'Cuentos completos'
Fogwill
«Buscar una razón que sea más fuerte que el azar de vivir es para Fogwill una razón narrativa.» Horacio González
«La de Fogwill es una inteligencia "superior", y por lo tanto un poco inhumana: como si se tratara de la inteligencia de una divinidad o de un alienígena, siempre un poco más allá de la capacidad de comprensión del común de los mortales.» Daniel Link
«Como los grandes narradores de ficciones políticas del siglo XX, Pynchon, De Lillo o Gadda, Fogwill documenta su paranoia con dudosas teorías sobre la infancia, datos de encuestas imaginarias, supuestas transcripciones de servicios de inteligencia, catálogos de modas, usos y costumbres, observaciones culturales y sociales.» Carlos Schilling
«Esta es una antología de media docena de autores muy distintos que tienen un solo nombre de marca: Fogwill. Y que permite la entrada por cualquier extensión, por cualquier tono, por cualquier estructura, escondiendo bajo su eficiente capacidad de entretener, de fascinar, e incluso de asustar, que contiene seis o siete de los mejores cuentos de la literatura argentina.» Elvio E. Gandolfo
Dos hilitos de sangre
Me sucedió dos veces en Buenos Aires, pero la segunda vez me impresionó más, porque al carácter anómalo -"inusitado"- de la escena, venía a sumarse la desagradable sensación de estar viviendo algo por segunda vez. Y a nadie le gusta sentir más de una vez en la vida que está viviendo por segunda vez algo que se repite. ¿No es cierto?
Tal vez lo sea. Yo, en ambas oportunidades, vi correr por la nuca del chofer un hilito de sangre. Fueron jueves, distintos jueves del mismo año y eran choferes cincuentones, choferes viejos, choferes de una edad poco frecuente entre choferes de taxi en estos tiempos en los que es más habitual que la profesión de chofer de taxi sea escogida por hombres de veinticinco, treinta, cuarenta años a lo sumo, gente que deja sus empleos, cobra una pequeña indemnización y -como dicen ellos- "se pone" un taxi, un automóvil -como dicen ellos- "para pucherear", y viven de eso: pucherean. Por lo general se trata de hombres recién casados y algo en común debe existir entre los hábitos de poner una familia y "poner un taxi", pero no seré yo quien se ponga a comparar ambas costumbres en este momento.
El segundo hilito de sangre, el de la segunda vez, era semejante al primero, pero manaba más lentamente. Estoy casi seguro de que esa segunda vez el hilito de sangre manaba más lentamente, más despacio, quizá por efectos de la naturaleza de la sangre del segundo chofer, más densa, más viscosa, que aunque surgiera de una fuente idéntica, a una presión y velocidad idénticas, por efectos de su mayor viscosidad o densidad tendía a adherirse con mayor firmeza al vello de la nuca del hombre y a la piel del cuello del hombre, provocando la imagen de un transcurrir más lento por la superficie del hombre, la del chofer del taxi.
Otra diferencia: la primera vez descubrí el hilito de sangre cuando circulábamos por Callao, en los tiempos en que por la avenida Callao aún transcurría el tránsito en doble mano y los semáforos obligaban a detener el automóvil en cada esquina a la espera de la señal verde permisiva de los semáforos. La segunda vez, en cambio, vi el hilito de sangre corriendo remolón entre los pelos de la nuca del chofer mientras avanzábamos por la calle Paraguay entre Carlos Pellegrini y Suipacha rumbo a la calle Maipú por la que el chofer se proponía ensayar una salida hacia el sur, hacia los barrios del sur del centro de la ciudad, adonde me llevaba mi destino. Esa segunda vez ocurrió hace ya mucho tiempo y por entonces aún se circulaba en doble mano por Callao, pero nosotros no circulábamos por Callao sino por Paraguay rumbo al este y no nos detenían allí los semáforos para fatigar nuestra penosa y ralentada marcha: nos detenían los ómnibus que se detenían en cada esquina para librarse por detrás de los pasajeros sobrantes mientras por una puerta delantera, especialmente diseñada, suplían el vacío dejado por los salientes atrayendo nuevos pasajeros entrantes, ansiosos por obtener sus boletos, pequeños papelillos impresos offset a dos colores, con bellas filigranas y números correlativos que ordenan a sus usuarios según su rango de ingreso al vehículo expendedor. Todo es notable. Por Paraguay, con mano única y circulación unidireccional acaecía lo mismo que la vez anterior acaeció por Callao: era menester que en cada esquina el taxi se detuviese. Por una u otra causa, eso era menester. En el segundo caso, en el segundo episodio del hilito de sangre, la causa que constantemente detenía nuestra marcha eran los choferes de ómnibus. En esta ciudad basta que la policía y los inspectores municipales relajen un poco el rigor de su control del tránsito, para que los choferes de ómnibus se comporten "por la libre", como decía el Che. Naturalmente, el arte del chofer de ómnibus consiste en recorrer la mayor distancia posible en el menor tiempo posible con el mayor número posible de pasajeros a bordo y con un máximo de rotación o mutación de pasajeros, eso que los analistas norteamericanos de servicios de transporte de pasajeros llaman turnover.
[Etiquetas: cuentos]
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