar por aquí, no sé yo...». No vale la pena seguir pensando.

  Abrí la portezuela del coche y Dios, qué frío. Quedarían dos dedos de ginebra en la botella, pero luego pensé: «No, guárdatela para cuando hayas encendido la estufa y la caravana esté bien calentita». Me la había bebido toda de camino, solo había dejado esos dos dedos. Iba bebiendo por ir bebiendo. Total: más borracho no acabaría. Ni menos, supongo. En teoría, estar a la intemperie borracho no es una buena idea, es un error muy extendido. Que te mantiene caliente. Ese es el error muy extendido, quiero decir. Esperaba encontrar leña y algún papel para que el fuego empezara a tirar, y algo para prenderlo sin tener que ir haciendo astillas de los troncos. Eso si no habían robado la maldita estufa. Encender la estufa y tragarme otros cinco paracetamoles con lo que me quedaba de ginebra, tío, y dormir el sueño de los justos.

  Si Danny hubiera venido conmigo -solo me había faltado pedírselo de rodillas-, él podría haber ido sacando nieve mientras su viejo cargaba la leña y encendía el fuego para que la caravana estuviera calentita cuando él entrara y mientras calentaba una lata de alubias, si es que había alguna. Le habría dejado dormir durante todo el camino y luego se habría quedado despierto para ir avivando el fuego mientras su viejo se echaba un rato. Pero claro, ¿para qué quedarse despierto? Para ensayar un rato con la guitarra, supongo. Podría enchufarla al Rockman para no despertar al viejo. Bueno, vale, perfecto, ¿y al cabo de dos horas? Mejor que no hubiera venido.

  La caravana quedaba a casi un kilómetro de la carretera que llevaba al pueblo, en un sendero lleno de surcos. Aunque con esa nieve solo se veía un claro entre los abetos o lo que fuesen. Pinos normales y corrientes, probablemente, pero no podía sacarme a Wallace Stevens de la cabeza:

Gritos de los pavos reales...
El color de los abetos...

[Principio del libro]


[Etiquetas: novela]

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