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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 22 de agosto de 2019 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Cuerpos divinos'
  • Ficha técnica

    Título: Cuerpos divinos | Autor: Guillermo Cabrera Infante | Editorial: Galaxia Gutenberg | Colección: Narrativa | ISBN: 9788481098495 | Páginas: 580 | Formato: 13 x 21 cm. | Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta. |  PVP: 23,50 € | Publicación: Febrero de 2010 |
  • Foto de Guillermo Cabrera Infante
  • Biografía

'Cuerpos divinos'

Guillermo Cabrera Infante

GALAXIA GUTENBERG

La Habana: navidades de 1958. Durante los últimos años Cuba ha vivido agitada por las luchas de la oposición para derribar el régimen del dictador Fulgencio Batista, que gobierna el país desde el golpe de Estado de 1952. En el club Saint John, un joven crítico cinematográfico está escuchando a la cantante Elena Birke acompañada al piano por Frank Domínguez. En una semana, la pesadilla de la dictadura se extinguirá y vendrá un tiempo nuevo... En una semana, la noticia le llegará por teléfono: "El hombre se ha ido". Batista se ha ido.

Crónica de los años previos a la revolución cubana y de la revolución misma, Cuerpos divinos es una de las obras más autobiográficas de Guillermo Cabrera Infante, un libro en el que empezó a trabajar en 1962 y al que fue incorporando materiales hasta el fin de su vida, en 2005. La narración se inicia en 1957, es decir, con posterioridad a La Habana para un infante difunto, y en ella asistimos sin solución de continuidad a los escarceos amorosos y festivos del crítico de la revista Carteles, al tiempo que nos hace partícipes del telón de fondo político en el que se desarrollan los múltiples intentos de los distintos grupos que tratan de derrocar la dictadura batistiana: el Directorio Revolucionario, el Partido Comunista y el Movimiento 26 de Julio.

Con un magistral equilibrio de escenas que abarcan desde sus encuentros y desencuentros con mujeres espectaculares (la salvación por el erotismo) hasta episodios cargados de significación política ("La política terminó por engolfar la vida", dice el protagonista), el autor de Tres tristes tigres nos ofrece un insólito y apasionante retrato de los días previos y posteriores al cambio de régimen, así como una inédita reflexión sobre la revolución cubana en sus inicios que ya permitía adivinar la traición que frustró las esperanzas de tanta gente y que llevó al profundo desengaño que ha pervivido hasta nuestros días.

 

PRIMERA PARTE

Fit as a fiddle que es todo lo opuesto a listo para la fiesta. Fit as a fiddle que es vivo como un violín y no violento como una viola. Fit as a fiddle and ready for love, riddle for love que es vole, volé (ve olé), randy for love and feet as two fiddles musicales, y se hizo el destino un desatino porque el hado organiza más mal que la suerte, que se ordena mejor que una frase, Fit as a pit. Iba cantando en buen tiempo y no solo, sino con Raudol al lado, cantando ahora a la rubia cuando la miré todavía sin haberla visto, mi órgano sin registro tocando sonatas Würlitzer antes de comenzar la función, organ in the pit, piano en el pozo, en el foso con toda esa luz de tiza arriba, al lado, al frente, violenta sin hacerse violeta por lo menos en horas.

    Fue entonces que la vi sin haberla mirado, sin realmente haberla mirado, sin mirarla apenas y vi que era rubia, rubia de veras aunque parecía pequeña, pero aun sin medirla sabía que estaba hecha a mi medida. ¿Qué buscaba ella? No a mí, ciertamente, porque tenía un papel, un papelito, como un billete suave, en la mano y miraba a cada puerta, cada fachada, cada frontis de ese edificio, y me ofrecí a salvarla de su extravío, esa niña en el bosque de concreto buscando tal vez el absoluto relativo a los dos.

    Hay momentos en la vida -yo lo sé- en que el alma está vacía, el corazón desolado y todos esos clichés no sirven para demostrar ese estado de ánimo que una canción americana define como I'm ready for love: listo para el amor sería la traducción pero apenas sirve para mostrar cuándo uno tiene el espíritu y el cuerpo (no hay que olvidar el cuerpo) abiertos al amor. Yo conozco ese estado particular y sé que el que busca encuentra. Así, no me extrañó haberla encontrado ni el amor que ella despertó en mí: más me extraña lo fácil que pude no haberla encontrado o lo fácil que fue el encuentro.

    Creo que yo la vi primero. Puede ser que Raudol me diera un codazo, advirtiéndome. Salíamos de merendar y de hacer un dúo de donjuanes de pacotilla en la cafetería que está debajo del cine La Rampa. Cogimos por el pasillo que sube y entra al cine y sale a la calle 23 y por el desvío (¿por qué no salimos directamente a la calle?) atravesando el pasadizo lleno de fotos de estrellas de cine y frío de aire acondicionado y tufo a cine, que es uno de los olores (junto al vaho de gasolina, el hedor del carbón de piedra ardiendo y el perfume de la tinta de imprenta) que más me gustan, esa maniobra casual puede llamarse destino. No recuerdo más que sus ojos mirándome extrañada, burlona siempre, sin siquiera oír mi piropo, preguntándome algo, dándome cuenta yo de que buscaba alguna cosa que nunca había perdido, pidiéndome una dirección. Se la di, la hallé y se la di. ¿Se sonrió o fue una mueca de burla o me agradeció realmente que buscara, que casi creara los números de la calle para ella? Por poco no lo sé jamás.

    Raudol puso su Chrysler a noventa por Infanta y llegando a Carlos III se emparejó a un Thunderbird rosado y sonó el claxon. La mujer que iba dentro miró y sonriendo dijo algo. Raudol le hizo señas de que doblara a la derecha y parara. Nos detuvimos detrás de ella. Se bajó, se puso a hablar. Hablarían diez, quince minutos o nada más que tres, pero me estaba cansando ya. Menos mal que dejó el motor encendido y que el aire acondicionado mantenía el carro fresco dentro, aunque afuera el sol de junio, al ponerse, encendía las copas de los flamboyanes y las flores rojas eran otro incendio vegetal sobre las ramas. Se reía todavía cuando volvió después de apretar el brazo rosado que salía fuera como si fuera un extra del carro. Haló la antena. Recorrió con la mano el cuje de metal y dejó un dedo sobre la punta. Para esperar el veintiséis, gritó a la otra máquina o al brazo, que hizo un gesto que en cubano quiere decir «Eres tremendo, muchacho». Montó y arrancó tocando -y ésa es la palabra porque oí las siete, quizá las ocho primeras notas de La Comparsa, una a una- el claxon. Dio la vuelta doblando en U a toda velocidad frente al semáforo y saludó al policía con la mano al pasar y tal vez con el letrero de PRENSA en el parabrisas delantero y atrás.

[Páginas del libro]


[Etiquetas: revolución cubana]

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