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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 7 de abril de 2020 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Cuentas pendientes'
  • Ficha técnica

    Título: Cuentas pendientes |         Autor: Martín Kohan | Editorial: Anagrama |   ColecciónNarrativas hispánicasGénero: Novela | ISBN: 978-84-339-7208-8 |         Páginas: 184 |  PVP: 15,00 € |           1ª Edición : Marzo de 2010
  • Foto de Martín Kohan
  • Biografía

'Cuentas pendientes'

Martín Kohan

EDITORIAL ANAGRAMA

¿Cuánta desgracia, cuánto infortunio, cuántas desdichas pueden llegar a caber en la vida de un hombre sencillo? Cuentas pendientes se resuelve por una apuesta de máxima: el retrato de una vida en la que el fracaso lo alcanza todo. Porque no hay cosa en la patética rutina de Giménez, el protagonista aparente de esta novela, que no merezca la mayor compasión. Lo que sucede es que el narrador que se ocupa de él no le tiene nunca ninguna. Lejos de cualquier pietismo social y de las justas proporciones del realismo, se vale de las desmesuras del grotesco para ensañarse con él. El giro de las cosas en Cuentas pendientes alterará, sin embargo, esta disposición. Porque las novelas que se ocupan de vidas apagadas o penosas suelen alentar esta promesa: la del poder liberador de la imaginación, la del poder de compensación de la propia literatura. Y lo que Martín Kohan (que ganó con Ciencias morales, tan celebrada, el Premio Herralde de Novela en 2007) explora en este libro es una opción diferente: la de la imaginación como condena y como agobio; la de la literatura como reducto, ella misma, de una última desesperación.

 

I

     Tengo para mí que Giménez, tarde en la noche, arrastra los pies cuando entra en la cocina. Está cansado, las piernas sinuosas y como de tela, acechadas por calambres, quebradizas. Pero hay algo más que eso en los pies que no despegan del suelo: calza pantuflas, y si las levanta del suelo al dar un paso se le zafan y se le van. El resultado es un siseo que, en el comienzo de la madrugada, y a no ser por las voces que expide desde el cuarto la televisión prendida, resultaría perfectamente audible.

     En la cocina apretada del departamento de Giménez, hay espacio apenas para dos: para la heladera y para él. El hecho en sí no lo importuna, dado que vive solo, pero para abrir la puerta de la heladera se ve en la necesidad de hacer maniobras complicadas y juegos de cintura que, a su edad, le cuestan y lo agitan. Luego le pasa siempre lo mismo: que se queda parado delante de la heladera abierta y no recuerda en absoluto qué era lo que venía a buscar. En otra época de la vida, a los treinta o a los cincuenta años, habría atribuido el percance a la mera distracción; a esta altura, ya casi en los ochenta, se mortifica pensando en el declive de sus facultades.

     Se queda parado delante de la heladera, mirando al interior. La luz en la cara y el golpe del frío artificial parecen sumarse en el esfuerzo por despejarlo y ayudarlo a recordar. ¿Qué fue lo que lo trajo a la cocina, qué clase de intención o de deseo? No se acuerda. Lo aflige una opción impensada: que haya venido de manera automática, por costumbre o por aburrimiento, por pura inercia, sin un propósito definido y sin un claro para qué; y en ese caso no hay ninguna chance de que recuerde la razón que lo trajo porque esa razón no existe y nunca existió. No pocas veces se vuelve a la cama tal como vino a la cocina, sin servirse nada ni agarrarse nada, ni feta de queso ni vaso de leche, ni pan con manteca ni manzana, sin siquiera saber a ciencia cierta si la expedición a la heladera perdió su objetivo en el trayecto o si nunca lo tuvo y nada perdió.

     Antes de darse por vencido y regresar al cuarto, se concede otra oportunidad. Repasa con la vista los estantes de la heladera, sus cajoncitos plásticos y sus recovecos de la contrapuerta, para que el objeto que eventualmente busca se manifieste y se le revele (apela al mismo recurso entre las góndolas del supermercado, aunque empleando más tiempo y más esfuerzo, cuando acude a hacer las compras para él y para su señora). La circunstancia habitual que por lo común lo deprime, y que es que su heladera luzca casi por completo vacía, juega a su favor en este caso. Hay poco para considerar: un botellón estriado con agua de la canilla, un cartón de leche con el pico vertedor mal cortado, una bandeja con fetas de queso cuyas puntas a menudo empiezan ya a arquearse hacia arriba, una caja con huevos, un pan de manteca, un paquete de pan lactal.

[Principio del libro]


[Etiquetas: novela]

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